
AguantandoTomo ICapítulo 4
Axioma sin número
La Comandante Ysolde Kray vio a la Tortuga meterse en el fragmento del Aurora, salir por una grieta que no era más ancha que la propia nave y desaparecer en la chatarra con las luces apagadas. Había volado veintidós años en la Guardia Vertical. Aquella maniobra no estaba en ningún manual.
—Pilota como alguien de antes —dijo en voz alta, al asiento vacío de su derecha.
El asiento no contestó. Llevaba seis años sin contestar.
YSOLDE KRAY. Comandante de la Guardia Vertical en El Pináculo, la estación de los Cenit. Cuarenta y cuatro años. Nació en el Año 3, de la primera generación que no vio nunca Solmera ni la Flota. Vuela una XASTER de dos plazas y no ha vuelto a ocupar la segunda. Lo que hay que saber de ella: cuando dice «entendido», es que no está de acuerdo.
Esa mañana, antes de que nada de esto empezara, Kray había desayunado pasta.
En La Ecuánime, la cantina del Anillo Cívico de El Pináculo, el desayuno era una bandeja de líneas rectas con una ración de pasta nutritiva, gris perla, que no sabía a nada. La luz era azul cian y no hacía sombras. Por la megafonía, una voz de mujer leía cifras: Cuota de Kaldrek al noventa y cuatro por ciento. Fundición Alta al ciento dos. Recordamos a los ciudadanos que hablar alto en los corredores es una falta menor. Nadie hablaba alto. Unos drones del tamaño de un puño recorrían el suelo limpiando lo que ya estaba limpio.
En El Pináculo nada se esconde, decía la gente. Por eso las luces no hacen sombra.
Frente a ella se había sentado el teniente Dresk Corvain, de la Oficina de Enlistamiento, con su bandeja y su cara de no haber dormido.
—Ciento cuarenta esta semana —dijo Corvain—. De la Leva. Ciento cuarenta durmientes nuevos, Comandante, que no saben ni en qué año viven. Y yo les recito el juramento a todos.
—Es su trabajo.
—Es mi trabajo. Pero ¿sabe qué me pasa? Que me emociono en la última línea. Siempre. La he dicho cuatrocientas veces y me sigo emocionando. «Y que la luz se gane». Se me quiebra la voz. Los reclutas creen que es parte del protocolo.
—¿Y no lo es?
—No. Es que soy imbécil.
Kray se comió la pasta. Siempre se la comía entera. La pasta no sabía a nada a propósito, decían en La Ecuánime: si la comida no sabe a nada, no echas de menos nada. No echas de menos el guiso de nadie ni el pan de ningún día. Todos los días son igual de buenos. Kray nunca había decidido si eso era una virtud o una condena, y la mayoría de los días no tenía tiempo de decidirlo.
—Ayer uno de los durmientes me preguntó quién disparó al Aurora —dijo Corvain.
—¿Y qué le dijo?
—Lo que nos enseñaron. Que los Nadir abrieron fuego primero.
—¿Se lo creyó?
—Se rio. Dijo que la de la Flotilla le había dicho lo mismo de nosotros. —Corvain removió la pasta con la cuchara—. ¿Usted qué cree, Comandante?
Kray había nacido dos años después de la caída. En la escuela de El Pináculo le enseñaron un dibujo del Aurora con flechas: las flechas rojas, de los Nadir, llegaban primero. Años después, en un trato en El Fulcro, una mujer de El Fondeadero le enseñó el mismo dibujo con las flechas de otro color.
—Creo que el Aurora está en el suelo —dijo—. Y que dentro iban de los dos.
Entonces le llegó la convocatoria a La Cúspide.
La Cúspide es el último anillo de El Pináculo, el que no gira. Se sube por un ascensor que pasa por todos los demás: el Cívico, donde vive la gente normal; la Forja de los Arquitectos, donde se diseñan los planos de la Matriz; el de la Guardia Vertical, donde vivía Kray. Cuanto más alto el anillo, más alto el rango de quien puede entrar. En El Pináculo la arquitectura es la jerarquía, y nadie lo disimula.
Arriba no había megafonía. Arriba había silencio y giroscopios.
El despacho del Canciller era grande y casi vacío. Una mesa negra. Dos sillas. Una pared entera de cristal con estrellas y, entre ellas, un punto verde que no parpadeaba: Ithera, a quince millones de kilómetros. Y en la mesa, sola, fuera de lugar, una taza de latón abollada de las que se usaban en la Flota, con el asa soldada dos veces.
