
AguantandoTomo ICapítulo 10
Lelo
El Pináculo es la estación de los Cenit y se sube como se asciende en la Cátedra: anillo a anillo, y cada anillo pide más rango que el anterior. Ada Lys entró por el de abajo con la muñeca suelta, una caja que no era suya y una Comandante de la Guardia Vertical a su lado. Subió hasta el último en menos de una hora. Nadie sube tan deprisa.
El Anillo de Amarre tenía docenas de brazos de atraque, todos iguales, numerados en un orden perfecto. En la aduana, una voz grabada le pidió que se identificara y declarara su cuota y su destino. Kray contestó por ella. La voz no volvió a preguntar.
En el Anillo Cívico la luz era azul y no hacía sombras. Nadie hablaba alto. Por la megafonía, una mujer leía cifras de producción como si fueran el parte del tiempo. Kray la llevó a La Ecuánime porque Ada no había comido desde el día anterior, y le puso delante una bandeja de líneas rectas con una ración de pasta nutritiva gris perla.
—No sabe a nada —le avisó—. Lo hacen a propósito. Dicen que, si la comida no sabe a nada, no echas nada de menos.
Ada probó una cucharada.
Se quedó quieta, con la cuchara en la boca.
—¿Qué pasa? —preguntó Kray.
—Esto es lo que comíamos en la Flota. —Ada tragó—. Exactamente esto. La ración de turno. Mi hermano la odiaba. Yo la mezclaba con sopa de algas para que se la comiera.
Se comió la bandeja entera, deprisa, sin levantar la vista. Kray la miró comer.
—A casi nadie le gusta —dijo.
—A mí me sabe a todo lo que echo de menos.
La Cúspide estaba en silencio. Ada lo notó al salir del ascensor: no se oía el zumbido de la rotación, porque el último anillo no gira. Se oían solo los giroscopios, muy lejos, como un corazón grande.
El despacho del Canciller tenía una pared entera de cristal con estrellas, y entre ellas un punto verde que no parpadeaba: Ithera. Una mesa negra. Dos sillas. Y encima de la mesa, sola, una taza de latón de las de la Flota, abollada, con el asa soldada dos veces.
Ada se quedó mirando la taza un segundo más de lo normal. En la Flota había miles iguales. En su casa había una.
El Canciller estaba de espaldas, junto al cristal, con las manos cruzadas detrás. Los guantes eran de tela gris. Cuando se volvió, los ojos le brillaron en azul un instante, al enfocar, y Ada vio a un hombre de unos sesenta años, delgado, con el pelo gris cortado muy corto y una cara que no le dijo nada.
Kray dejó la caja de Mamparo encima de la mesa, al lado de la taza.
—Gracias, Comandante. —El Canciller no apartó la vista de Ada—. Siéntese, por favor.
—Prefiero estar de pie.
—Como la Coronel Ostrach. —Algo se movió en su cara y se quedó quieto otra vez—. ¿Ha comido?
—Pasta.
—¿Le ha gustado?
—Mucho.
El Canciller tardó medio segundo en contestar.
—A casi nadie le gusta.
Habló como hablan las personas acostumbradas a que nadie las interrumpa: despacio, sin adornos, como quien pone las piezas de un mecanismo sobre una mesa.
—Definamos lo que quiere usted.
—Quiero a Mamparo.
—El núcleo.
—Mamparo.
—Ese núcleo —dijo el Canciller— registró la caída del Arca Aurora desde dentro. Treinta y un impactos sobre el casco, de los dos lados. Ninguno tiene firma, porque la Matriz fabrica la misma bala para los dos bandos. Si esa grabación se oye, cada casa la leerá a su favor. Los Nadir dirán que los primeros golpes vinieron de babor y que babor éramos nosotros. Mis Arquitectos dirán lo contrario con la misma grabación. Sería la primera guerra de la historia con pruebas para los dos bandos.
—Yo no quiero apuntar a nadie. Quiero saber por qué estábamos en medio.
