AguantandoTomo ICapítulo 12

Doce minutos

Esto es lo que se oyó en la bodega de la nave de carga del muelle siete, en Tirane, el día 227 del Año 47. Lo grabó un núcleo auxiliar de casco cuarenta y seis años antes, en el Arca Aurora, en la órbita de Ithera. Grabó lo que pasaba por la red de casco de la nave: voces, golpes, presiones. Lo que no pasó por la red, no lo sabe nadie.

Mamparo lo contó así: con la hora delante, sin adornos, como se anota un turno.


10:29:00. Puente de mando. Voz de la capitana.

—Ciento sesenta y ocho.

El puente del Aurora era una sala larga con un cristal grande al frente y doce consolas. En el cristal, a lo lejos, se veían destellos: la guerra, que llevaba siete días. Dos flotas que hasta la semana anterior habían sido una, disparándose en la órbita de Ithera con las mismas naves y las mismas armas.

—Ciento sesenta y ocho peticiones de corredor a Tirane en siete días —dijo la capitana Arrieta—. Ninguna contestada. Los de un lado no nos contestan porque creen que somos de los otros. Los otros, porque creen que somos de los unos. Y nosotros llevamos ocho mil doscientas personas a bordo, cinco mil de ellas dormidas, con aire para once días.

Nadie dijo nada. En una esquina del puente, un cadete de trece años con el uniforme recién estrenado estaba pegado a la consola de navegación, hablando bajito con alguien por el canal de navegación.

—¿Cuánto falta para el siete? —preguntaba.

—Al ritmo actual —contestó una voz precisa y antigua desde Tirane— no llegan.

—Nadie nos va a dar el corredor —dijo la capitana—. Así que nos lo vamos a poner nosotros.

10:29:20. La capitana dio cuatro órdenes. Mamparo las anotó.

—Todas las luces. Exteriores, de cubierta, de muelles, de posición. Al máximo.

—El código neutral de la Flota, en todas las bandas, a toda potencia.

—Motores. Rumbo a la línea de fuego. Entre las dos flotas.

—Policía.

Una mujer joven de uniforme gris, de pie junto a la puerta del puente, se cuadró. Tenía veinticinco años, el pelo muy corto y la cara de no expresar nada.

—Capitana.

—A la armería. Que nadie dispare desde el Aurora. Nadie. Ni aunque nos disparen. Si alguien toca un arma, lo detienes. Si alguien te da otra orden, vuelves a esta.

—Sí, capitana.

El timonel se volvió en su asiento.

—Capitana, eso es un suicidio.

—Es una apuesta. —La capitana no levantó la voz—. Nadie dispara a una nave llena de durmientes que se pone en medio con todas las luces encendidas. Nadie. Ni los unos ni los otros. Si me equivoco, me lo podéis decir mañana.

10:29:40. Empuje lateral. Las cuadernas de la siete cargan. Casco: aguanta.


10:31:00. Todas las bandas. Voz de la capitana.

—Aquí el Arca Aurora. Arca civil de la Flota. Llevamos a bordo ocho mil doscientas personas, cinco mil de ellas dormidas. Nos ponemos entre vosotros. Encendemos todas las luces para que nos veáis. No disparéis.

10:31:30. Repetición.

10:32:00. Repetición.

10:33:00. Repetición. Sin respuesta.

Mamparo estaba en la sección siete, en el centro exacto de la sala de los pilotos de la primera tanda, como había estado cuarenta años. Nueve cápsulas en fila contra la pared del fondo, nueve pilotos dormidos esperando el día en que alguien abriera el muelle siete de Tirane y les pidiera que bajaran a la gente a Ithera. En la cápsula nueve dormía una mujer de veinticuatro años que antes de dormirse le había preguntado la hora.

Por la red de casco, Mamparo oía cómo el Aurora viraba. Oía crujir las cuadernas. Oía, sobre todo, lo que no había: ninguna respuesta.


10:36:00. Canal directo. Voz de la capitana.

—Mamparo. Soy Arrieta.

—Capitana.

—La siete.

—Nueve cápsulas. Pilotos de la primera tanda. Presión estable. Ochenta y ocho coma cuatro.

—Voy a soltarla.

Mamparo no contestó enseguida. En el registro hay un segundo y medio de silencio.

—Si esto sale mal —dijo la capitana—, alguien tendrá que bajar a esta gente algún día. A los que queden. Que sean ellos. Sueltas la siete, la cierras, y aguantas.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que venga alguien que no dispare.

