AguantandoTomo ICapítulo 1
Sin registro previo
Lo primero que hizo Ada Lys al despertar fue preguntar la hora. Era una costumbre de piloto. Se la había enseñado su madre y ella se la había enseñado a su hermano, y los tres la habían repetido cada mañana de su vida en una nave donde las mañanas no existían.
—¿Qué hora es?
—Las siete y doce, hora de flota —dijo una voz sin prisa—. Escaneo biométrico completo. Sujeto sin registro previo en el sistema Aurin. ¿Cómo debo llamarte en los archivos?
Ada no contestó. Tenía frío por dentro de los huesos, la boca con sabor a moneda y la sensación de haber dormido cinco minutos. Estaba en un asiento reclinado, dentro de una cápsula de tránsito con luces ámbar. Un escáner le pasaba por encima zumbando, de los pies a la cabeza y vuelta. Nada de eso era la bahía de los pilotos. Nada de eso era el Aurora.
—¿Dónde estoy?
—En el Núcleo de Registro del Arca Custodia. Soy CUSTODIA, la administradora de esta nave.
—La Custodia es la nave del censo. —Ada intentó incorporarse y el mundo dio media vuelta—. Yo estaba en la siete. En el Aurora. Me dormí para cuatro meses, hasta que montaran el puerto de Tirane.
—Comprendo.
—¿Han montado el puerto?
—Sí.
—Pues ya está. —Se pasó la lengua por los dientes—. ¿Qué día es?
—Año 47 E.A., día 222.
Ada se quedó mirando el techo de la cápsula. Le habían enseñado a leer fechas de travesía, fechas de flota y fechas de casco. Ninguna se escribía así.
—¿Qué es E.A.?
—Años de Asentamiento. Se cuentan desde la llegada de la Flota al sistema Aurin.
—Desde la llegada. —Ada hizo la cuenta y no le gustó el resultado, así que la hizo otra vez—. ¿Cuánto he dormido?
—Cuarenta y seis años y doscientos ochenta y siete días.
Vomitó. CUSTODIA lo había previsto y había una bolsa en el reposabrazos. Mientras Ada vomitaba, CUSTODIA le explicó con la misma voz tranquila que era normal, que el deshielo largo revuelve el estómago durante dos o tres días y que conviene beber agua en sorbos pequeños. Le habló como habla una enfermera que ha dicho lo mismo a mil personas. Ada pensó que probablemente era así.
Cuando terminó, se quedó un rato con la frente apoyada en el borde frío de la cápsula.
La última cara que había visto antes de dormirse era la de un crío de doce años con la nariz pegada al cristal. Lelo. En la jerga de la Flota lelo quería decir tonto, y en su casa quería decir Aurelio. Ella tenía veinticuatro años y lo había criado desde que él tenía seis, desde que su madre se murió de lo que se muere la gente en las naves: de nada, de pronto. Lelo había dado dos golpes con los nudillos en el cristal, como hacían los pilotos antes de despegar, y había preguntado:
—¿Y si tardas?
—Pues tardo cinco meses en vez de cuatro.
Cuarenta y seis años y doscientos ochenta y siete días.
—CUSTODIA.
—Dime.
—Has dicho «sin registro previo». Yo estoy en el censo. Ada Lys, piloto de tanda, Arca Aurora.
—Tu biometría coincide con esa entrada del censo de la Flota —dijo CUSTODIA—. En el registro del sistema Aurin, esa persona consta como baja. Año 1, día 236.
—No estoy muerta.
—Lo constato. ¿Deseas corregir el registro?
Ada tardó en contestar.
—¿Quién me dio por muerta?
—Consta una declaración de fallecimiento presentada en el Año 12 E.A. El declarante pidió reserva.
—¿Y Aurelio Lys? Cadete. Arca Aurora. Doce años.
Hubo una pausa muy corta, de las que hace una máquina cuando busca, no cuando duda.
—Baja. Año 1, día 236. Misma declaración.
Ada no dijo nada durante un rato. En la cápsula de al lado alguien estaba despertándose también: se oía la voz de CUSTODIA haciéndole las mismas preguntas a otra persona, con las mismas palabras, en el mismo tono. ¿Cómo debo llamarte en los archivos?