—Porque una mujer encendió todas las luces de su nave y creyó que nadie dispararía a una nave iluminada. —El Canciller lo dijo sin cambiar el tono—. Se equivocó. Dispararon los dos. Cayeron ocho mil personas. Es todo lo que hay que saber.
Ada lo miró.
—¿Cómo sabe usted eso?
El Canciller no contestó. En la caja, sobre la mesa, la lente de Mamparo se encendió. Ámbar. Tenue.
—Voz registrada —dijo Mamparo.
—Silencio —dijo el Canciller.
—Lys —dijo Mamparo—. Aurelio. Cadete. Trece años.
Nadie se movió.
Kray, junto a la puerta, se quedó tan quieta que Ada oyó cómo dejaba de respirar. El Canciller no miró la caja. Siguió mirando a Ada.
—Comandante —dijo—. Déjenos solos.
—Entendido.
La puerta se cerró detrás de Kray. Ada no la oyó cerrarse. No oía nada.
—Mamparo —dijo, sin apartar la vista del Canciller—. Eso no tiene gracia.
—No es gracioso —dijo Mamparo—. Es su voz.
—Mi hermano murió el día 236. —Ada hablaba muy bajo—. Está en la pared de la Coronel. Lo he visto. Lo lee cada año en voz alta.
—Lo sé —dijo el Canciller—. Le pedí yo que lo leyera.
Se quitó el guante izquierdo, despacio, dedo a dedo, como quien se quita algo que lleva pegado a la piel. Debajo no había piel. Había una mano de aleación oscura, perfecta, articulada hasta el último nudillo, que brilló un poco con la luz azul del despacho.
—Me quemé las manos en una puerta —dijo—. La de la siete. Mientras se cerraba.
Luego dio dos golpes con los nudillos de metal en el borde de la mesa. Como se golpea el panel antes de despegar.
—Nadie me ha llamado Lelo en cuarenta y seis años.
Ada se sentó.
No decidió sentarse. Las piernas decidieron por ella y la silla estaba allí. Se quedó mirando la mano de metal encima de la mesa, junto a la taza abollada con el asa soldada dos veces.
Pasó un rato largo. Ninguno de los dos sabía qué decir, y por eso, cuando por fin habló uno, dijo una tontería.
—Estás viejo —dijo Ada.
—Tú no.
—Tienes canas.
—Tengo cincuenta y nueve años.
—Tenías doce hace una semana.
—Hace cuarenta y seis años.
—Para mí, una semana.
El Canciller Aurelio Vantis, Arquitecto Mayor de la Cátedra de Ascensión, la voz más fría del sistema Aurin, se sentó en la otra silla. Se quedó mirando a su hermana mayor, que tenía veinticuatro años y el pelo revuelto del deshielo y un traje de tránsito que le quedaba grande.
—Me dijiste cuatro meses —dijo.
—Y tú me preguntaste qué pasaba si tardaba.
—Has tardado.
—Me he dormido.
Y entonces, contra todo pronóstico, contra cuarenta y seis años de Cátedra y de crueldad medida y de no alzar nunca la voz, el Canciller se rio. Fue una risa corta, sin ruido, que le salió por la nariz y que cortó enseguida, como se corta una fuga de aire. Pero Ada la vio. Era la misma risa del crío al que le subía a la consola de navegación para ver las estrellas.
—Es la taza de casa —dijo Ada.
—Es lo único que saqué del Aurora.
—El asa la soldé yo. Con catorce años.
—Mal. —Vantis cogió la taza con la mano de metal—. La segunda soldadura es mía. Mejor.
—¿Por qué no viniste a buscarme?
Vantis dejó la taza.
—Porque vi soltarse la siete. Desde el pasillo. Con las manos pegadas a la escotilla. La sección se separó del casco, giró y se perdió en el fuego. Te di por muerta. A los nueve. —Se miró la mano de metal—. En el Año 12, cuando firmaron el Armisticio, fui a El Bastión y le di a la Coronel dos nombres para su pared. El tuyo. Y el mío.
—¿Por qué el tuyo?
