
AguantandoTomo ICapítulo 7
Lo que nadie quiso
En El Fondeadero, la estación de los Nadir, todo tiene precio y casi nada paga impuesto. La Tejedora Sable Vunn conocía los dos números de cada cosa. Esa mañana le iban a traer una caja que valía más que la estación entera, si se vendía bien. Y Vunn siempre vendía bien.
SABLE VUNN. La Tejedora. Lleva el Tablón de Trueque de El Fondeadero. Cincuenta y ocho años. Sabe lo que vale cualquier cosa sin mirar una pantalla, y casi siempre sabe también lo que vale quien la vende. Lo que hay que saber de ella: cobra una comisión muy pequeña, porque lo que cobra de verdad es enterarse de todo.
Vunn empezaba los días andando, porque andando se entera una de más cosas que sentada.
Salía de su camarote en El Casco Viejo, la parte más antigua de la estación, que había sido la quilla de las primeras arcas de salvamento de los Nadir y que ahora tenía las viviendas más pedidas, porque en El Fondeadero «viejo» quiere decir «probado». Pasaba por delante de la sala del Círculo, donde la asamblea llevaba dos días votando si votaba una cosa. Bajaba por un pasillo que giraba a un ritmo distinto que el anterior, porque en El Fondeadero cada sección gira por su cuenta, y si una se rompe las demás siguen. Y llegaba a El Hogar.
El Hogar era una plaza cubierta con un techo de paneles translúcidos del que colgaban cultivos, y la luz de la estrella entraba verde a través de las hojas. Olía a tierra húmeda y a aceite viejo. Había música de tres sitios distintos a la vez y nadie la había elegido. Había gente hablando alto, porque en El Fondeadero el silencio pone nerviosa a la gente. Y había una pared entera cubierta de tarjetas escritas a mano: el tablón de misiones y, en la otra mitad, el Tablón de Trueque, el suyo. Las tarjetas urgentes llevaban una cinta roja atada con un nudo.
Ese día había once cintas rojas. Vunn las leyó todas al pasar, como quien lee el tiempo.
Luego fue a desayunar a El Amarre.
La Tozuda había atracado en Las Amarras de madrugada, en el brazo nueve, el de las naves que no quieren preguntas. Vunn lo sabía porque se lo había dicho un estibador, que se lo había dicho a cambio de que Vunn no le dijera a su mujer dónde pasaba las noches de los martes.
Vedma Oleiro la esperaba en la mesa del fondo de El Amarre, con la cara de no haber dormido y un plato de guiso sin tocar. Chemo y Tais, en la barra, comiendo como si no hubiera mañana. La caja, en el suelo, entre los pies de Vedma.
—Querida —dijo Vunn, sentándose—. Tienes cara de haber dejado a alguien en tierra.
—Come y calla.
—¿Qué hay hoy?
—Guiso de raíces.
Vunn probó el guiso de Vedma con su propia cuchara. Hizo una mueca.
—Ha cocinado un soldador.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque está bien soldado y mal guisado. —Se limpió la boca con una servilleta—. En El Amarre cocina el que le toca. Un día una hidroponista, otro día un piloto, otro día un crío de catorce años que no ha frito un huevo en su vida. Y el guiso sabe a quien lo hace. En El Pináculo comen una pasta que no sabe a nada para no echar nada de menos. Aquí comemos cosas que saben a gente. A veces la gente sabe mal. Es el precio.
—Tú le pones precio a todo.
—A todo lo que existe, querida. Lo que no tiene precio no existe. —Vunn señaló la caja con la cuchara—. ¿Es eso?
—Es eso.
—¿Lo has abierto?
—No.
—Mentirosa.
Vedma no contestó. Miró el guiso.
—La recluta —dijo Vunn—. La de la radio, la que estaba escuchando cuando te llamé. ¿Dónde está?
—En El Bastión.
—¿Y por qué no está aquí?
—Porque cerré a la hora.
Vunn dejó la cuchara. Conocía a Vedma Oleiro desde hacía veinte años y nunca le había visto esa cara. La había visto cansada, arruinada, furiosa y borracha, pero nunca así: como alguien que ha hecho exactamente lo que tenía que hacer y no se lo perdona.
—Cuéntame lo de la chica —dijo.
