AguantandoTomo IPrólogo

Aguantando

  • Año 47 E.A. · día 221
  • Cementerio de Aura
  • Punto de vista: Cabo Yannick Osk y El Notario
  • 9 min de lectura
Parte de recuperación

THE VANGUARD · PARTE DE RECUPERACIÓN · CEMENTERIO DE AURA · AÑO 47 E.A., DÍA 221

Compartimento estanco con la presión conservada. Estampación del casco: AU-C7. Último cierre registrado: Año 1 E.A.

Ocupantes: nueve cápsulas de reposo. Ocho sin constantes. Una con constantes.

Objeto: núcleo auxiliar de la sección de casco, apagado, en el centro exacto del compartimento. Lente orientada hacia la puerta.

Estado: aguantando.

Destino: la cápsula con constantes, al Arca Custodia. El núcleo, a El Bastión.

Firma: Cabo Y. Osk

El cabo Yannick Osk tardó once minutos en escribir ese parte y tres horas en arrepentirse de la última línea.


Seis horas antes, la recluta quería saber por qué la Vanguardia nunca dispara primero.

—Porque lo dice la Coronel —contestó Osk.

—Ya. Pero ¿por qué lo dice?

—Porque es la Coronel.

La Tortuga de patrulla iba despacio por el borde del Cementerio de Aura, con las luces de posición encendidas y el radar pintando chatarra en todas direcciones. El Cementerio es lo que quedó de la guerra del Año 1: cascos partidos, contenedores, costillas de nave y cuarenta y seis años de restos dando vueltas a la estrella entre Kharsis e Ithera. Lo patrulla The Vanguard porque alguien tiene que hacerlo y porque nadie más quiere.

YANNICK OSK. Cabo de The Vanguard, piloto de Tortuga. Once años sin llegar tarde a un relevo, y lo considera lo único importante que ha hecho en la vida. Lo que hay que saber de él: cuando algo le parece grave, habla más despacio.

La recluta tenía diecinueve años, un casco que le venía grande y la costumbre de preguntar las cosas dos veces. Llevaba tres semanas en El Bastión. Osk no se había aprendido su nombre porque la Coronel le había dicho que no se aprendiera el nombre de ningún recluta hasta el primer mes. Si se morían antes, decía la Coronel, ya se lo aprendería ella.

—¿Y si te disparan ellos primero? —insistió la recluta.

—Entonces ya no es primero.

—¿Y te dejas?

—Me aparto. Soy piloto. Apartarme es lo que mejor hago.

La recluta miró por el ventanal. Fuera pasaba un contenedor abierto, girando, con algo dentro que había sido una silla.

—En la instrucción dijeron que aquí hay centinelas.

—Más adentro.

—¿Es verdad que son como los compis? ¿Núcleos de la Flota?

—Son núcleos. No son compis.

—¿Y qué diferencia hay?

Osk se tomó su tiempo. Corrigió el rumbo dos grados para esquivar una plancha que no necesitaba esquivar.

—A los compis alguien fue a buscarlos —dijo—. A los centinelas, no. Se quedaron dando vueltas con la última orden que les dieron. Hace cuarenta y seis años. Si te acercas, te disparan, porque es lo último que les dijeron que hicieran.

—Qué triste.

—Es chatarra que dispara. La tristeza, en otra patrulla.

La recluta estuvo un rato callada. Luego empezó a tocar el receptor, que es lo que hacen todos los reclutas cuando se aburren. Pasó por la banda de la Vanguardia, por la de socorro, por dos bandas de carga que solo traían ruido. Bajó más. Bajó a bandas que la Tortuga traía de fábrica y que nadie usaba desde antes del Armisticio.

—Para —dijo Osk.

—No he hecho nada.

—Vuelve atrás. Despacio.

Por el altavoz salió un pitido corto y, detrás, una voz plana que no era una voz sino una cifra leída por una máquina. Ochenta y ocho coma cuatro. Luego, nada.

—¿Qué es eso? —preguntó la recluta.

—Presión. —Osk miró la hora—. Presión de casco, en la banda vieja de la Flota. Es una sala. Alguien está diciendo que tiene una sala con aire dentro.

—¿Quién?

—Nadie. Será automático.

—¿Cuánto tiempo lleva diciéndolo?

Osk no contestó. Ya estaba girando la Tortuga.


Tardaron cuarenta minutos en encontrarlo y otros veinte en creérselo.

