
AguantandoTomo ICapítulo 3
Recibí
En el carguero partido de las citas, en el Cementerio de Aura, iban a cambiar una caja por un chip de crédito. Vedma Oleiro llevaba el chip. El Notario llevaba la caja. Y en la caja estaba lo último que le quedaba a Ada Lys del mundo en el que se había dormido.
—Tú te quedas en la nave —le dijo Vedma mientras se ponía el casco.
—Vale.
—Lo digo en serio, Nueve.
—Y yo te he dicho que vale.
Vedma la miró a través del visor como se mira a alguien que acaba de mentir sin esforzarse. Luego bajó por la rampa con Chemo detrás. Tais se quedó tumbada en el lomo de la Tozuda con el fusil y una barrita de ración en la boca. Ada se quedó en la cabina contando hasta cien.
Llegó a cuarenta.
El carguero de las citas tenía una sala con aire, un camarote de oficiales que alguien había sellado con espuma hacía años para hacer negocios sin casco. Había una mesa atornillada al suelo, cuatro sillas que no eran del mismo juego y un cartel escrito a mano: SE HABLA SIN ARMAS EN LA MANO. Debajo, con otra letra: EN LA FUNDA VALE.
El Notario esperaba sentado, con el casco en la mesa y el cuaderno de tapas negras abierto delante. Era un hombre bajo, de unos cincuenta años, con gafas de montura fina y las manos limpias. Detrás de él, de pie, dos de sus chicos, con las tres rayas rojas pintadas en el casco.
—Capataz Oleiro —dijo, sin levantarse—. Y, si no me equivoco, Chemo Ardal.
Chemo se quitó el casco.
—No te equivocas nunca. Es lo que tienes de malo.
—Te debo un recibo.
—Me debes tres.
—Dos y medio. El tercero lo cobraste en especie. —El Notario pasó una página del cuaderno sin mirarla—. Consta.
Vedma no se sentó. Dejó el chip de crédito encima de la mesa, delante del Notario, y se quedó de pie.
—La Tejedora ha pagado. Danos la caja.
—La Tejedora ha pagado lo que valía la caja ayer. —El Notario se ajustó las gafas—. Hoy vale más. Desde esta mañana me han escrito de El Pináculo. Una Comandante de la Guardia Vertical, nada menos. Ofrece el triple, y no pregunta qué hay dentro. Eso, capataz, es un comprador.
—Eso es un problema.
—Para usted. Para mí es la ley de la oferta. La única ley que respeto, porque es la única que no han escrito ni los Cenit ni los Nadir.
—Teníamos un trato.
—Teníamos un trato a un precio. El precio ha cambiado. El trato sigue en pie. —Abrió las manos—. Páguenme la diferencia y la caja es suya. Con recibo.
Chemo se sentó en una de las sillas sin juego y apoyó los codos en la mesa.
—¿Sabes qué es lo bueno de los recibos, Vedma? —dijo—. Que el que los firma se cree honrado.
—Un recibo es la única promesa que sobrevive a quien la hace —dijo el Notario, muy serio—. Por eso los firmo. Ustedes, los de la Cicatriz, se dan la mano y se fían. Luego se mueren y nadie sabe qué se habían prometido. Yo apunto. Cuando me muera, mis deudores seguirán debiendo.
—¿Y eso para qué te sirve muerto?
—Me consuela vivo.
Ada no sabía nada del Notario, ni de sus recibos, ni de la ley de la oferta. Sabía de Revenant.
La Flota las usaba para la seguridad de las arcas: naves de desembarco grandes, con bodega de doble altura, que bajaban a los equipos de guardia cuando había un problema en un muelle. Ella había volado de copiloto en una dos veces, en prácticas. Las Revenant tenían un defecto que todos los pilotos de la Flota conocían y que ningún manual reconocía: el pestillo de servicio de la bodega, bajo la góndola de babor, se abría desde fuera con la mano si alguien se había olvidado de bloquearlo. Y alguien siempre se olvidaba.
Salió de la Tozuda por la escotilla de cola, se impulsó con el propulsor del traje y cruzó los cuarenta metros de vacío hasta la Revenant sin encender las luces. Encontró el pestillo a tientas. Estaba sin bloquear. Cuarenta y siete años, pensó, y la gente sigue siendo igual de idiota.
La bodega olía a grasa y a metal viejo. Había bidones amarrados, cajas sin etiqueta, una moto de carga sin ruedas y, al fondo, contra la pared, una caja de transporte acolchada con el sello de The Vanguard roto.
Ada la abrió.
Estaba igual que en su memoria y completamente distinto. La misma esfera de treinta y cinco centímetros, el mismo blindaje de placas, la misma lente grande y redonda, como la de un faro pequeño. Pero las placas tenían marcas que antes no tenían, y una capa de escarcha vieja en las juntas, y la lente estaba apagada y opaca, como un ojo cerrado.