Vedma se lo contó mal y deprisa, a trozos, como cuenta las cosas la gente que no quiere contarlas. Una durmiente del Aurora. Veinticuatro años y cuarenta y siete de sueño. La que encontraron en la sala con el núcleo. Que vuela como nadie ha volado desde la Flota. Que metió la Tozuda por una grieta que no medía lo que la nave. Que se puso a señalar los gremios de la Cicatriz y a llamarlos por las secciones del Aurora, como si fuera la primera vez que alguien entendía qué era cada cosa. Que habló con Madre Sable y Madre Sable se acordaba de ella. Que se quedó mirando el horizonte como si fuera una cosa rara.
—Y la dejaste en tierra —dijo Vunn.
—Me debías la mitad de la deuda. Tenía que entregarte la caja.
—Y la dejaste en tierra.
—Sí.
Vunn se quedó pensando. Pensaba deprisa, como siempre, en números, y los números le salían cada vez más altos.
—Una durmiente del Aurora que vuela como la Flota —dijo, despacio—. ¿Cuánto pedirías por ella?
—No está en venta.
—Todo el mundo tiene un precio, querida. Lo raro es que lo sepa.
—¿Y el tuyo?
—El mío es muy alto y lo cambio a menudo. —Vunn sonrió—. Tranquila. No voy a comprarla. Las personas son muy caras de mantener.
Sacó del bolso un sobre de papel grueso y lo dejó encima de la mesa, al lado del plato.
—Diez mil créditos —dijo—. Como quedamos. Y los papeles.
Chemo, en la barra, dejó de masticar. Tais se volvió en el taburete.
—¿Qué papeles? —preguntó Tais.
Vedma no la miró. Abrió el sobre, sacó un documento doblado con el sello del registro de naves de El Fulcro, lo leyó por encima y lo volvió a doblar.
—Los de la Tozuda —dijo—. Estaban a nombre de la Tejedora desde hace seis años. Desde que me prestó para el motor nuevo.
—¿La Tozuda no era tuya? —dijo Tais.
—Ahora sí.
Chemo se metió otra cucharada de guiso en la boca y habló con la boca llena.
—A los carroñeros no les pagan —dijo—. Por eso vienen.
—¿Eso a qué viene? —preguntó Vunn.
—A nada. Es lo que digo cuando alguien hace una cosa fea por dinero y luego pone cara de pena. —Chemo tragó—. Yo fui carroñero, Tejedora. Ocho años. Con el Notario, en el Cementerio. Sé cómo se pone esa cara.
Vunn abrió la caja en el almacén de detrás del tablón, a solas, con la puerta cerrada.
Era más pequeño de lo que esperaba. Una esfera con placas rayadas, escarcha vieja en las juntas y una lente grande y apagada. Lo había visto en los dibujos de los expedientes de compis, pero nunca había tenido uno delante. En todo el sistema había cinco que trabajaban con los Gremios. Ninguno se vendía. Este era el sexto, y era suyo, y estaba en una caja de transporte entre un saco de semillas y un bidón de resina fósil de Kharsis.
La lente se encendió. Ámbar, tenue.
—¿Disparas? —preguntó la esfera.
—Nunca —dijo Vunn—. Vendo.
La lente la miró un rato.
—Vendes puertas.
—Vendo lo que hay detrás de las puertas.
—Detrás hay gente.
Vunn no contestó. Se quedó mirando la luz ámbar, que no parpadeaba, y por primera vez en mucho tiempo no supo qué precio ponerle a algo.
Cerró la caja. Se quedó un rato con la mano encima de la tapa, en el almacén a oscuras. Luego se le pasó, como se le pasaban siempre esas cosas, y se puso a trabajar.
—Esta noche no —le dijo a Vedma media hora después, en El Hogar, delante del tablón—. Mañana. En Los Talares, a las diez de la noche. A oscuras.
—¿A oscuras?
—Las subastas buenas se hacen a oscuras. Con la luz, la gente puja por quién la está mirando. A oscuras, puja por lo que vale. Cada uno con un auricular numerado, y yo en medio diciendo cifras.
—¿Quién va a pujar?
Vunn sacó del bolsillo un taco de tarjetas de cartulina y una bobina de cinta roja.
—La Cátedra, porque la Cátedra lo quiere destruido y paga muy bien por destruir. Un Descarnado, porque los Descarnados lo quieren abierto para decir que el Aurora lo tumbaron los Cenit, y el Círculo no lo autoriza pero tampoco lo impide. The Forge, porque Torvun Ekes quiere saber cuánto aguantó el casco del Aurora antes de partirse, y le importa un carajo quién disparó. Y el Notario.
