AguantandoTomo ICapítulo 5
Uno vivo
La Tozuda llegó a Ithera con el lomo rayado, una caja que no era suya y una pasajera que no había pisado un planeta en su vida. Vedma la llevaba a La Cicatriz porque era el único sitio del sistema donde nadie de ninguna casa podía entrar con un arma. Ni siquiera una Comandante con una orden sin número.
—Mi nave —dijo Vedma al salir del salto, y Ada le devolvió el mando sin discutir.
Ithera ocupaba el ventanal entero. Era azul en los bordes y verde en el centro, con nubes que se movían si las mirabas un rato. Tenía mares de verdad, de los que ella solo conocía por los dibujos de la escuela del Aurora, y continentes con manchas oscuras de bosque. Por delante del planeta, muy deprisa, pasaba una luna grande y gris.
—Melvara —dijo Tais—. Le da una vuelta a Ithera cada media hora.
—Eso no puede ser —dijo Ada—. Para una luna de ese tamaño, a esa distancia…
—Ya —dijo Chemo—. Pero lo hace. Aquí las lunas van como les da la gana. Pregúntale al Faro. Tienen una tabla.
El Puesto de Enlace de los Pioneers era un círculo de tierra apisonada, dos barracones hechos con trozos de fuselaje y unos huertos pequeños alrededor, en el borde mismo de La Cicatriz. Vedma lo eligió porque allí no preguntaba nadie. Bajó la Tozuda en espiral, despacio, y a cien metros del suelo soltó una palabrota.
En la pista había vacas.
No eran vacas. Eran bichos del tamaño de un carro de carga, con el lomo cubierto de placas pardas como tejas, patas cortas y una cresta carnosa que les colgaba de la nuca. Había treinta o cuarenta. Pastaban en la pista con la tranquilidad de quien paga el alquiler.
—Torobolas —dijo Chemo—. Rolvak, si eres de El Faro Roto y te gustan los nombres finos. Comen todo el día, no molestan a nadie y, si les das una patada, se acuerdan de tu cara para siempre.
—Como Chemo —dijo Tais.
—Yo me acuerdo de las caras por educación.
Vedma encendió las luces de aterrizaje y bajó el tren con el máximo ruido posible. Los Rolvak levantaron la cabeza, la miraron con desprecio, se hicieron una bola acorazada y se alejaron rodando por la hierba, uno detrás de otro, como barriles cuesta abajo.
Ada se rio por primera vez desde que la habían despertado.
Cuando bajó la rampa, el aire le dio en la cara.
Era aire que se movía solo. Nadie lo empujaba con ventiladores ni lo contaba en una pared. Olía a hierba mojada, a tierra y a algo dulce que Tais le dijo que eran esporas, que en Ithera hay esporas en el aire y que te acostumbras en dos días. Estaba fresco. Le movía el pelo.
Y al fondo, donde terminaba la pradera, no había pared. Había una línea, lejísimos, donde el verde se juntaba con el cielo, y detrás de esa línea no había nada más que más cielo.
Ada se sentó en la rampa.
—¿Estás bien? —preguntó Tais.
—No sé qué es eso.
—¿El qué?
—Eso. Lo de allí. La raya.
Tais miró hacia donde miraba ella.
—El horizonte.
—Ya sé cómo se llama. —Ada no apartaba la vista—. Lo que no sabía es que fuera tan lejos.
Después miró hacia el otro lado, y vio La Cicatriz.
Era un surco en la tierra de varios kilómetros de largo, como si alguien hubiera pasado un dedo enorme por el barro y lo hubiera dejado secar. La hierba había vuelto a crecer en los bordes, pero en el centro la tierra seguía negra, y de ella salían trozos de casco, costillas de nave, mamparos clavados de canto como lápidas. Alrededor, a distintas distancias, había construcciones levantadas sobre piezas grandes del fuselaje. Y por todas partes, en círculos, gente, humo de cocinas, cables, antenas, carros.
—Eso era mi nave —dijo Ada.
—Eso es mi barrio —dijo Vedma, a su lado—. Yo nací ahí, en el anillo de fuera. Ahí cayeron los módulos de escape. La gente los convirtió en casas. Mi madre salió caminando de los restos con dieciséis años y no se volvió a ir en su vida.
Ada se levantó y fue señalando, despacio, como quien reconoce a gente en una foto.
—Esa cúpula es la enfermería. La sección de bioingeniería.
—El Vivero. Los Pioneers. Curan, cultivan y construyen.