—Mamparo —dijo.
Nada.
—Mamparo, soy yo. Soy la de la nueve.
Nada.
Ada se quitó el guante derecho, dobló los dedos y dio dos golpes con los nudillos en el casco de la esfera, como se golpea el panel antes de despegar.
Durante tres segundos no pasó nada. Luego, en el fondo de la lente, muy lejos, se encendió una luz ámbar. Primero un punto. Después un anillo. Después, el ojo entero, tenue, temblando, como una lámpara a la que le cuesta acordarse de para qué sirve.
—¿Disparáis? —dijo la esfera.
La voz era plana y corta, sin tono, la voz que Ada había oído cada seis horas durante cuatro años anunciando la presión de la sección siete.
—No —dijo Ada.
La lente se quedó quieta, mirándola.
—Nueve.
—Sí.
—Lys. Piloto de tanda.
—Sí.
—Despierta.
—Despierta.
—Hora.
Ada se rio. Fue una risa rara, que se le rompió por la mitad.
—No tengo ni idea de qué hora es, Mamparo. Hace un día tenía veinticuatro años.
—Sigues teniéndolos.
—Ya.
—¿Ha venido alguien?
—He venido yo.
—No cuentas. Estabas dentro.
Ada se pasó la mano por la cara. Tenía los ojos mojados y no se podía secar por dentro del visor.
—¿Y los otros ocho?
—Anotados.
—¿Cuándo?
—Uno cada pocos años. El último, hace once.
—¿Los viste?
—Sí. No podía hacer nada. Mantuve la presión.
—Cuarenta y seis años.
—Dieciséis mil setecientos setenta y seis días. Aguantando.
Ada tragó saliva.
—Mamparo, ¿qué pasó el día 236? ¿Por qué se soltó la siete?
La luz de la lente bajó medio tono.
—No abro la siete.
—¿Qué?
—Orden. No se abre hasta que venga alguien que no dispare.
—¿Qué orden? ¿De quién?
—No abro la siete —repitió Mamparo, igual que repite una puerta cerrada que está cerrada.
En la sala de las citas, el Notario estaba explicando la diferencia entre el precio de una cosa y su valor cuando todas las radios sonaron a la vez.
—Aquí la Comandante Ysolde Kray, de la Guardia Vertical. La carga que está a bordo de la Revenant Conforme queda requisada por la Cátedra de Ascensión. Nadie se mueve.
El Notario cerró el cuaderno.
—Señora —dijo por el canal abierto, con mucha educación—, en el Cementerio la Cátedra no tiene requisa. Tiene tarifa.
La respuesta fue un disparo.
No le dio a nada: pasó por delante del morro de la Conforme, rojo y silencioso, a dos metros de la pintura, y se perdió en la chatarra. Era un aviso. Los chicos del Notario no estaban de humor para avisos. Las dos torretas de la Revenant giraron hacia la nave que acababa de salir de detrás de un casco: una XASTER blanca con ribetes dorados, grande, de dos plazas, con su propia torreta en el lomo.
—Me cago en todo —dijo Chemo por radio.
—A la nave —dijo Vedma—. Ya.
Las torretas de la Revenant abrieron fuego. La XASTER se apartó como un pez y contestó. Y en la chatarra de alrededor, como si alguien hubiera dado una palmada, se encendieron ojos.
Seis. Diez. Veinte. Los centinelas del Cementerio no distinguen bandos, solo disparos. Llevan cuarenta y seis años con una orden de salvamento que alguien les dio antes del Armisticio, y la orden dice que todo lo que dispara cerca de un pecio es un intruso.
Ada cerró la caja con Mamparo dentro, se la echó a la espalda como un saco de herramientas, once kilos y medio que en el vacío no pesaban nada y lo pesaban todo, y salió por el pestillo de servicio.
Fuera había luz por todas partes. Rayos rojos de la XASTER, ráfagas de la Conforme, los cortadores de los centinelas brillando antes de disparar. Un dron pasó tan cerca que le vio el ojo. Ada encendió el propulsor del traje a fondo y voló en línea recta hacia la rampa abierta de la Tozuda, que era exactamente lo que no había que hacer y lo único que se le ocurrió.
—Por la izquierda —dijo Mamparo, desde la caja, por la radio del traje—. Ahora.
Ada se fue a la izquierda. Seis rayos cortaron el sitio donde iba a estar.
Aterrizó en la rampa de la Tozuda de rodillas. Vedma y Chemo venían detrás, de su propio vuelo desesperado desde el carguero. Tais seguía en el lomo de la nave, disparando a los ojos de los drones con la calma de quien tira piedras a un lago.
Vedma vio la caja.
—¿Eso es lo que creo?