—¿El Notario?
—Le debo la caja. Prefiero tenerlo sentado a la mesa que esperándome en la puerta. —Vunn empezó a escribir nombres en las tarjetas con una letra muy redonda—. A la Vanguardia también la invito, aunque la Coronel no puja nunca. Mandará a alguien a mirar. Me gusta que me miren.
—¿Y quién crees que gana?
—Yo.
Vedma la miró escribir. La tarjeta de la Cátedra decía Comandante Ysolde Kray, Guardia Vertical, El Pináculo.
—¿La conoces?
—Hace años, en El Fulcro, le enseñé un dibujo del Aurora con las flechas de otro color. —Vunn ató la cinta roja con un nudo rápido—. Ella me enseñó el suyo. Nos reímos mucho. Luego cerramos un trato muy feo y nos dimos la mano. Es la única Cenit que conozco que se lee los papeles antes de firmarlos.
—¿Y tú quién crees que disparó? Al Aurora.
—Los Cenit. —Vunn no levantó la vista—. Es lo que nos enseñan aquí. Lo que no nos enseñan es que da igual. La verdad, querida, es una mercancía como cualquier otra. Solo que se estropea antes.
Tais se había quedado delante del tablón, leyendo las tarjetas con cinta roja. Al final se volvió hacia Vunn.
—Tejedora. ¿Por qué dicen eso? Lo de «lo que nadie quiso».
Era la frase que estaba grabada en la placa de bronce de la entrada de El Hogar, debajo del ancla invertida de los Nadir. La había leído mil veces y nunca había preguntado.
—Porque es lo que somos —dijo Vunn—. Cuando se firmó el Armisticio, la Cátedra se quedó con lo bueno: el Colector, la Fundición, las minas de Kharsis. Nosotros compramos lo que nadie quería. Una luna negra sin metal, Cinera, por cuatro créditos, con una cláusula de escucha que no leyó nadie. Los derechos del Cementerio. La chatarra. —Hizo un gesto alrededor, con la mano llena de tarjetas—. Y luego resulta que lo que nadie quería es lo que todo el mundo quiere. Siempre pasa. Por eso nunca tiro nada.
—¿Ni a las personas?
Vunn la miró. La chica tenía veintidós años y una puntería que, según Chemo, era la mejor del anillo exterior, y no había disparado a una persona en su vida.
—A las personas, menos que a nada —dijo—. Son lo único que nunca se recupera.
Escribió cuatro tarjetas. Cuatro cintas rojas. Las metió en cuatro sobres y llamó a un crío de los muelles para que las repartiera, a cambio de un pastel de algas.
Luego preparó dos cajas.
Eran iguales: dos cajas de transporte acolchadas, con el mismo sello de la Vanguardia roto, el mismo número de serie rascado y las mismas marcas en las esquinas. En una metió a Mamparo. En la otra metió once kilos y medio de neolita en bruto, envuelta en una manta para que no sonara al moverla. Puso la buena en la bodega de su Challenger, la nave de carga que tenía amarrada detrás del almacén. Puso la falsa en el escenario de Los Talares.
Vedma lo vio todo desde la puerta.
—¿Vas a vender una caja vacía?
—Voy a vender dos cajas. Una al Descarnado, que paga primero y se va corriendo. La otra, al mejor postor, que paga después y se queda. —Vunn cerró la bodega de la Challenger—. Dos ventas por una mercancía. Es lo más bonito que hay en este oficio.
—Te van a matar.
—Me lo dicen desde los dieciséis años.
Entonces Vunn sacó una quinta tarjeta del bolsillo, en blanco, y se quedó un rato mirándola.
—¿Y esa?
—Esa es para la dueña.
Escribió despacio, con su letra redonda: A la Nueve. El Bastión, La Cicatriz, Ithera. Ató la cinta roja.
Vedma se puso pálida.
—No la metas en esto.
—Querida —dijo Vunn—, una subasta sin la dueña de la mercancía es un robo. Con la dueña es un espectáculo. Y la gente paga el doble por un espectáculo.
Le dio la tarjeta al crío de los muelles, junto con un segundo pastel de algas, y el crío salió corriendo hacia Las Amarras.
Vedma se quedó mirando la puerta por la que se había ido. Tenía los papeles de la Tozuda en el bolsillo del mono, por primera vez en seis años, y no le pesaban nada.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
Ajustes de lectura
Tus ajustes y el punto donde vas se guardan solo en este navegador.
