AguantandoTomo ICapítulo 9
Cinta roja
Los Talares son los talleres abiertos de El Fondeadero: cualquiera puede usar una mesa si la deja como la encontró. Esa noche, la Tejedora Sable Vunn los había vaciado, había colgado cortinas en las puertas y había puesto una caja en el centro, sobre un banco de soldar, debajo de la única lámpara encendida.
Faltaba una hora para la subasta. Los compradores empezaron a llegar pronto, porque nadie se fía de llegar tarde a algo que no quiere perderse.
21:04:00. La Comandante Ysolde Kray atracó en Las Amarras con su XASTER blanca y dorada, la única nave de El Pináculo en toda la estación. Ningún punto de facción puede negar el atraque a una nave que lo pide, lo dice el Armisticio, así que los estibadores de El Fondeadero la dejaron atracar y se quedaron mirándola con los brazos cruzados, como se mira a un vecino que ha venido a la fiesta con el uniforme de policía.
—Bienvenida a El Fondeadero —dijo uno, sin ninguna bienvenida en la voz—. Las armas, en la funda.
—Entendido.
Kray llevaba en el bolsillo un chip de crédito de la Cátedra sin número de cuenta. Con lo que había dentro se podía comprar una Tortuga nueva. Le habían dicho que lo gastara entero si hacía falta.
21:11:00. Torvun Ekes llegó en una Tortuga de The Forge con el acabado Polvo de Kharsis, cubierta de hollín por fuera y por dentro, y bajó la rampa hablando de tonelajes con el piloto.
TORVUN EKES. «El Fundidor». Cabeza de The Forge, el gremio de la minería y los hornos, con sede en La Fragua Baja. Sesenta y un años. Era aprendiz de soldador en el Aurora y cuenta la primera plancha que arrancaron al casco para hacer refugio como el verdadero Año 0 de su gremio. Lo que hay que saber de él: el metal no elige bando, él tampoco; solo elige quién paga a tiempo.
Detrás de él flotaba una esfera de cobre y bronce, con toberas de forja soldadas a los lados y una lente naranja que miraba todo como quien hace inventario.
—FUELLE —dijo Ekes—. No le hables, que te cuenta lo que has desperdiciado.
—Cuatro gramos de suela en la rampa —dijo FUELLE—. Bajas arrastrando los pies. Todas las veces.
21:20:00. Llegó un hombre joven con una bufanda verde y la cara de alguien que ha leído demasiados Versos del Círculo, y se sentó solo, en una esquina, sin quitarse el abrigo. Era de los Descarnados, los radicales de los Nadir, los que sabotean a la Cátedra aunque cueste vidas. El Círculo del Fondeadero no autoriza lo que hacen. Tampoco lo impide.
21:32:00. Llegó el Notario, con su cuaderno de tapas negras y dos de sus chicos de las tres rayas rojas, y se sentó en la primera fila.
—Conste que he venido —dijo, y lo apuntó.
21:47:00. Llegó el cabo Osk, de la Vanguardia, con el uniforme oliva y la cara de quien ha venido a mirar. Y detrás de él, con un traje de tránsito gris que le quedaba ancho y una tarjeta con una cinta roja en la mano, entró Ada Lys.
Vunn la vio entrar y sonrió como sonríe la gente cuando el último invitado confirma que la fiesta va a salir bien.
—La dueña —dijo, en voz alta, para que lo oyeran todos.
Todas las cabezas se volvieron. Kray se quedó quieta. El Notario levantó la vista del cuaderno y la miró por encima de las gafas, como se mira una factura que no se esperaba.
Ada no miró a ninguno. Estaba mirando al fondo de la sala, donde estaban Vedma, Chemo y Tais, de pie junto a la pared, como empleados contratados para vigilar la puerta.
—Hola, capataz —dijo.
Vedma tardó en contestar.
—No somos tus amigos.
—Ya. Me lo dijiste.
Chemo miró al techo. Tais miró al suelo. Vedma no apartó la vista, y Ada tampoco, y estuvieron así hasta que Vunn dio dos palmadas.
—Las reglas son pocas —dijo Vunn, en el centro, junto al banco—. Cada uno tiene un auricular con su número. Cuando apague la luz, diré cifras. Si alguien quiere subir, lo dice en voz baja por su auricular y yo lo oigo. Nadie sabe quién puja. Nadie ve a nadie. A oscuras se puja por lo que vale una cosa, no por quién te está mirando.
Repartió los auriculares ella misma, uno a uno, con una sonrisa para cada uno. A Ada le dio el último. Tenía un nueve grabado.
—Muy graciosa —dijo Ada.
—Me lo dicen mucho.
—Una cosa más —siguió Vunn—. En Los Talares no se dispara. No porque lo prohíba nadie, sino porque si alguien dispara aquí, no le vuelve a vender agua nadie en esta estación. Calculadlo antes de sacar nada de la funda.
El de la bufanda verde se levantó.
—Yo no quiero subasta —dijo—. Tengo prisa. Pago lo que pide ahora y me la llevo.
Vunn hizo un gesto de fastidio que no engañó a nadie.