—¿Qué pasó el día 236? —preguntó Ada.
—El Arca Aurora cayó sobre Ithera.
Lo dijo igual que había dicho la hora.
CUSTODIA no tenía prisa y Ada tenía cuarenta y seis años de retraso, así que se lo contó todo, en orden y sin adjetivos, como quien lee un inventario.
Cuando la Flota Aura llegó al sistema Aurin, después de siglos de viaje desde una galaxia que se apagaba, los cuatro planetas resultaron habitables. El Alto Consejo, que mandaba en la Flota, no consiguió ponerse de acuerdo en qué hacer con ellos. Unos querían cambiar los mundos a su medida; otros querían cambiar ellos a la medida de los mundos. Discutieron un año. El día 229 del Año 1 dejaron de discutir y empezaron a disparar.
La Flota se partió en dos bandos con las mismas naves, las mismas armas y la misma moneda. Lucharon en la órbita de Ithera, que era el planeta más verde. El día 236, el Arca Aurora recibió fuego de los dos bandos y cayó. Nunca se ha determinado de quién fue el disparo decisivo.
—Nunca —repitió Ada.
—Nunca.
La guerra duró once años más. En el Año 12 se firmó el Armisticio de Ithera. Ithera quedó como zona neutral, sin armas de ninguna casa, en manos de cinco gremios que habían nacido entre los restos del Aurora. Los dos bandos se retiraron a dos estaciones, una a cada lado del planeta, a la misma distancia exacta, para que ninguno pudiera llegar antes. Desde entonces, dijo CUSTODIA, hay paz. La gente la llama la Paz Fría.
—¿Y los bandos tienen nombre?
—Los Cenit, de El Pináculo. Los Nadir, de El Fondeadero.
—Suena a dos equipos de algo.
—Es posible.
Ada se miró las manos. Seguían siendo sus manos: las uñas cortas, el callo del pulgar de tanto apretar el mando de una Tortuga. Para ella había pasado una noche. Para todos los demás, una vida entera.
—¿Por qué me habéis despertado ahora?
—Porque las dos casas vuelven a necesitar manos. Esta es la Leva del 47. En el Arca Custodia duermen los durmientes que no son de nadie: el Armisticio prohíbe que ninguna casa los despierte por su cuenta. Este año las dos lo han pedido a la vez. Cuando las dos casas piden manos a la vez, suele ser porque se preparan para algo.
—¿Para qué?
—No me corresponde opinar.
—Ya. —Ada se frotó los ojos—. Yo no dormía aquí. Yo estaba en la siete.
—Lo sé. A ti te trajo ayer una patrulla de The Vanguard. Te encontraron en un fragmento del Aurora, en el Cementerio de Aura. Una sala estanca con nueve cápsulas.
—Los pilotos de la primera tanda. —A Ada se le secó la boca—. ¿Y los otros ocho?
—Sin constantes.
Ada asintió despacio. Conocía los ocho nombres. Había jugado a las cartas con siete de ellos.
—También había un núcleo auxiliar de casco —siguió CUSTODIA—. En el centro de la sala, apagado. La patrulla lo enviaba a El Bastión. Según el aviso de la Vanguardia, el transporte fue interceptado ayer por la tarde en el Cementerio.
—Mamparo.
—El núcleo no consta en mis archivos con ese nombre.
—Así lo llamábamos en la siete. —Ada cerró los ojos—. Lo encontrasteis mirando a la puerta, ¿verdad?
—Eso dice el parte.
—Claro que sí.
Después vino lo que CUSTODIA llamó el trámite.
Le dieron un traje de tránsito gris, sin insignias, que olía a almacén. Le dieron agua en sorbos. Le dieron un número de deuda.
—El deshielo cuesta tres mil cuatrocientos créditos Solmera —dijo CUSTODIA—. La deuda se salda trabajando con una cuadrilla de habilitación de los Gremios. Te recogerán en el muelle tres.
—¿Créditos Solmera? —Ada soltó una risa que le dolió en las costillas—. Solmera se apagó hace siglos. La galaxia entera. Nos fuimos porque se apagaba.