Era un trozo de casco de unos cuarenta metros, ennegrecido, que daba una vuelta sobre sí mismo cada once minutos. Lo habría pasado por alto cualquiera. Lo que no se podía pasar por alto era la estampación que asomaba en un costado cuando giraba, en las letras cuadradas de la Matriz:

AU-C7.

—AU —leyó la recluta.

—Aurora —dijo Osk, más despacio de lo normal.

En el sistema Aurin todo el mundo sabe lo que es el Arca Aurora aunque no sepa nada más. En el Año 1, cuando la Flota se partió en dos bandos y se lió a tiros en la órbita de Ithera, el Aurora recibió fuego de los dos y cayó sobre el planeta. Abrió en el suelo un surco de varios kilómetros que hoy se llama La Cicatriz, con miles de muertos dentro. Nadie ha conseguido demostrar de quién fue el disparo. Cada casa le echa la culpa a la otra. Lo que casi nadie sabe es que el Aurora, antes de caer, fue perdiendo trozos.

—Es una sección del Arca —dijo Osk—. Se soltó antes del impacto.

—¿Y tiene aire? ¿Después de cuarenta y seis años?

—Eso dice.

Montaron la esclusa de campaña, la tienda presurizada que la Vanguardia lleva para los rescates y que nadie usa nunca, y la sellaron contra la escotilla. Osk tardó un cuarto de hora en convencer a la puerta. Era de la Matriz, de las antiguas, con el controlador de casco en verde. Cuando por fin cedió, salió un soplo de aire tan frío que el visor se le empañó por dentro.

Dentro había escarcha. En las paredes, en el techo, en los asideros, una capa blanca y fina, como si la sala hubiera respirado mucho tiempo y luego hubiera dejado de hacerlo. A lo largo de la pared del fondo había nueve cápsulas de reposo en fila, de las de la travesía, con su número pintado en la tapa. Ocho tenían el cristal blanco por dentro y el panel apagado. La novena tenía un punto verde que se encendía y se apagaba muy despacio.

Y en el centro exacto de la sala, sobre un soporte del suelo, había una esfera del tamaño de una cabeza, con las placas rayadas y una lente grande, redonda, como la de un faro pequeño. Estaba apagada. La lente miraba a la puerta.

—Nos está mirando —dijo la recluta.

—Está apagado.

—Pues nos está mirando apagado.

Osk se acercó a la cápsula del punto verde sin tocar nada. En la tapa ponía un nueve. En el panel había constantes: lentas, bajas, pero constantes. Alguien estaba dormido ahí dentro desde antes de que existieran los Cenit y los Nadir.

—Hay uno vivo —dijo, y su propia voz le sonó rara dentro del casco.

La recluta miró las otras ocho. Luego miró la esfera.

—¿Y eso qué es?

—Un núcleo auxiliar. De casco, por las placas. Las secciones de las arcas llevaban uno cada una. Lo anotaban todo.

—¿Qué hacía aquí?

Osk miró la escarcha. Las ocho tapas blancas. La novena. La puerta que acababan de abrir y que alguien había cerrado hacía cuarenta y seis años desde dentro. La lente, todavía clavada en ella.

—Aguantar —dijo.


El protocolo lo sabe cualquier recluta de primer mes, y Osk se lo recitó a esta en voz alta para que se lo aprendiera. Los durmientes no son de nadie. Lo dice el Armisticio de Ithera, el tratado del Año 12 que puso fin a la guerra: un durmiente que aparezca se entrega al Arca Custodia, la nave neutral donde trabaja CUSTODIA, la única máquina del sistema que no es de ninguna casa. Solo ella puede despertarlo. Solo ella le pregunta su nombre.

La cápsula nueve salió dos horas después en una lanzadera médica de los Pioneers, con escolta. El núcleo no tenía tratado. El núcleo era carga, y la carga que encuentra una patrulla de la Vanguardia va a El Bastión.

—La Coronel querrá verlo —dijo Osk.

Lo metieron en una caja de transporte acolchada, once kilos y medio, y lo amarraron en la bodega de la Tortuga. Osk escribió el parte con los guantes puestos. Al llegar a la casilla del estado, dudó. Luego puso lo que había visto.


EL NOTARIO. Pirata del Cementerio. Tres rayas rojas pintadas a mano en el casco, como todos los suyos. Nadie sabe cómo se llama y él no se lo ha preguntado a nadie. Lo que hay que saber de él: todo lo que roba lo apunta, y todo lo que apunta lo cobra.