—Qué maleducado. —Suspiró—. Está bien. Para los que tienen prisa hay venta directa. Es el doble.
—El doble.
El Descarnado sacó un chip y se lo puso a Vunn en la mano. Vunn lo miró, lo sopesó con los dedos como si los créditos pesaran, y asintió.
—Es suya.
El Descarnado agarró la caja del banco con las dos manos y la levantó.
Entonces habló FUELLE.
—Esa caja está vacía —dijo—. Te lo digo sin abrirla.
22:03:00. Lo primero que se movió fue la bufanda verde.
El Descarnado dejó caer la caja, que sonó contra el suelo con un ruido sordo de piedra envuelta en manta, y sacó una pistola de debajo del abrigo. La primera fila se levantó a la vez. Uno de los chicos del Notario sacó la suya. Kray no sacó nada: puso la mano en la funda y la dejó ahí, quieta, que es lo más amenazador que puede hacer una Comandante de la Guardia Vertical. Al fondo, Tais tenía el fusil apuntando a la mano de la pistola del Descarnado desde antes de que nadie la viera moverse.
—Vacía no, querido —dijo Vunn, sin perder la sonrisa—. Lleva once kilos y medio de neolita de primera. Es la mejor neolita de los Espejos de Rocío. Puedes hacer granadas para toda tu célula.
—¿Dónde está la buena?
—En un sitio donde no la va a encontrar nadie que me apunte con una pistola.
—Esa caja es mía —dijo el Notario, levantándose despacio—. La buena. Consta en mi cuaderno, con fecha y firma. La Tejedora me la debe.
—La Tejedora te la pagó —dijo Vunn.
—La Tejedora me la pagó a un precio que ya no era el precio.
—¿Y qué precio es el precio?
—El que pagan los demás.
—Quietos todos —dijo Osk, sin levantar la voz, sin sacar nada, sin moverse de la puerta.
Nadie le hizo caso, porque nadie le hace caso nunca a la Vanguardia hasta que es tarde.
En el auricular de Ada, muy bajito, sonó una voz plana.
—Nueve.
Ada se quedó helada.
—Bodega. Izquierda. Cuando se apague, corre.
—¿Mamparo?
—Las luces de aquí son de la Matriz. Controladores viejos. Como los de la siete.
—¿Qué vas a hacer?
—Apagar.
22:04:12. Se apagaron todas las luces de Los Talares a la vez.
No fue la penumbra de una subasta a oscuras. Fue negro, del todo, de los que te hacen dudar de si tienes los ojos abiertos. Se apagó la lámpara del banco. Se apagaron las luces de emergencia de las puertas. Se apagaron las pantallas de las mesas y los pilotos de los soldadores. Alguien gritó. Alguien tiró una silla.
Sonó un disparo.
El fogonazo iluminó la sala un instante, como una foto: el Descarnado con la pistola levantada, el Notario agachado, Vunn quieta en el centro con los brazos cruzados, Kray ya moviéndose hacia la izquierda, Tais con el ojo pegado a la mira y el dedo fuera del gatillo. Luego, negro otra vez. La bala había reventado un depósito de agua de los cultivos del techo, y empezó a llover sobre todos.
—Izquierda —dijo Mamparo en el auricular—. Diez pasos. Puerta.
Ada corrió a la izquierda con las manos por delante. Tropezó con algo blando que dijo una palabrota con la voz de Chemo. Siguió. Encontró la puerta con la frente.
—Pasillo. Al fondo.
Al fondo del pasillo, muy lejos, se encendió una luz ámbar.
No era una lámpara. Era un ojo. Redondo, tenue, quieto, brillando en la oscuridad al final del pasillo como brillaba en la sección siete cuando había que salir corriendo. Ada lo conocía. Lo había visto encenderse una vez, en un simulacro de despresurización, cuando tenía quince años. Una luz de aviso. Para que la gente supiera hacia dónde correr.
Corrió hacia ella.
22:04:40. En la sala, el Notario encontró la caja a tientas en el suelo, mojada, donde la había dejado caer el Descarnado. La abrazó como se abraza a un hijo.
—Vámonos —les dijo a sus chicos—. Ya.
—Jefe, esa es la de las piedras.
—Esa es la que tengo. La que tengo es la que vale. Conste.
Salieron por la puerta del fondo, en la oscuridad, llevándose once kilos y medio de neolita y la convicción de haber ganado.
22:04:51. Vunn no se había movido del centro de la sala. Llovía sobre ella. Notó que alguien pasaba a su lado muy deprisa, hacia la izquierda, y no le hizo falta verlo para saber quién era. Olía a pasta nutritiva de El Pináculo.
—Comandante —dijo en voz baja.
—Tejedora.
—La caja buena nunca está en el escenario.
—Ya lo sé —dijo Kray, sin pararse—. Por eso voy a la bodega.
La bodega era la de la Challenger de Vunn, una nave de carga blanca de Challenger amarrada detrás del almacén, con la rampa abierta. Dentro, entre sacos de semillas y bidones de resina de Kharsis, había una caja de transporte acolchada con la tapa abierta, y dentro de la caja, una esfera con una lente ámbar encendida.
