AguantandoTomo IEpílogo
Elige tu casa
Dos días después del aniversario, la Tozuda llevó a Ada Lys de vuelta al Arca Custodia, donde la habían despertado dieciséis días antes, para hacer lo único que la Leva del 47 le pedía de verdad: elegir casa. Iba en el asiento del copiloto. Nadie le dijo que se sentara detrás.
—Apuestas —dijo Chemo desde el asiento de atrás, con la lata en una mano y la cuchara en la otra—. Yo digo Nadir. Es de las nuestras. Le gusta lo que nadie quiere.
—Cenit —dijo Tais—. Le gusta la pasta.
—La pasta no es un motivo.
—Es mejor motivo que los tuyos.
—¿Vedma?
—Yo no apuesto —dijo Vedma, sin apartar la vista del ventanal—. No somos sus amigos.
Ada iba mirando por la ventana. En el ventanal, delante, crecía la Custodia: un casco largo y blanco, hermano del Aurora, de los mismos astilleros, anclado en un punto que estaba exactamente a la misma distancia de las dos estaciones. Cuando lo vio por primera vez tenía cuarenta y siete años de retraso. Ahora solo tenía dieciséis días.
—¿Y si no elijo? —preguntó.
—Te vuelven a congelar —dijo Chemo.
—Ni de broma.
—Era broma.
—Ya lo sé. Por eso he dicho ni de broma.
Tais se inclinó hacia delante entre los dos asientos.
—¿Qué vas a echar de menos? De la Cicatriz.
Ada lo pensó.
—El horizonte. Y que el aire se mueva solo.
—En El Pináculo el aire lo mueven unos ventiladores que no hacen ruido —dijo Chemo—. Y en El Fondeadero lo mueven unos que hacen muchísimo. Es la única diferencia real entre las dos casas, si me preguntas a mí. El ruido de los ventiladores.
—Nadie te ha preguntado —dijo Vedma.
—Por eso lo digo. Si me preguntaran, cobraría.
—¿Y las lunas? —dijo Tais—. Allí arriba no ves a Melvara salir por el oeste.
—Allí arriba —dijo Ada— ni siquiera hay oeste.
Vedma posó la Tozuda en la plataforma del muelle tres, la misma del primer día. Apagó los motores. Se quedó un momento con las manos en los mandos, sin levantarse.
—Nueve.
—Dime.
—Elijas lo que elijas —dijo Vedma, sin mirarla—, el asiento de la derecha es tuyo cuando quieras. Los Gremios no preguntan de qué casa vienes. Solo si cumples.
Ada la miró. Vedma Oleiro seguía mirando el ventanal, con la cara de quien acaba de decir algo que no tenía pensado decir y se arrepiente un poco.
—Me dejaste en tierra.
—Te dejé en tierra.
—Y luego fuiste a Tirane.
—Te debía una caja.
—¿Somos amigas?
—No —dijo Vedma—. Somos cuadrilla. Es peor. A los amigos los puedes dejar.
La cápsula de tránsito del Núcleo de Registro era la misma. Las luces de proceso ámbar, el asiento reclinado, el zumbido del escáner pasando por encima. Ada se sentó sin que se lo pidieran.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las diez y doce, hora de flota —dijo CUSTODIA—. Año 47 E.A., día 238. Escaneo biométrico completo. ¿Cómo debo llamarte en los archivos?
—Ada Lys.
CUSTODIA hizo una pausa muy corta, de las que hace una máquina cuando busca, no cuando duda.
—Consta una declaración de fallecimiento del Año 12 con reserva del declarante.
—Ya sé quién la hizo. —Ada se recostó en el asiento—. Corrígelo.
—Corrijo el registro. Lys, Ada. Piloto de tanda, Arca Aurora. Estado: viva.
—Gracias.
En la cápsula de al lado, a través de la pared, se oía a CUSTODIA haciéndole las mismas preguntas a otra persona, con las mismas palabras y el mismo tono. Sujeto sin registro previo en el sistema Aurin. ¿Cómo debo llamarte en los archivos? La otra persona no contestaba. Respiraba deprisa, como se respira cuando uno se acaba de despertar en un sitio que no conoce, en un año que no entiende.
Ada se inclinó hacia la pared.
—Eh —dijo, sin saber si la oían—. Pregunta la hora. Ayuda.
Hubo un silencio. Luego, al otro lado, una voz de hombre, ronca de deshielo.
—¿Qué… qué hora es?
—Las diez y catorce, hora de flota —contestó CUSTODIA, con la misma paciencia de siempre.
Ada volvió a recostarse.
—¿Deseas corregir también la entrada de Lys, Aurelio?
Ada se quedó callada un rato.
—No —dijo—. Esa la corrige él cuando quiera.
—El protocolo exige repetir la evaluación —dijo CUSTODIA—. Tres escenarios. Responde con sinceridad. Ninguna respuesta te descalifica.
—Lo sé.
En la pared de la cápsula se dibujó con líneas de luz el yacimiento de mineral raro que se agotaría en semanas.
—Saco lo que haga falta —dijo Ada— para que pueda volver alguien a por el resto. Y apunto dónde está. En papel.
—Registrado.
El colono herido más allá de una reparación fácil.
Ada miró las líneas de luz durante un rato. Pensó en unas manos de metal abiertas sobre una rodilla, con la palma hacia arriba.
—Que decida él —dijo—. Y si no puede decidir, que decida quien vaya a cuidarle después. Y que nadie le cambie las manos sin preguntarle.