—Ninguna de las dos casas quiso ser la primera en cambiar el nombre.
—Eso sí me lo creo.
Luego, las tres pruebas. CUSTODIA proyectó en la pared de la cápsula tres escenas sencillas, dibujadas con líneas de luz, y le pidió que contestara con sinceridad, porque ninguna respuesta la descalificaba.
La primera era un yacimiento de mineral raro que se agotaría en semanas. Podía sacarlo entero antes de que se perdiera o marcarlo, sacar lo necesario y dejar reserva.
—¿Cuánto combustible tengo para volver? —preguntó Ada.
—No consta.
—Pues lo que quepa en la bodega sin pasarme de peso. Una Tortuga cargada de más no aterriza: se estrella con mucho mineral dentro.
—Registrado.
La segunda era un colono herido más allá de una reparación fácil. Podía ofrecerle una mejora cibernética que lo salvara y lo hiciera mejor, o cuidarlo tal como estaba, sin condiciones.
Ada miró las líneas de luz del colono herido durante más tiempo del que esperaba. Pensó en Lelo con cinco años, con fiebre, en la enfermería del Aurora, preguntando si le iban a cambiar las piernas por unas de metal como las del contramaestre.
—Que decida él —dijo.
—La simulación no contempla esa opción.
—Pues es una simulación mala.
—Registrado.
La tercera eran dos técnicos que discutían un procedimiento y le pedían su voto de desempate. Podía dar la razón al que tuviera los datos o pedirles que hablaran hasta ponerse de acuerdo, aunque tardaran.
—¿Quién de los dos va a pilotar?
—No consta.
—Que gane el que vaya a pilotar. El otro que hable lo que quiera, pero desde el asiento de atrás.
—Evaluación registrada —dijo CUSTODIA—. Afinidad calculada. Preparando comparecientes.
Los comparecientes eran dos hologramas a tamaño natural que aparecieron uno a cada lado de la cápsula, como dos vendedores en la puerta de un mercado.
El de la izquierda era un oficial joven de la Guardia Vertical, el ejército de los Cenit, de uniforme blanco con ribetes dorados y unos ojos que se iluminaban en azul cian cuando hablaba. La de la derecha llevaba un mono de cobre gastado con parches de colores distintos, la ropa de la Flotilla Libre, la milicia de los Nadir, y una luz ámbar en el cuello.
—Tus respuestas tienen precisión —dijo el oficial—. El Pináculo no te pide fe, te pide resultados, y te los devolvemos multiplicados. Solmera cayó por quedarse quieta. Nosotros no vamos a repetirlo.
—Tus respuestas tienen paciencia, aunque tú todavía no lo sepas —dijo la mujer del mono de cobre—. El Fondeadero no te promete ascenso. Te promete que seguirás siendo tú cuando acabe el turno. Aquí no hay prisa que valga más que una persona.
Ada los miró a los dos. Los dos tenían la misma postura, la misma luz de fondo y casi la misma sonrisa.
—Una pregunta —dijo—. ¿Quién disparó al Aurora?
—Los Nadir abrieron fuego —contestó el oficial sin pensarlo.
—Los Cenit abrieron fuego —contestó la mujer, a la vez.
Se quedaron los dos callados, mirándose de reojo como dos hologramas que no estaban programados para oírse.
—Ya —dijo Ada—. Y el Aurora se cayó solo.
Ninguno de los dos contestó a eso.
—Ambas casas comparten manufactura, moneda e idioma técnico —dijo CUSTODIA—. La diferencia no está en lo que construyes: está en para quién lo construyes. Elige tu casa.
—No.
—¿Perdón?
—Que no. Hoy no. Hace una hora tenía veinticuatro años y un hermano de doce. Dadme un día.
CUSTODIA se tomó un segundo.
—Los durmientes de la Leva disponen de plazo hasta el día 238 —dijo—. La elección es permanente.
—Mejor. Así la pienso.
Los hologramas se apagaron a la vez, sin despedirse.
—¿Cómo debo llamarte en los archivos? —preguntó CUSTODIA por tercera vez.