EL CANCILLER VANTIS. Arquitecto Mayor de la Cátedra de Ascensión, dueño de la Matriz de El Pináculo y la voz más fría del sistema. Ascendido: lleva implantes en las manos y en los ojos. Cincuenta y nueve años. Lo que hay que saber de él: nunca alza la voz y nunca se quita los guantes.
Estaba de pie junto al cristal, de espaldas, con las manos cruzadas detrás. Los guantes eran de tela gris. Cuando se volvió, los ojos le brillaron un instante en azul, como a todos los Ascendidos al enfocar.
—Comandante.
—Canciller.
—Siéntese.
Kray se sentó. El Canciller no. Dio dos golpecitos con los dedos enguantados en el borde de la mesa, como quien comprueba que algo está sólido, y empezó.
—Hace dos días, una patrulla de The Vanguard abrió en el Cementerio de Aura un fragmento del Arca Aurora. Una sala estanca, con la presión conservada desde el Año 1. Dentro había nueve cápsulas de reposo, ocho muertas. Y un núcleo auxiliar de casco.
—Lo he leído en el parte, Canciller. La durmiente se la llevaron a la Custodia.
—La durmiente está en la Custodia. El núcleo, no. Ayer lo robó un pirata del Cementerio. Esta mañana lo está subastando por el canal abierto.
—¿Quiere que lo compre?
—Quiero que lo recupere. Y que lo destruya sin abrirlo.
Kray no dijo nada. El Canciller esperó a que lo dijera, y como no lo dijo, siguió.
—Ese núcleo registró la caída del Aurora desde dentro. Golpes, presiones, voces. Cuarenta y seis años de ruido que cada casa leería a su favor. Si llega a El Fondeadero, los Nadir tendrán una grabación para decir que disparamos nosotros. Si llega aquí, alguien de la Forja querrá usarla para decir que dispararon ellos. Y la Paz Fría, Comandante, ya está bastante fría.
—Entonces es una prueba.
—Es un detonador. —El Canciller se acercó a la mesa—. Hay cosas que no se abren porque abrirlas no arregla nada. Usted ha firmado cuotas en Kaldrek que mataron a gente para que no muriera más gente. Sabe de qué le hablo.
Kray lo sabía. Lo sabía muy bien.
—La crueldad medida —dijo el Canciller— es la forma más honesta de compasión. Esto es crueldad medida. Un núcleo de la Flota a cambio de que nadie tenga una excusa grabada para volver a disparar.
—¿Bajo qué Axioma?
—Bajo ninguno. No llevará número.
Un Axioma sin número es una orden de la Cátedra que no consta en ningún registro. Kray había recibido once en veintidós años. Las tenía apuntadas todas en una lista que no enseñaba a nadie.
—Entendido —dijo.
El Canciller volvió al cristal. El punto verde seguía allí.
—Hay algo más —dijo, de espaldas—. La durmiente de la cápsula nueve.
—¿Sí?
—La quiero aquí. Ilesa.
Kray esperó la explicación. No llegó.
—¿Puedo preguntar por qué, Canciller?
—Puede. —El Canciller tardó un poco—. Porque es de la Flota, Comandante. Una piloto del Aurora, despierta, que vio la Flota con sus ojos. Y la Flota es nuestra. La Cátedra no deja lo nuestro en manos de los Gremios ni de una nave de habilitación.
Era una respuesta perfecta. Kray la anotó como se anotan las respuestas perfectas, en la columna de las que no se creía.
—Entendido.
—Puede retirarse.
Kray se levantó. Estaba ya en la puerta cuando el Canciller habló otra vez, sin volverse.
—Una última cosa, Comandante. Cuando la despertaron, ¿preguntó la hora?
Kray se quedó parada.
—No lo sé, Canciller.
—Averígüelo.
Al salir vio, en el reflejo del cristal, que la mano izquierda del Canciller, la de aleación, se había cerrado sola junto a la cadera, como un puño que su dueño no ha decidido cerrar. Kray pensó que era un fallo del implante. Lo pensó con fuerza, para no pensar otra cosa.
En el ascensor consultó el registro de la Custodia. CUSTODIA comparte sus altas con las dos casas a la vez, igual, al mismo segundo, porque así lo manda el Armisticio.