El Notario escuchaba todas las bandas. Lo hacía por oficio, igual que un panadero huele el horno. Escuchaba a la Vanguardia, a las cuadrillas de salvamento de The Forge, a los Guardabosques, a las dos casas cuando se insultaban por canales que creían cerrados. Esa tarde escuchó a un cabo de la Vanguardia pedir una lanzadera médica para una cápsula y, en la frase siguiente, decir la palabra núcleo.

—Los durmientes no se venden —les dijo a sus chicos—. Los núcleos sí.

La Revenant se llamaba Conforme. Era un casco militar de antes de la guerra, de cuando la Flota todavía tenía seguridad propia, comprado tres veces, robado dos y modificado tantas que ya no le quedaba nada de serie salvo el ruido de las góndolas. Salió de detrás de un pecio con las torretas desplegadas justo cuando la Tortuga de la Vanguardia dejaba el Cementerio camino de Ithera.

—Cabo, buenas tardes —dijo el Notario por el canal abierto—. Dejad el mineral en el suelo y las botas puestas.

Hubo una pausa.

—No llevamos mineral —contestó Osk.

—Es una forma de hablar. Lleváis una caja. La caja, en la rampa.

—Esto es una patrulla de The Vanguard.

—Lo sé. Por eso sé que no vais a disparar primero. Y yo, si me obligáis, tampoco quiero ser el segundo.

Osk contó las torretas de la Revenant. Contó las suyas, que eran ninguna. Miró a la recluta, que se había quedado blanca, y bajó la rampa.

Subieron tres. Tres rayas rojas en cada casco. Desataron la caja sin prisa y sin mirar dentro. El último, un hombre bajo con un cuaderno de tapas negras bajo el brazo, se quedó en la rampa, escribió algo, arrancó la hoja y se la dio a Osk.

Recibo

RECIBÍ CONFORME de la patrulla de The Vanguard, Cementerio de Aura, Año 47 E.A., día 221: una (1) caja de transporte acolchada, con contenido de la Flota, sin abrir.

Se devuelve la nave.

Firmado: el Notario

—Se os devuelve la nave —dijo el Notario. Esperó un segundo—. A lo mejor.

Y se fue riendo bajito por la rampa, como quien ha contado un chiste que solo le hace gracia a él.

En la bodega de la Conforme, uno de sus chicos le dio una patada suave a la caja para ver si sonaba a algo.

—¿Qué es, jefe?

—Un núcleo de la Flota.

—¿Y eso vale?

—Eso vale lo que paguen por ello. —El Notario se sentó en un bidón y abrió el cuaderno sobre las rodillas—. Hay cinco en todo el sistema trabajando para los Gremios, y ninguno se vende. Este sería el sexto. El sexto de algo que no se vende, chaval, es lo más caro que existe.

—¿Y no es de la Vanguardia? Lo han encontrado ellos.

—Lo han encontrado. No lo han guardado. —El Notario mojó la punta del lápiz con la lengua—. Lo que se tira sigue teniendo dueño. Nosotros. Y lo que no se guarda, también.

—Pero no lo habían tirado.

—Lo dejaron cuarenta y seis años dando vueltas en el Cementerio con la luz apagada. —El Notario escribió una línea, despacio, con su letra pequeña y limpia—. Eso, en mi oficio, se llama tirar.

La Tortuga se quedó sola junto al pecio con la bodega vacía. La recluta respiraba muy deprisa.

—¿No vamos a hacer nada?

Osk leyó el recibo dos veces. Luego sacó el parte y leyó la casilla del estado.

—Ya lo estamos haciendo —dijo—. Estamos aguantando.


A las cinco de la tarde, en la bodega de una Revenant que no era de nadie, entre bidones de grasa y piezas sin manifiesto, una caja acolchada dijo ochenta y ocho coma cuatro en una banda que no escuchaba nadie.

Llevaba cuarenta y seis años diciéndolo. Nadie había contestado nunca.

Lo que había dentro de la caja no lo sabía todavía el Notario, ni la Vanguardia, ni las dos casas que muy pronto iban a querer comprarla. Lo sabía, en cambio, la persona de la cápsula nueve. Pero esa persona llevaba cuarenta y siete años dormida, y no iba a despertarse hasta el día siguiente.

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El oscuro de la casa, frío y nítido.

Cálido, tenue y sin luz azul, para leer a oscuras.

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