Ada llegó sin aire.
—Mamparo.
—Nueve. Llegas tarde.
—Me has apagado una estación entera.
—Una sala. La estación sigue.
Ada se arrodilló junto a la caja. Le temblaban las manos. Le temblaba todo.
—En El Faro Roto me han dicho una cosa. Que el Aurora no estaba en su corredor. Que se metió entre las dos flotas a propósito, con las luces encendidas.
La lente de Mamparo no se movió.
—Sí.
—¿Por qué?
—La capitana encendió las luces.
—¿Por qué, Mamparo?
—No abro la siete.
—Me cago en la siete. —Ada se secó la cara con la manga, que estaba mojada—. Llevo cuarenta y siete años dormida, me han robado la nave dos veces en tres días y todo el mundo sabe algo que no me quiere contar. Dímelo.
—No abro la siete hasta que venga alguien que no dispare —dijo Mamparo—. Aquí han disparado.
Ada iba a contestar cuando una mano le cogió la muñeca. Firme. Sin hacer daño.
—Ilesa —dijo la Comandante Kray, a su espalda.
22:06:30. Vedma y Tais llegaron a la rampa de la Challenger medio minuto después, empapadas, con una linterna. La linterna iluminó a Kray de pie en la bodega, con la caja de Mamparo bajo un brazo y la muñeca de Ada en la otra mano.
Tais levantó el fusil.
—Suéltala.
—Si disparas, le das a ella —dijo Kray, sin moverse.
—Yo apunto bien.
—¿Y disparas?
Tais no contestó. El cañón del fusil no tembló. Su dedo tampoco se movió hacia el gatillo. Se quedó así, apuntando a la frente de la Comandante, durante tres segundos larguísimos.
—Déjala, Tais —dijo Vedma.
Tais bajó el fusil.
Ada miró a Vedma por encima del hombro de Kray. Vedma tenía el pelo pegado a la cara y la linterna en la mano, y no apartó la vista.
—Te va a llevar a El Pináculo —dijo Vedma—. Allí no dispara nadie. Es el sitio más seguro del sistema.
—Allí tampoco me espera nadie.
—Aquí tampoco, Nueve. —Vedma se apartó de la rampa para dejarlas pasar—. Aquí tampoco.
22:09:00. Kray pasó por la sala de Los Talares camino de Las Amarras, con Ada de la muñeca y la caja bajo el brazo. Las luces de emergencia habían vuelto. Llovía menos. El Descarnado se había ido. Osk seguía en la puerta, exactamente donde estaba antes, con la cara de alguien que lo ha visto todo y lo va a escribir en un parte.
Vunn estaba en el centro, escurriéndose el pelo.
Kray sacó del bolsillo el chip de crédito de la Cátedra y se lo lanzó. Vunn lo cogió al vuelo sin mirarlo.
—Por las molestias —dijo Kray.
Vunn miró el chip. Luego el otro chip, el del Descarnado, que todavía tenía en la otra mano.
—Siempre es un placer vender dos veces —dijo.
Ekes estaba sentado en un banco, con las botas en un charco y FUELLE flotando a su lado, mirando cómo se iba la caja por la puerta.
—Cuarenta y seis años de datos de fatiga de casco —dijo FUELLE—. De un arca de la Flota. Se van por esa puerta.
—Me importa un carajo quién disparó al Aurora —dijo Ekes, sin levantar la voz—. Yo solo quería saber cuánto aguantó el metal.
22:31:00. En la bodega de la Conforme, a dos mil kilómetros de El Fondeadero, el Notario abrió por fin la caja, apartó la manta mojada y se quedó mirando once kilos y medio de neolita gris de los Espejos de Rocío.
No dijo nada durante un rato. Luego abrió el cuaderno, buscó la página de la Tejedora y escribió con su letra pequeña y limpia.
DEBE: una caja. Otra vez.
22:40:00. La XASTER de la Comandante salió de El Fondeadero con dos personas a bordo, por primera vez en seis años.
Ada iba en el asiento de la derecha, el del artillero, con las manos sueltas porque Kray no se había molestado en atárselas. La caja de Mamparo estaba amarrada detrás de los asientos. La cabina era más grande que la de la Tozuda y estaba mucho más limpia, y olía a nada, como todo en El Pináculo.
—Este asiento —dijo Ada—. ¿Quién iba antes?
—Mi artillero.
—¿Qué le pasó?
—Kaldrek.
Ada no preguntó más. Kray tampoco dijo más.
Al cabo de un rato, mientras el motor cargaba para el salto, Ada volvió a hablar.
—Dijiste que el Canciller quiere verme.
—Sí.
—¿Para qué me quiere un Canciller a mí?
Kray se quedó mirando el ventanal, donde las estrellas empezaban a apretarse hacia delante.
—Eso —dijo— llevo tres días preguntándomelo.
Detrás de los asientos, en la caja, la lente de Mamparo se encendió un momento.
—Destino: El Pináculo —dijo—. No me gusta.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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