AguantandoTomo ICapítulo 13

Los nombres

El día 236 de cada año, a las diez y cuarenta y uno, la hora del primer disparo contra el Aurora, las dos estaciones del sistema apagan sus pantallas durante un minuto. Y en El Bastión, sobre lo que queda del puente, la Coronel Reyna Ostrach lee en voz alta cuatrocientos doce nombres.

Este año iba a leer uno menos. Llevaba ocho días pensando cómo.


Ostrach no dormía la noche anterior al aniversario. No dormía desde el Año 2. Se quedaba de pie en el hangar, delante de la pared, y repasaba los nombres en silencio para no equivocarse con ninguno, aunque no se había equivocado nunca.

Ese año, a las tres de la mañana, se quedó parada delante de la columna del centro, a la altura de los ojos.

LYS, ADA · PILOTO DE TANDA · 24

LYS, AURELIO · CADETE · 13

Se acordaba del Año 12 como si fuera la semana pasada. El Armisticio recién firmado. Un hombre joven, de veinticuatro años, con guantes de tela gris y unos ojos que todavía eran suyos, en la puerta de El Bastión, pidiendo verla a ella y a nadie más. Ostrach lo había reconocido antes de que hablara. Se acordaba de sus manos despegándose del marco de una escotilla.

—Dos nombres —le había dicho él—. Para su pared.

—¿Quiénes?

—Mi hermana. Y un crío que murió ese día.

—Ese crío está delante de mí.

—No, Coronel. El que está delante de usted es otro. Léalo cada año, por favor. Alguien tiene que decirlo en voz alta, y yo no puedo.

Ostrach lo había leído treinta y cinco veces. Treinta y cinco aniversarios diciendo el nombre de un hombre vivo, mientras el hombre vivo subía anillo a anillo por El Pináculo hasta la Cúspide y se convertía en el Canciller de la Cátedra, el que no alzaba nunca la voz. Ella lo sabía. Nunca se lo había dicho a nadie. Callar era un muro. Ostrach era un muro. Le habían puesto el apodo por otra cosa, pero le quedaba bien.

Tampoco le había dicho nunca a nadie lo de la capitana. Que el Aurora no estaba allí por mala suerte. Que había encendido las luces. Que la orden de que nadie disparara desde el Aurora, la que ella había repetido por el intercomunicador del puente de popa con un crío desmayado en brazos, era la misma que llevaba cuarenta y seis años cumpliendo con otro nombre: la Vanguardia nunca dispara primero.

Había callado porque creía que esa verdad solo servía para empezar guerras.

Ocho días antes, en Tirane, la había oído entera con otras once personas delante. Y no había empezado ninguna guerra.


En Tirane, después de que Mamparo dijera «fin de la siete», nadie habló durante mucho rato. Luego habló la Tejedora.

—Esto no se vende —dijo.

Lo dijo mirando la caja, con la cara de alguien que acaba de darse cuenta de algo que no le gusta.

—¿Tú diciendo eso? —había dicho el Notario.

—Una verdad que se cuenta a los dos lados a la vez es un mapa, querido. Contada a uno solo, es un arma. —Vunn se había encogido de hombros—. Y la guerra es malísima para el trueque. Nadie compra nada cuando le están disparando.

—Yo tengo una caja apuntada como deuda.

—Pues cóbrasela a quien quiera que se calle.

El Canciller se había levantado del cajón. Se había acercado al Notario, le había pedido el cuaderno con un gesto y se lo había dado, cosa que el Notario no había hecho nunca con nadie. El Canciller había escrito una cifra en la página de la deuda, con su letra pequeña y recta, y había firmado debajo. El Notario se había quedado mirando la cifra mucho rato.

—Lo que se paga, se calla —había dicho el Notario, y había cerrado el cuaderno.

Fue Ostrach la que propuso lo demás, porque alguien tenía que proponerlo y era la única que llevaba cuarenta y seis años pensándolo. La grabación se quedaba donde estaba: dentro de Mamparo. Mamparo la abriría otra vez cuando viniera alguien que no disparara. Pero esta vez no bastaría con una bodega en Tirane. Tendría que ser una mesa con las dos casas sentadas, y las armas de las dos en la puerta.

—Eso no va a pasar nunca —había dicho Vedma.

—Entonces aguantará mucho tiempo —había dicho Mamparo—. Sé hacerlo.

El Canciller había mirado a la Coronel por encima de la caja, por primera vez en treinta y cinco años como se mira a alguien que te conoce.

—Que se quede con la Coronel —había dicho—. Ella sabe guardar.

Y luego se había vuelto hacia su Comandante.

—Usted me desobedeció.

—Sí, Canciller.

—Delante de testigos.

—Sí, Canciller.

—Siga al mando de la Guardia. —El Canciller se había puesto el casco—. Necesito a alguien que me diga que no.


A las diez de la mañana del día 236, el hangar de El Bastión estaba lleno.