Leva del 47. Día 222. Designación provisional: Nueve. Recuperada en fragmento AU-C7 (Cementerio de Aura). Coincidencia biométrica con el censo de la Flota: Lys, Ada. Piloto de tanda, Arca Aurora. Estado en el registro del sistema: baja (Año 1, día 236). Elección de casa: aplazada hasta el día 238. Destino: cuadrilla de habilitación de los Gremios, nave Tozuda.
Lys. El apellido no le decía nada. Veinticuatro años. Muerta oficialmente hacía cuarenta y seis. Había aplazado la elección de casa, cosa que casi nadie hacía, y se había ido a picar chapa con una cuadrilla de la Cicatriz.
—¿Qué quiere usted de una chatarrera, Canciller? —dijo Kray en voz baja, en el ascensor vacío.
El ascensor tampoco contestó.
Le costó media hora llegar al Cementerio y menos de un minuto entender que el Notario no iba a vender a nadie que no le pagara el doble de lo que pedía.
Disparó un aviso porque el pirata le había hablado de tarifas con aquella voz de notaría, y Kray llevaba once Axiomas sin número dentro y ninguna paciencia. Fue un error. Lo supo en cuanto la Revenant giró las torretas, y lo supo más todavía cuando en la chatarra de alrededor se encendieron los ojos de los centinelas, veinte, treinta, todos a la vez, como un enjambre al que le han dado una patada.
Y entonces vio a la chica.
Un traje de tránsito gris, de los de la Custodia, sin insignias. Una figura pequeña que salía de la bodega de la Revenant con una caja a la espalda y cruzaba el vacío a todo propulsor, en línea recta, en mitad de un tiroteo, que es lo único que no se hace nunca. Un dron la rozó. La chica se apartó a la izquierda medio segundo antes del rayo, como si alguien se lo hubiera dicho.
—Nueve —dijo Kray.
La siguió. No disparó a la Tortuga, porque la caja tenía que llegar entera y la chica ilesa, y porque una XASTER de dos plazas con torreta podía permitirse esperar. Esperó. La Tortuga voló bien unos minutos, a tirones, como vuela la gente que aprendió sola. Luego cambió.
Kray lo notó en el primer giro. La nave dejó de ir a tirones. Empezó a moverse de una forma que Kray solo había visto en las grabaciones antiguas de la Flota, las de los pilotos de tanda: sin desperdiciar nada, apagando y encendiendo motores a medias, usando la chatarra como si fuera un pasillo conocido. Se metió en el fragmento grande del Aurora por una compuerta arrancada. Kray fue detrás y se encontró un hangar a oscuras lleno de cosas flotando, con seis cunas de atraque vacías y, al fondo, una grieta por la que no cabía nada.
La Tortuga había cabido.
Kray se quedó en el hangar oscuro con el foco encendido, mirando la grieta, durante un tiempo que luego no supo calcular.
Mandó el informe desde allí mismo.
Objetivo perdido en el fragmento AU (Cementerio de Aura). La carga va a bordo de una Tortuga de habilitación de la Cicatriz, nombre Tozuda. La durmiente va con ellos. Pilota ella.
Desde aquel punto del Cementerio, un mensaje tarda algo más de un minuto en llegar a El Pináculo y otro tanto en volver. Kray lo sabía porque lo había calculado muchas veces en otras misiones, para saber cuánto tenía que esperar antes de ponerse nerviosa. Puso el cronómetro.
La respuesta tardó cuarenta segundos más de lo que tarda la luz.
Kray se quedó mirando esa cifra. Cuarenta segundos. El Canciller Vantis no tardaba nunca. Contestaba como cae una piedra.
Entonces sabrá esquivar. Tráigamela.
Kray apagó el foco.
La Tozuda era una Tortuga de habilitación de la Cicatriz. Todas las naves de habilitación de la Cicatriz vuelven a dormir a La Cicatriz, en Ithera, y en Ithera manda el Armisticio: allí no entra armado nadie de ninguna casa. Ni siquiera una Comandante. Ni siquiera con una orden sin número.
Abrió la lista que no enseñaba a nadie. Once líneas, once fechas, once Axiomas. Añadió la duodécima.
Núcleo AU-C7. Destruir sin abrir. Durmiente nueve, ilesa.
Luego miró el asiento vacío de su derecha, que no le había contestado en seis años y no iba a empezar ahora.
—Entendido —le dijo.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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