—¿Cuánto es eso?

—Lo que haga falta.

—Aguanto.

10:36:40. Voz de la capitana, más baja.

—Mamparo. La de la nueve es Lys. La hermana del cadete.

—Lo sé.

—No hay cápsula para él. No hay sitio.

—Lo sé.

—No se lo digas.

La capitana cortó el canal. Pero el canal directo pasaba por el altavoz de la consola de navegación, y en la consola de navegación había un cadete de trece años pegado al canal de Tirane.


10:37:10. Puente. El cadete se levanta.

En el registro se oye una silla que cae.

10:37:14. Voz de la policía del puente.

—Eh. Tú. Quieto.

10:37:15. Pasos en el corredor de servicio del puente, hacia popa. Deprisa. Un solo par de botas, pequeñas.

10:37:50. Pasos en el corredor de la sección siete.

10:38:04. Escotilla de la sección siete. Golpes.

La escotilla tenía un ventanuco redondo, de cristal grueso. Por el ventanuco, Mamparo vio una cara. Trece años, el pelo revuelto, los ojos muy abiertos, la nariz casi pegada al cristal. La misma cara que se había pegado al cristal de la cápsula nueve el día del Año 0 en que su hermana se durmió.

—Abre —gritó el cadete—. Abre. Mi hermana está ahí dentro.

—Puerta cerrada —dijo Mamparo por el altavoz del corredor.

—Ábreme. Me meto. Quepo en cualquier sitio. Me siento en el suelo.

—No hay cápsula.

—Me da igual.

—Si abro, la siete pierde la presión al soltarse. Mueren nueve. Y tú.

—Me da igual —gritó el cadete, y golpeó la escotilla con las dos manos abiertas—. Abre. Abre. Abre.

10:38:20. Cargas de separación de la sección siete: armadas. Temperatura del marco de la escotilla: subiendo.

El metal de alrededor de la escotilla empezó a calentarse, como se calienta siempre antes de que una sección se suelte. El cadete no apartó las manos. Golpeaba el ventanuco, la escotilla, el marco caliente. En el registro se oye cuando empieza a gritar de otra manera.

—Retira las manos —dijo Mamparo.

—Abre.

—Retira las manos.

—Ada. Ada. Abre.

Mamparo no abrió.

10:38:31. Luz de aviso.

Mamparo no tenía brazos ni podía moverse. Lo único que tenía, además de la voz, era una luz. Su lente no era una lente: era una luz de aviso de la Flota, ámbar, hecha para que la gente supiera hacia dónde correr cuando algo se rompía. Y controlaba las luces de su sección.

Encendió todas las luces de aviso del corredor de la siete. Una línea ámbar en el suelo, desde la escotilla hasta el puente, hasta el tronco de escape de popa del puente, el único sitio de toda esa parte de la nave que estaba hecho para aguantar un golpe.

—Corre —dijo Mamparo—. Sigue la luz. Hacia el puente.

El cadete no corrió. Siguió con las manos en el metal.

10:38:40. Pasos. Botas grandes, deprisa.

—Te tengo —dijo la policía del puente.

En el registro se oye un forcejeo. El cadete gritando. La mujer gritando. Y un sonido corto, húmedo, cuando las manos del cadete se despegaron del marco.

—Policía —dijo Mamparo—. Al puente. Al tronco de popa. Sigue la luz.

—Ya la veo —dijo Reyna Ostrach, y se lo llevó a rastras por la línea ámbar, mientras el cadete seguía gritando el nombre de su hermana con la voz rota.

10:39:00. Corredor de la siete: vacío.

10:39:02. Separación.

—Siete suelta —anotó Mamparo—. Giro. Presión: ochenta y ocho coma cuatro. Aguanto.


La sección siete se separó del casco del Aurora con un golpe seco y empezó a girar, despacio, alejándose. Seguía unida a la nave por la red de casco, por radio, y la red le duró catorce minutos más. Desde fuera, por los sensores de su casco, Mamparo vio el Aurora alejarse con todas sus luces encendidas, entrando en la línea de fuego entre las dos flotas como quien entra en una habitación donde se están peleando y se pone en medio con los brazos abiertos.

10:41:00. Primer impacto. Casco del Aurora. Babor, popa.

10:41:20. Segundo impacto. Estribor, centro.

10:41:21. Firma de los proyectiles: Matriz. Sin bando.

10:42:10. Tercer impacto. Babor.

10:42:30. Cuarto. Estribor.