—La torre, la alta. Navegación y sensores.
—El Faro Roto. Los Pathfinders. Hacen mapas.
—Eso de allí, lo que parece una aleta… es la aleta dorsal. Y debajo estaba la bahía de contención. Ahí tenían bichos de Ithera en jaulas, para estudiarlos.
—El Aguijón. El Apex Syndicate, los cazadores. Los bichos se escaparon cuando cayó la nave. Los de la bahía los volvieron a cazar.
—Al sur, lo que echa vapor. El reactor y los talleres de casco.
—La Fragua Baja. The Forge. Funden todo lo que se puede fundir.
—Y eso, lo que tiene muros. El puente de mando.
—El Bastión. The Vanguard. Los únicos que llevan armas en la Cicatriz, y solo porque el tratado se lo permite.
Ada se quedó callada.
—Cinco secciones —dijo.
—Cinco gremios. Son lo mismo. —Vedma se encogió de hombros—. Cuando se estrelló tu nave, los de arriba estaban demasiado ocupados pegándose como para bajar a por nadie. Así que los de abajo se juntaron donde su oficio servía para algo. Los médicos en la enfermería. Los soldados en el puente. Los que sabían soldar, en los talleres. Y no preguntaron a nadie de qué bando era. Todavía no había bandos, en realidad. Eran todos de la Flota. Les llaman los Cuarenta Días de Fuego.
—¿Por qué?
—Porque duraron cuarenta días y estuvo todo ardiendo. En la Cicatriz no somos muy poéticos.
—¿Y luego?
—Luego los de arriba se estuvieron pegando once años más. Los de abajo hicieron sopa, mapas y paredes. Cuando por fin firmaron el Armisticio, los de arriba miraron abajo y vieron que había cinco gremios que lo llevaban todo. Así que les dejaron Ithera. Aquí no manda ninguna casa. Mandamos los que trabajamos.
Chemo bajó por la rampa con la caja de Mamparo en brazos.
—Y por eso aquí no te dispara nadie —dijo—. Que es lo que importa hoy, después de lo de ayer.
Ada no llegó a El Vivero andando. Llegó en un carro de carga, tumbada sobre sacos de semillas, con Tais sujetándole la cabeza. El deshielo largo, le había dicho CUSTODIA, revuelve el estómago dos o tres días. No le había dicho que también te apaga como una luz cuando menos te lo esperas.
El Vivero era una cúpula enorme de un material que parecía cristal y no lo era, verde por dentro, ruidosa, llena de plantas colgando y de gente. En la planta baja había un mercado de semillas. Arriba, la clínica. En la puerta, grabada a mano en una plancha de metal, había una frase que Ada leyó medio dormida: EL VIVERO NO CIERRA SUS PUERTAS A NADIE QUE SANGRE.
—Yo no sangro —dijo.
—Por poco —dijo una voz de mujer mayor.
SABLE OKOYE. «Madre Sable». Administradora de El Vivero y cabeza de The Pioneers. Setenta años. En el Año 1 era técnica de hidroponía y enfermera del Aurora, y fue la que dosificó el suero los Cuarenta Días para que no se acabara el primero. Lo que hay que saber de ella: lleva en un cuaderno de papel todos los favores que le deben las dos casas, y los cobra en el peor momento posible.
Era una mujer alta, de pelo blanco muy corto, con una bata de trabajo llena de manchas de tierra. Le puso a Ada dos dedos en el cuello, contó en silencio y luego le levantó un párpado con el pulgar para mirarle el ojo.
Y se quedó quieta.
Ada también. La miró de abajo arriba, desde la camilla. La nariz. La forma de apretar la boca al contar. Una cicatriz pequeña en la ceja izquierda, en forma de anzuelo, que se había hecho con una bandeja de semillas el día en que…
—¿Sable? —dijo Ada—. ¿La de hidroponía? ¿La del módulo cuatro?
Okoye no soltó el párpado.
—No puede ser.
—Te robaba los tomates.
—Me robabas los tomates —dijo Okoye, muy despacio—. Los cherris. Los de la bandeja del fondo, que eran los buenos. Y me dejabas una nota que ponía «Cuenta de casco».
—Porque los cargaba a la cuenta de la sección siete.
—La piloto. La de las Tortugas. —Okoye se sentó en el borde de la camilla sin darse cuenta de que se sentaba—. Lys. Ada Lys. Te vi dormirte. Fui yo la que te puso la vía. Tenías veinticuatro años.
—Sigo teniéndolos.