—Porque el crío que aporreaba esa puerta murió ese día. El que salió del puente era otro. Lo recogieron en un campamento de Arquitectos al norte del impacto, le dieron sopa, unos guantes de tela para las quemaduras y el apellido de un muerto. Vantis. —Hizo una pausa—. Le gustaban las cifras. Lo demás, lo fue aprendiendo.
—En la Custodia también me diste por muerta.
—En la Custodia también.
Ada miró la caja de Mamparo, que seguía con la lente encendida, mirándolos a los dos.
—Te cerró la puerta —dijo.
—Me cerró la puerta. —Vantis no miró a la caja—. Yo tenía trece años y sabía que estabas dentro. Le grité que abriera. Le pegué hasta que se me quedó la piel en el metal. No abrió. —Por primera vez, la voz le cambió un poco, apenas, como cambia una nota cuando la cuerda se estira—. Tenía razón. Si abría, la siete perdía la presión al separarse y os moríais los nueve. Y yo con vosotros. Una puerta cerrada a tiempo salva a nueve. Lo aprendí con las manos pegadas a esa escotilla. Llevo cuarenta y seis años gobernando así.
—La crueldad medida.
—Así lo llaman.
—Lo llaman así porque no te han visto la cara de crío.
Hablaron mucho rato. De la sopa de algas de la cubierta seis. De los tomates de Sable Okoye y de las fresas que él le robaba y que ella creía que nadie había notado. De la licencia de tanda, que ella sacó con él aplaudiendo en el asiento de atrás. Hablaron de todo lo que no importaba, porque lo que importaba no cabía en la mesa.
Luego llegó a la mesa de todos modos.
—La capitana —dijo Ada—. Arrieta. Fue ella. La que encendió las luces.
—Fue ella. Metió el Aurora entre las dos flotas con todas las luces encendidas y el código neutral de la Flota a toda potencia. Llevaba una semana pidiendo un corredor a Tirane y no se lo daba nadie. Así que decidió ponérselo ella. —Vantis se miró las manos—. Creyó que nadie dispararía a un arca llena de durmientes. Era una mujer extraordinaria, Ada. Y se equivocó. Ese gesto, hermoso y estúpido, mató a miles de personas.
—E hizo La Cicatriz. Y los Gremios. Y que Ithera sea neutral.
—Ithera es neutral porque ninguna casa podía permitirse destruir lo que había allí. Por agotamiento, once años después. No por un gesto.
—Ithera es neutral porque allí cayó un arca que dijo «no disparéis».
—Eso es lo que dirían los Nadir si oyeran la grabación. Y nosotros diríamos que la capitana estaba con ellos. Y volveríamos a empezar. —Vantis se inclinó hacia ella—. Por eso hay que callarla. Por eso, y por otra cosa.
—¿Cuál?
—Esa grabación tiene mi voz. Con trece años. Suplicando a una puerta. —La mano de metal se cerró sola encima de la mesa, como se le había cerrado delante de Kray—. No voy a dejar que la oiga nadie.
—Es tu voz. Eras tú.
—Era un crío que ya no existe.
Entonces le hizo la oferta. La hizo bien, porque era su oficio.
—Quédate —dijo—. Aquí, en El Pináculo. Te doy un anillo entero, si lo quieres. La Ascensión, si la quieres: ojos que ven en la oscuridad, manos que no tiemblan. Y una nave. En el Astillero Meridian estamos reconstruyendo una Corbeta clase Aura, la primera desde antes de la guerra. Una corbeta no es una herramienta, Ada. Es una declaración. Sería tuya.
—Siempre quisiste que yo pilotara algo grande.
—Siempre quise pilotar yo.
—¿Aprendiste?
—Sí.
—¿Bien?
—Mejor que tú, no.
Ada sonrió. No pudo evitarlo.
—A cambio de Mamparo.
—A cambio de silencio.
Ada se levantó. Fue hasta la caja, que seguía encima de la mesa con la lente encendida, y le puso la mano encima, en la tapa.