Mamparo los fue contando. Uno de un lado, otro del otro. Los dos bandos habían visto un arca de la Flota encendida como una ciudad cruzándose en su línea de fuego, y los dos habían pensado que era una trampa de los otros. Los dos dispararon. Mamparo no sabía de qué lado venía cada disparo, porque el casco no sabe hacia dónde mira, y porque la Matriz fabrica la misma bala para todos.

10:44:00. Todas las bandas. Voz de la capitana.

—Aquí el Arca Aurora. Somos civiles. Seguimos aquí. No disparéis.

10:46:00. Duodécimo impacto.

10:49:00. Decimonoveno impacto. Puente, sección de proa.

10:49:01. Canal de la capitana: sin señal.

En el registro, después de esa hora, la voz de la capitana Arrieta no vuelve a aparecer.

10:50:30. Puente de popa. Voz de la policía.

—Puente de popa. Tengo al cadete. Vivo. Las manos mal. —Una pausa, una respiración—. Que nadie dispare desde el Aurora. Es una orden de la capitana. Que nadie dispare.

Nadie disparó desde el Aurora. Ni una sola de sus torretas giró. El registro las anota todas, frías, apuntando a ninguna parte, durante los últimos catorce minutos de la nave.

10:55:12. Trigésimo primer impacto. Red de casco: perdida.


Después de esa hora, Mamparo ya no oyó nada del Aurora. Solo lo vio.

Por el sensor de su casco que daba hacia Ithera, vio el arca, ya lejos, con las luces todavía encendidas, una ciudad en llamas cayendo despacio hacia el planeta más verde del sistema. La vio entrar en el aire. La vio abrirse. La vio soltar trozos que brillaban como chispas. La vio hacerse pequeña.

11:23:40. Destello en la superficie de Ithera.

Mamparo lo anotó así. Destello en la superficie. No sabía que a ese destello lo iban a llamar La Cicatriz, ni que dentro iba a crecer una ciudad, ni que cinco gremios iban a nacer entre sus restos, ni que una mujer de veinticinco años iba a montar en lo que quedaba del puente un fuerte con muros y una pared de nombres. No sabía nada de eso. Sabía que tenía una orden.


Lo que vino después, Mamparo lo resumió en la bodega de Tirane en menos de un minuto. Llevaba cuarenta y seis años anotándolo y no tenía mucho más que decir.

—Día 1. Presión estable. Nueve vivos.

—Año 3. Ocho.

—Año 9. Siete.

—Año 14. Seis.

—Año 19. Cinco.

—Año 23. Cuatro.

—Año 30. Tres.

—Año 33. Dos.

—Año 36. Uno.

—Latido de presión cada seis horas, en la banda de casco. Sin respuesta. Sesenta y siete mil latidos.

—La escarcha empezó en el Año 11. Bajé la temperatura para durar. La nueve aguantaba el frío.

—Un dron de salvamento me acompañó desde fuera siete mil días. Tenía una luz verde. Se fue en el Año 40.

—Año 47. Día 221. Puerta. Alguien.

—Pregunté si disparaban. No salió la voz. Me quedaba poca.

—Me abrió un cabo de la Vanguardia. No disparó.

—Fin de la siete.


En la bodega de la nave de carga del muelle siete no habló nadie durante mucho rato.

Había diez personas de pie, una de rodillas y una sentada en un cajón, con los guantes puestos y las manos cerradas encima de las rodillas, mirando el suelo. Doce personas que habían oído treinta y un disparos de los dos lados contra un arca que pedía que pararan, una voz de mujer que no volvía a aparecer y un crío de trece años gritando un nombre contra una puerta.

La Coronel Ostrach seguía junto a la puerta con los ojos cerrados. Tenía setenta y un años. En la grabación tenía veinticinco y arrastraba a alguien por el suelo siguiendo una luz.

Ada Lys estaba de rodillas junto a la caja.

Y el Canciller de la Cátedra de Ascensión levantó la cabeza, por fin, y miró a la esfera de la lente ámbar que le había cerrado la puerta.

—Encendiste las luces —dijo.

—Sí.

—Del corredor. Hasta el puente.

—Sí.

—Para que supiera hacia dónde correr.

—Para eso es mi lente —dijo Mamparo—. Es una luz de aviso.

El Canciller se quedó mirándolo. Luego se miró las manos.

—Cuarenta y seis años creyendo que me habías cerrado la puerta —dijo.

—Te la cerré —dijo Mamparo—. Y te encendí la luz. Las dos cosas. Una sola no servía.

Capítulo 12Doce minutos

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