Okoye la miró un rato largo, con los ojos muy brillantes y la cara completamente quieta, como hace la gente que lleva muchos años sin permitirse llorar en el trabajo.
—Pues yo no —dijo—. Yo tengo setenta. Me debes cuarenta y seis años de tomates.
Entonces apareció la esfera verde.
Bajó flotando desde el techo de la clínica, despacio, sin hacer ruido, y se quedó a la altura de la cara de Ada, un poco a un lado, como se queda alguien que no quiere estorbar. Era del tamaño de la de Mamparo, con un anillo verde alrededor de la lente y unas placas suaves, sin marcas.
—Hola —dijo. La voz era cálida, sin prisa—. ¿Cómo te llamas?
—Nueve.
—Eso es un número.
Ada tardó en contestar. Hacía dos días que no lo decía en voz alta.
—Ada.
—Ada. —La esfera se inclinó un poco, como asintiendo—. Uno vivo.
—Es LUMBRE —dijo Okoye—. Nuestra compi. Era el núcleo de una enfermería de la Flota. Cuenta a los vivos de cada sala donde está. Todos los días.
—¿Aunque haya uno solo?
—Aunque haya uno solo —dijo LUMBRE—. Lo anoto igual.
—¿Cuántos contabas antes? En la Flota.
—Cuatro mil. Durmientes. Una lectura por persona cada cuarenta minutos, cuarenta años. Todos llegaron. Todos.
—¿Y luego?
La luz verde bajó un poco.
—Luego hubo una hora —dijo LUMBRE—. Ciento doce. No me lo preguntes hoy.
Ada no se lo preguntó. Se quedó mirando el anillo verde, que era del color con el que la Flota marcaba las salas con gente dentro.
—He visto el horizonte —dijo, porque necesitaba decírselo a alguien que lo entendiera—. Hace un rato. Ahí fuera.
—Yo también lo vi por primera vez aquí —dijo LUMBRE—. En el arca no había horizonte. No sabía lo que faltaba.
Okoye le puso un suero, le hizo beber dos vasos de agua en sorbos pequeños y le contó los Cuarenta Días de Fuego en el tiempo que tardó en bajar la bolsa del gotero.
Se lo contó sin adornos, porque llevaba cuarenta y seis años contándolo y se le habían caído todos.
La enfermería fue la única sección que quedó con aire y luz después del golpe, así que en dos horas estaba llena de heridos de los dos lados. Nadie sabía todavía quién era de qué. Un oficial que al año siguiente sería Cenit se despertó vendado por una botánica que al año siguiente sería Nadir, y le dio las gracias. El suero alcanzaba para tres días si se ponía a todo el mundo, y para cuarenta si se elegía. Okoye eligió. Nunca le ha dicho a nadie a quién no se lo puso.
—Aquí primero se cura —dijo—, y luego se pregunta el bando. Eso lo dije yo la segunda noche, porque un idiota con galones quería saber de qué lado era el chaval al que le estaba cosiendo la pierna. Ahora está grabado en la puerta. Me hace gracia y me da vergüenza a partes iguales.
—¿Y los bichos de la bahía?
—Salieron la tercera noche. Las jaulas se abrieron en el golpe. Los de seguridad xenológica se pasaron la noche volviéndolos a meter con lo que tenían. Al amanecer solo quedaba una. Una cría de veinte años con un fusil, que entró aquí, se sentó en el suelo y dijo siete nombres. Hoy manda en El Aguijón. —Okoye cerró la válvula del gotero—. A eso le llaman la Primera Cacería. Se ha convertido en una leyenda. A mí me pareció una noche muy larga.
Ada se quedó callada un momento.
—Sable. ¿Te acuerdas de mi hermano?
—Del crío. —Okoye sonrió sin querer—. Me robaba las fresas mientras tú me robabas los tomates. Creías que no lo sabía.
—Está en el registro de la Custodia como baja. Del día 236.
—Muchos lo están. —Okoye le puso la mano en el brazo, encima del vendaje—. Yo estaba aquí abajo, Ada. En la enfermería. El crío estaba arriba, en el puente, con la capitana. Del puente salieron pocos. No sé quiénes.
—Ya.
—Lo siento.
—Ya.
Okoye sacó un cuaderno pequeño de tapas de tela del bolsillo de la bata, buscó una página en blanco y escribió algo con un lápiz muy corto. Luego se lo enseñó.
Ada Lys. Debe: un día de cama, dos sueros y cuarenta y seis años de tomates.