Era el antiguo hangar de lanzaderas del puente, con las paredes negras todavía del humo de los Cuarenta Días, y cabían unas mil doscientas personas de pie. Había gente de la Cicatriz, de los tres anillos y de los cinco gremios. Había gente con insignias de El Pináculo y gente con insignias de El Fondeadero que no se miraban. Había peregrinos, chatarreros del anillo exterior, críos. Estaban los cinco cabezas de los gremios, en la primera fila, de pie, como cada año: Sable Okoye con su bata manchada de tierra; Torvun Ekes con hollín hasta en las cejas; Kestrel Vasko con el fusil de caza colgado del hombro, el único que la Vanguardia deja pasar a La Cicatriz, por los Ombrask del cordón; Quill Sarn con su banda de lentes, mirando las paredes en luces que nadie más veía.

Ninguno traía a su compi despierto. En una sala solo puede haber uno despierto, porque dos se pisan las lecturas y se quedan los dos callados. Era la única regla en la que la Flota y los cinco gremios estaban de acuerdo sin discutir.

Ese año el despierto estaba detrás del hombro de la Coronel.

Le habían hecho la carcasa en el taller de El Bastión: una esfera nueva, gris, con las placas de la Vanguardia y dos toberas pequeñas para flotar, alrededor de un núcleo que tenía cuarenta años de travesía y cuarenta y seis de espera. Lo habían registrado como compi de The Vanguard. El taller había firmado el cuerpo. Lo demás era suyo. Cuando el jefe de taller le preguntó si quería algo especial en la carcasa, Mamparo había dicho: «Que no apriete».

En la primera fila, junto a los gremios, estaba Ada Lys. Llevaba un mono naranja de la Tozuda, prestado, con las mangas remangadas, y en el cinturón una ProtoGun nueva, hecha por ella en el taller de la nave con la de Vedma, porque una ProtoGun se hace con las manos y con otra. Había pagado su deshielo en ocho días picando chapa en el Cementerio. Vedma decía que nadie había picado tanto en tan poco tiempo. Vedma, Chemo y Tais estaban detrás de ella, de pie, como empleados contratados para vigilarle la espalda.

En la sexta fila, solo, había un hombre de unos sesenta años con ropa civil gris y guantes de tela del mismo color. Nadie se sentaba a su lado. Algunos lo reconocían. Ninguno decía nada.


A las diez y cuarenta y uno, en El Pináculo y en El Fondeadero, se apagaron todas las pantallas durante un minuto. En El Bastión no había pantallas que apagar, así que se apagaron las voces. Mil doscientas personas callaron a la vez y se oyó el viento de la pradera golpeando los muros.

A las diez y cuarenta y dos, la Coronel empezó a leer.

Leía despacio, sin papel, con la voz plana de los partes. Cada nombre con su oficio y su edad. Nunca se saltaba ninguno y nunca se paraba entre uno y otro más tiempo del justo para que el nombre se quedara un momento en el aire. Hay gente que viene solo a oír uno. Se queda de pie hasta que lo dice y luego se va. Ostrach los conocía a casi todos de vista. Cada año eran menos.

Tardó cincuenta y ocho minutos en llegar a la columna del centro.

—Lys, Ada —dijo—. Piloto de tanda. Veinticuatro años.

Y se paró.

En el hangar se hizo un silencio distinto del de antes. Ostrach miró a la primera fila. Ada Lys la estaba mirando, con el mono naranja prestado y las manos quietas.

—Esta no —dijo Ostrach.

Se volvió hacia la pared, sacó una llave del cinturón y desatornilló la plancha. Tardó un rato, porque los tornillos llevaban treinta y cinco años sin moverse. Nadie dijo nada mientras lo hacía. Cuando terminó, bajó del escalón y le puso la plancha a Ada en las manos.

—Esta ha vuelto —dijo, para todo el hangar.

Era la primera vez en treinta y cinco años que Reyna Ostrach quitaba un nombre de su pared.


Volvió a su sitio. El siguiente nombre era el otro.

Ostrach miró a la sexta fila. El hombre de los guantes grises estaba sentado muy derecho, con las manos sobre las rodillas, mirándola. Luego miró a Ada. Ada tenía la plancha con su propio nombre contra el pecho.

Ada asintió una vez.

—Léelo —dijo, en voz baja.

—Lys, Aurelio —dijo la Coronel—. Cadete. Trece años.

En la sexta fila, el hombre de los guantes grises bajó la cabeza.

No hizo nada más. No se levantó, no se fue, no dijo nada. Se quedó así, con la cabeza baja, mientras la Coronel seguía con el nombre siguiente y el siguiente, hasta el último, y Ostrach, que lo vigilaba por el rabillo del ojo como vigilaba todo, vio que en algún momento se había quitado un guante y tenía la mano de metal abierta sobre la rodilla, con la palma hacia arriba, como quien espera que le den algo.