—Despega.
—No la hemos pagado.
—Despega o despego yo.
Vedma la miró un segundo entero, que en mitad de un tiroteo es mucho tiempo. Luego corrió a la cabina.
La Tozuda salió del carguero de las citas con la rampa todavía subiendo, Tais agarrada a la escotilla del lomo y Chemo gritando cosas que no eran palabras. Vedma la sacó bien. La metió entre dos cascos, giró, bajó, volvió a subir. Pero la XASTER de la Comandante venía detrás, y una XASTER es una nave de caza y una Tortuga es una nave de carga, y Vedma lo sabía igual que lo sabía Ada.
—No nos dispara —dijo Chemo, mirando la pantalla de popa—. ¿Por qué no nos dispara?
—Porque quiere la caja entera —dijo Ada.
Un dron salió de un contenedor justo delante del morro. Vedma tiró del mando y la Tozuda se encabritó, rozó con la panza el casco de un pecio y soltó una lluvia de chispas.
—¿Sabes hacerlo mejor? —gritó Vedma, sin volverse.
—Sí.
Vedma soltó el mando.
Ada se sentó en el asiento del piloto. Se ajustó el arnés, que estaba regulado para alguien más alto. Dio dos golpes con los nudillos en el panel. Luego cogió el mando de la Tozuda como se coge la mano de alguien conocido.
—Venga, vieja —le dijo a la nave—. Vamos a casa.
Y se fue directa hacia el fragmento grande, el de las tres letras.
—¿Qué haces? —dijo Vedma.
—Ahí dentro había un hangar.
—Ahí dentro hay una estación de salvamento encima y cuarenta y seis años de chatarra.
—La chatarra está fuera. Dentro está el hangar.
La XASTER se les puso detrás. Por la radio, la Comandante habló con una voz tranquila, de alguien que no tiene prisa porque ya ha ganado.
—Tortuga, aquí Kray. Detengan la nave. No tengo interés en ustedes. Solo en la carga.
—Qué detalle —dijo Chemo.
El costado del fragmento creció en el ventanal hasta ocuparlo entero. Las tres letras pasaron por encima de la cabina, enormes, de tres pisos de altura cada una. Ada bajó hacia la panza del casco, donde había una mancha negra que no era sombra.
—Esa pared no aguanta —dijo Mamparo.
—Ya lo sé.
—Por la derecha.
La mancha negra era una compuerta de hangar arrancada. Ada metió la Tozuda por ella con medio metro de margen a cada lado.
Dentro estaba oscuro y lleno de cosas flotando. Ada encendió el foco de proa. Pasaron soportes de carga torcidos, un andamio, una grúa partida. Y en la pared del fondo, en fila, seis cunas de atraque vacías, cada una con su número estampado en grande, en las letras cuadradas de la Matriz.
AU-T1. AU-T2. AU-T3. AU-T4. AU-T5. AU-T6.
—Las Tortugas del Aurora —dijo Ada—. Aquí aprendí a volar.
Vedma no contestó. Estaba mirando la cuna AU-T4. Ada no la vio porque estaba mirando el hueco del fondo, una grieta en el casco por la que entraba la luz de la estrella. Era estrecha. Era muy estrecha.
—No cabemos —dijo Chemo.
—Cabemos.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo salía por ahí cuando quería que no me viera el jefe de hangar.
—Hace cuarenta y siete años.
—Las grietas no encogen.
Ada inclinó la Tozuda sobre un costado, plegó las patas, apagó el motor de babor un segundo y medio y la metió por la grieta de lado, como una carta por debajo de una puerta. Algo rozó el lomo con un chirrido largo. Tais, dentro ya, dijo una palabra que su madre no le había enseñado. Y salieron al otro lado del fragmento, a la luz, con la XASTER de la Comandante a trescientos metros de casco de por medio y ningún camino para seguirlos.
Ada apagó los motores y dejó que la Tozuda flotara entre la chatarra con las luces apagadas, como un pecio más.
Nadie habló durante un minuto. Por la radio, la voz de la Comandante Kray se fue alejando, cada vez más llena de estática, buscando por el lado equivocado del fragmento. Luego se calló.
En el canal abierto sonó otra voz, educada, cansada.
—Cuadrilla. Consta en acta. Me deben una caja.
Vedma apagó la radio. Luego se giró en el asiento del copiloto, despacio, y miró a Ada de arriba abajo, como si la viera por primera vez.
—¿Quién coño eres?
—Nueve.
—Lys —dijo Mamparo desde la caja, que Chemo había amarrado al suelo de la cabina—. Ada. Piloto de tanda. Arca Aurora.
Vedma miró la caja. Luego a Ada.
—El Aurora se cayó hace cuarenta y seis años.
—Ya —dijo Ada—. Yo no.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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