—En este cuaderno no pongo intereses —dijo—. Es lo único bueno que tiene.
Cuando Ada salió de El Vivero ya era de noche, y la noche de Ithera era otra cosa que tampoco conocía.
Las rotaciones de Ithera duran cinco horas, le explicó Tais, así que en un día de los de la Flota hay casi cinco noches. La gente de la Cicatriz no duerme cuando oscurece: duerme cuando tiene sueño, y cuenta el tiempo corto en melvaras, que es lo que tarda Melvara en volver a salir. Una melvara son treinta y tantos minutos.
—Faltan dos melvaras para la cena —dijo Tais—. Así se dice aquí.
—¿Por dónde sale?
—Por allí.
Tais señaló al oeste. Ada miró al oeste y, al cabo de un rato, la luna grande y gris asomó por encima del horizonte, subió deprisa por el cielo y empezó a cruzarlo hacia el otro lado.
—Por el oeste —dijo Ada.
—Sí.
—Las lunas no salen por el oeste. Una luna que gira más despacio que su planeta…
—Esta gira más deprisa. Ya te lo ha dicho Chemo. Aquí las lunas hacen lo que les da la gana. —Tais se encogió de hombros—. En El Faro Roto tienen una tabla con lo que hace cada una. No saben por qué lo hacen. Solo lo apuntan.
Ada se quedó mirando la luna. Le habían enseñado mecánica orbital en el Aurora con números en la pared. Los números de la pared decían que aquello no podía estar pasando. Aquello estaba pasando por encima de su cabeza, deprisa y en silencio, como si nadie le hubiera explicado nunca las reglas.
Hacia el oeste, más allá de los barracones, en una zona baja y encharcada, se encendían luces pequeñas a ras de suelo, de color cian, muy despacio, y se apagaban.
—¿Qué es eso?
—Lumbros. Cochinillas de luz. —Tais sonrió—. Bichos acorazados del tamaño de un perro, que se hacen bola si los tocas. Comen algas en los charcos y brillan por la noche. No te las comas.
—¿Por qué me las iba a comer?
—Porque Chemo se comió una el primer año y estuvo dos días viendo a su madre.
—Me la encontré muy bien —dijo Chemo, desde la rampa.
Y encima del centro de La Cicatriz, sobre la zona acordonada del núcleo, donde había caído la proa del Aurora, una luz azul daba vueltas en círculo, despacio, siempre a la misma altura.
—¿Y eso?
—Un centinela —dijo Chemo—. Aquí a los centinelas los llamamos huérfanos. A ese, que es el más viejo del sistema, dicen, los críos lo llaman el Abuelo. Lleva dando vueltas ahí encima desde la caída. Le tiran piedras.
—¿Le dan?
—Nunca.
Ada había dejado la caja de Mamparo en el suelo, a su lado, con la tapa abierta. La lente ámbar estaba encendida, muy tenue, mirando la luz azul que giraba en el cielo.
—Da vueltas porque nadie le dijo que parara —dijo Ada.
—Perímetro —dijo Mamparo—. Proa. No contesta.
—¿Lo conocías?
—No. Era de proa. Yo era de casco.
—Algún día alguien irá a por él.
Mamparo no dijo nada durante un momento.
—Anotado —dijo.
El cabo Yannick Osk llegó a la siguiente melvara, en un hover de dos plazas de la Vanguardia, con las luces encendidas y un papel doblado en la mano.
Se bajó, miró a Vedma, miró a Chemo, miró a Tais, miró la caja abierta en el suelo y, por último, miró a Ada. La reconoció al segundo, aunque nunca le había visto la cara despierta.
—Tú eras la del punto verde —dijo.
—¿Qué punto verde?
—El de la cápsula. Te abrí yo la puerta.
—Gracias.
—De nada. —Osk desdobló el papel—. La Coronel Ostrach quiere ver el núcleo. Esta noche. Y a ti.
—El núcleo es carga mía —dijo Vedma, sin moverse.
—El núcleo lo encontré yo. —Osk levantó el papel—. Tengo el parte firmado. —Se metió la mano en el otro bolsillo y sacó otro papel, más pequeño, arrugado—. Y tengo un recibo. Usted no tiene ni una cosa ni la otra.
Vedma miró el recibo del Notario en la mano del cabo. Luego miró a Ada. Luego a la caja.
—Vamos a El Bastión —dijo.
Lo dijo demasiado rápido. Ada lo notó y no supo qué significaba. Lo supo al día siguiente.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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