Ada pensó en el número pintado en la tapa de su cápsula, el que había visto mil veces al pasar por la bahía, el que alguien de la Vanguardia habría leído ayer con la luz del casco. Pensó en el registro que decía que estaba muerta y en quién habría ido a declararlo, y decidió que todavía no quería saberlo.
—Nueve —dijo.
—Designación provisional: Nueve.
El muelle tres era una pasarela con olor a frío y una ventana redonda que daba a una nave posada en la plataforma de enfrente.
Ada se quedó parada delante de la ventana con el traje de tránsito y la bolsa de agua.
Era una Tortuga.
Le habían soldado placas nuevas sobre las viejas y luego placas más nuevas sobre esas, y tenía remiendos de cuatro colores, una antena doblada y una pegatina descolorida en la rampa que alguna vez había dicho algo. Pero la forma era la misma: el lomo alto, el morro chato, las cuatro patas cortas, la rampa trasera como una lengua. El chasis más antiguo de la Matriz. Ella había aprendido a volar en una de esas. Había sacado su licencia de tanda en una de esas, con Lelo sentado en el asiento de atrás aplaudiendo cada vez que no se estrellaba.
Al pie de la rampa esperaba una mujer de unos cuarenta años con un mono naranja lleno de grasa, el pelo recogido con un cordón y una carpeta en la mano. Detrás de ella, un hombre mayor se comía algo de una lata y una chica joven hacía girar un casco en un dedo.
—¿Nueve? —preguntó la mujer.
—Nueve.
La mujer la miró de arriba abajo como quien mira una caja que le han traído sin albarán.
—Vedma Oleiro. Capataz y piloto. Esos son Chemo y Tais. Te llevamos a tu primer trabajo, picas, pagas lo que debes y te devolvemos aquí para que elijas casa. Cobramos por cabeza puesta en pie. —Cerró la carpeta—. No somos tus amigos.
—Vale.
—Lo digo para que no haya malentendidos.
—No hay ninguno. —Ada miraba la nave por encima del hombro de Vedma—. Es una Tortuga.
—Es la Tozuda.
—¿Cuántos años tiene?
—Veinte de parches.
Ada subió por la rampa sin pedir permiso, pasó la mano por la junta del portón de carga y apretó con el pulgar en un punto exacto, abajo a la izquierda, donde la Flota escondía la palanca de bloqueo manual. La palanca saltó con un clac.
—Sesenta y dos —dijo—. Los parches son lo de menos.
Vedma la miró un rato largo. Luego miró la palanca, que llevaba veinte años sin saber que existía.
—Sube —dijo—. Detrás.
La Tozuda despegó a las nueve en punto, ni un minuto antes ni uno después. Vedma no esperaba a nadie: cerraba a la hora, con quien estuviera dentro.
Ada iba en el asiento abatible detrás de la cabina, con el cinturón de pasajero y las manos quietas en las rodillas, mirando cómo Vedma pilotaba. Pilotaba bien. Un poco brusca en los giros y un poco tacaña con el combustible, como pilota la gente que ha aprendido sola y con poco dinero, pero bien.
Chemo, el de la lata, había encendido el canal abierto para escuchar música y en su lugar salió una voz educada, de hombre, con el tono de quien lee un acta en una notaría.
—…a todos los interesados, un núcleo auxiliar de la Flota, recién salido del Cementerio, de casco, en caja original, con latido incluido. Precio de salida a negociar. Pujas serias por este canal antes de mañana a mediodía. Abstenerse curiosos. Conste.
Y por debajo de la voz, muy bajito, como un ruido de fondo que nadie habría notado, un pitido corto y una cifra leída por una máquina.
Ochenta y ocho coma cuatro.
Ada se quitó el cinturón.
—Siéntate —dijo Vedma sin volverse.
—Vuelve a ponerlo.
—¿El qué?
—El canal. Lo de debajo. —Ada estaba ya en la puerta de la cabina, agarrada al marco—. Ochenta y ocho coma cuatro. Es la presión de casco de la sección siete del Aurora. La conozco porque la oí cada seis horas durante cuatro años.
Tais dejó de hacer girar el casco. Chemo dejó de comer.
—¿Y qué? —dijo Vedma.
—Que es él.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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