—Él aguantó cuarenta y seis años por mí —dijo—. Dieciséis mil días mirando una puerta. Vio morirse a los otros ocho, uno a uno, y no podía hacer nada, y siguió aguantando. —Miró a su hermano—. No le voy a cerrar la puerta yo.
Vantis la miró un momento largo.
—Entonces eres como ella.
—¿Como quién?
—Como la capitana. Encender las luces y ponerte en medio.
—Algo tendremos de ella, Lelo. Nos crió media nave.
Vantis pulsó un botón de la mesa. La puerta se abrió y entró Kray.
—Comandante. El núcleo se destruye esta noche, en la Forja de los Arquitectos, sin abrir. —No miró a Ada—. A la durmiente la instala en el Anillo Cívico. Con todo lo que pida. Y vigilada.
—Entendido —dijo Kray.
Ada fue hacia la puerta. Se paró en el umbral, sin volverse.
—Lelo.
—No me llames así.
—¿Por qué no?
—Porque te haría caso.
La habitación del Anillo Cívico era blanca, limpia y silenciosa, con una cama perfectamente hecha y una ventana que daba a un pasillo. Ada no durmió. Se quedó sentada en la cama con la espalda contra la pared, contando sin querer. Había contado cuatro mil trescientos cuando se abrió la puerta.
Era Kray. Llevaba la caja de Mamparo bajo el brazo.
—Dije «entendido» —dijo Kray.
—Ya lo oí.
—Cuando digo «entendido» es que no.
Ada la miró. Luego miró la caja.
—¿Por qué?
Kray tardó en contestar. Se quedó en la puerta, con la caja bajo el brazo, mirando la pared blanca de enfrente.
—Estaba en la puerta del despacho —dijo—. No soy sorda. —Se pasó la mano libre por la cara—. Llevo doce Axiomas sin número en veintidós años. Los tengo apuntados todos. He firmado cuotas que han matado gente para que no muriera más gente, y me lo he creído, porque me lo explicaron bien. Una cosa es la crueldad medida, Lys. Otra muy distinta es destruir lo único que le queda a alguien porque te da vergüenza oír tu propia voz.
—Es mi hermano.
—Es mi Canciller. —Kray se apartó de la puerta—. Por eso no se lo voy a hacer más fácil. Vamos.
Bajaron por los anillos de servicio, donde no hay megafonía ni drones, hasta el Anillo de Amarre. La XASTER de Kray seguía en su brazo, con la rampa cerrada y las luces apagadas. Nadie les preguntó nada. En El Pináculo nadie le pregunta nada a una Comandante de la Guardia Vertical que camina deprisa a las cuatro de la mañana.
Despegaron sin plan de vuelo. Kray llevó la nave hacia fuera, lejos de los brazos, y se quedó con las manos en los mandos, mirando las estrellas.
—¿Adónde? —preguntó.
En la caja, detrás de los asientos, la lente de Mamparo se encendió.
—Muelle siete —dijo.
Kray giró la cabeza.
—¿Tirane?
—Puerto Aurora. Muelle siete. Era el destino.
—Tirane es santuario —dijo Kray, despacio, pensándolo mientras lo decía—. Allí no se dispara. No lo prohíbe ningún tratado. Es costumbre. Desde hace cuarenta y seis años nadie ha disparado en esa luna.
—Él no dispara —dijo Ada—. Manda a otros.
—En Tirane no podrá mandar a nadie. Ni siquiera él se atreve a romper eso.
Kray fijó la ruta. El motor empezó a cargar. Las estrellas se apretaron hacia delante.
Y en el canal privado de la nave, el que solo usaba La Cúspide, sonó una voz que no alzaba nunca el tono.
—Comandante.
Kray cerró los ojos un segundo.
—Canciller.
—Ha dicho usted «entendido».
—Sí, Canciller.
—Siempre lo dice cuando no lo está.
—Sí, Canciller.
Hubo una pausa. No era la pausa de la luz. Era otra.
—Voy yo —dijo la voz.
Y se cortó.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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