Cuando terminó con los cuatrocientos once, Ostrach no se bajó del escalón.

—Este año hay ocho más —dijo—. No los tengo yo. Los tiene él.

Mamparo salió de detrás de su hombro y flotó hasta el centro, delante de la pared, a la altura de la cabeza de la Coronel, que era donde se quedaban los núcleos en los pasillos de las arcas para no estorbar.

—Sección siete del Arca Aurora —dijo—. Sala de los pilotos de la primera tanda. Murieron en sus cápsulas esperando a que viniera alguien. Yo los vi. Los anoté.

Y los dijo, uno a uno, con la fecha.

—Nadim Corbo. Piloto de tanda. Año 3.

—Elsa Ríos. Piloto de tanda. Año 9.

—Piet Anand. Piloto de tanda. Año 14.

—Marta Quiles. Piloto de tanda. Año 19.

—Joaquín Ude. Piloto de tanda. Año 23.

—Hana Brest. Piloto de tanda. Año 30.

—Rafa Miró. Piloto de tanda. Año 33.

—Celia Om. Piloto de tanda. Año 36.

En la primera fila, Ada Lys tenía los ojos cerrados y movía los labios con cada nombre, en silencio, porque había jugado a las cartas con siete de ellos y había perdido siempre contra Celia Om.


Mamparo se dio la vuelta. Su lente buscó a Ada en la primera fila y se quedó en ella.

—Nueve.

—Sí.

—¿Sigo aguantando?

Ada no contestó enseguida. Miró alrededor. Miró el hangar lleno, las mil doscientas personas, las insignias de las dos casas que no se miraban entre sí, los cinco gremios en la primera fila, la Tejedora Sable Vunn en una esquina con los brazos cruzados, el Notario en la otra con el cuaderno cerrado, la Comandante Kray junto a la puerta con su uniforme blanco y sin arma, a Vedma y su cuadrilla detrás. Miró la sexta fila.

—No —dijo.

—¿Ha venido alguien?

—Ha venido todo el mundo.

Mamparo se quedó quieto un momento, flotando delante de la pared.

—Anotado —dijo—. Suelto.

Y la luz de su lente, que llevaba encendida al máximo desde Tirane, bajó despacio hasta quedarse en un ámbar tranquilo, el de las luces que no avisan de nada.

—Siguiente orden —dijo.

—Ninguna —dijo Ostrach, a su espalda—. Ahora eliges tú.

Mamparo giró hacia la pared. Luego hacia el techo negro de humo. Luego hacia los muros de El Bastión, que se veían por la compuerta abierta del hangar, chapa sobre chapa sobre tierra, cuarenta y seis años de muros.

—Me quedo aquí —dijo—. Tiene paredes.


La gente salió despacio, como sale siempre de la lectura, sin hablar mucho.

Sable Okoye pasó junto a Ada, le puso la mano en el hombro y sacó su cuaderno de tela.

—Te descuento los tomates —dijo, y tachó una línea.

Torvun Ekes se paró delante de Mamparo y le miró las placas nuevas con ojo de fundidor.

—¿Cuánto aguantó el metal? —preguntó.

—La cuaderna catorce, poco —dijo Mamparo—. Las demás, lo justo.

Ekes asintió, como quien recibe una cifra que llevaba años esperando, y se fue sin decir nada más.

Kestrel Vasko no se paró. Quill Sarn sí: se quedó un momento mirando a Mamparo con su banda de lentes, en luces que nadie más veía, y luego se fue hacia El Faro Roto murmurando coordenadas.


El hombre de los guantes grises fue el último en salir de la sexta fila.

Ostrach lo vio pararse en la compuerta del hangar, donde lo esperaba Ada. Los dos se quedaron de pie, a un metro el uno del otro: una chica de veinticuatro años con un mono prestado y una plancha de metal en los brazos, y un hombre de cincuenta y nueve con los guantes puestos otra vez. Ostrach no oyó lo que se dijeron. No quiso oírlo. Era la policía del puente: su oficio era estar allí y que nadie se acordara.

Solo oyó lo último, porque él lo dijo al darse la vuelta.

—Elige tu casa, Ada.

—El 238.

—Lo sé. —Se paró un segundo—. Ya lo sé.

Y se fue por la pradera hacia la nave blanca que lo esperaba, sin escolta, sin prisa, con las manos enguantadas cruzadas detrás de la espalda.

Ostrach volvió a la pared. Donde había estado el nombre de Ada quedaba un rectángulo más limpio que el resto, con cuatro agujeros. El nombre de al lado seguía en su sitio. Lo leería el año siguiente, y el otro, y todos los que le quedaran.

—Ahora somos doce aguantando lo mismo —le dijo a Mamparo, que flotaba detrás de su hombro, en el sitio que había elegido.

—Se aguanta mejor —dijo Mamparo.

—Sí.

—Lo sé. Lo he probado de las dos maneras.

Capítulo 13Los nombres

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