—La simulación no contempla esa opción.
—Ya me lo dijiste la otra vez.
—Registrado.
Los dos técnicos que discutían y le pedían su voto.
—Que hablen —dijo Ada—. Con un reloj delante. Y cuando se acabe el tiempo, que gane el que vaya a pilotar. El otro, que se siente a su derecha y le diga que no cuando haga falta.
—Evaluación registrada —dijo CUSTODIA—. Afinidad calculada. Preparando comparecientes.
Los dos hologramas aparecieron a la vez, uno a cada lado, como la primera vez. El oficial de la Guardia Vertical, de blanco y oro, con los ojos encendidos en azul. La mujer de la Flotilla Libre, con su mono de cobre lleno de parches.
—Tus respuestas tienen precisión —dijo el oficial—. El Pináculo no te pide fe, te pide resultados…
—… y te los devolvéis multiplicados —dijo Ada—. Me lo sé. Y tú me vas a decir que El Fondeadero no me promete ascenso, sino que seguiré siendo yo cuando acabe el turno.
La mujer de la Flotilla se quedó con la boca abierta, a mitad de frase. Los hologramas no estaban programados para que les interrumpieran.
—Una pregunta —dijo Ada—. La misma de la otra vez. ¿Quién disparó al Aurora?
—Los Nadir abrieron fuego —dijo el oficial.
—Los Cenit abrieron fuego —dijo la mujer, a la vez.
Ada se rio. Se rio de verdad, con la cabeza echada hacia atrás en el asiento reclinado, como no se había reído desde antes de dormirse.
—Los dos —dijo—. Los dos. Y el Aurora había encendido las luces.
Los hologramas se miraron de reojo. No entendían nada. No tenían por qué.
—Ambas casas comparten manufactura, moneda e idioma técnico —dijo CUSTODIA—. La diferencia no está en lo que construyes: está en para quién lo construyes. Elige tu casa.
Ada dejó de reírse.
—Cenit —dijo.
La mujer de la Flotilla Libre inclinó la cabeza, con la cortesía fría que le habían programado para perder.
—Respetamos la decisión —dijo—. La puerta no se cierra del todo: solo se queda entornada.
—Lo sé —dijo Ada—. Conozco a alguien que se ha pasado la vida cerrándolas. Voy a ver si le enseño a dejarlas así.
El holograma se apagó.
—Bienvenida a El Pináculo —dijo el oficial de la Guardia Vertical—. Un transporte viene de camino para llevarte a casa.
—¿Cuánto tarda?
—Cuarenta y un minutos —dijo CUSTODIA—. Lo mismo que a la otra estación. El Armisticio lo exige.
—Claro.
El segundo holograma se apagó. Ada se quedó sola en la cápsula, con las luces ámbar y el zumbido del escáner, que ya no escaneaba nada.
—CUSTODIA.
—Dime.
—Tú lo sabías. Lo de la capitana. Lo de las luces. Llevas el censo de la Flota desde antes de la guerra.
—Llevo el censo —dijo CUSTODIA—. No opino sobre él.
—Eso es lo que dice todo el mundo en este sistema.
—Es posible.
Vedma la esperaba al pie de la rampa de la Tozuda, con los brazos cruzados. Chemo y Tais, en lo alto, asomados, como dos críos esperando la nota de un examen.
—¿Y bien?
—Cenit.
—Me cago en todo —dijo Chemo, y le pasó a Tais una moneda sin mirarla.
—¿Por la pasta? —preguntó Tais.
—Por el Abuelo.
—¿Qué abuelo?
—El centinela de la proa. El de la Cicatriz, el que da vueltas encima del núcleo y al que los críos le tiran piedras. —Ada miró la Tozuda, sus parches de cuatro colores, la antena doblada, la palanca de carguero que nadie había usado en veinte años—. Da vueltas porque nadie le dijo que parara. Mi hermano lleva cuarenta y seis años dando vueltas a una orden que le dio una puerta. Una puerta cerrada a tiempo salva a nueve. Lo aprendió con trece años y no ha dejado de repetirlo, allí arriba, solo, en un despacho donde no hay nadie que le diga que pare.
Vedma no dijo nada. Lo dijo Tais, desde lo alto de la rampa, despacio, como se dice una frase que se sabe todo el mundo en la Cicatriz.
—Lo que separa a un compi de un centinela…
—Es que alguien fue a buscarlo —dijo Ada—. Pues voy yo.
Se quedaron un rato así, las cuatro personas y la nave, en la plataforma del muelle tres, sin decir nada, que es como se despide la gente de la Cicatriz cuando no sabe despedirse.
—No somos tus amigos —dijo Vedma al fin.
—Ya.
—El asiento de la derecha es tuyo. Cuando quieras.
—Cuando quiera.
Vedma subió por la rampa. Se paró arriba, junto a Chemo y Tais, y miró la hora.
—Cierro a la hora —dijo—. Con quien esté dentro.
—Lo sé —dijo Ada.
La rampa subió. Ada se quedó en la plataforma. Era la segunda vez que la Tozuda se iba sin ella, y era la primera vez que se quedaba porque quería.
La vio despegar a la segunda, como siempre, y perderse hacia Ithera.
El transporte de El Pináculo llegó a los cuarenta y un minutos exactos. Era una lanzadera blanca, impecable, con el emblema dorado de la flecha que sube y un piloto joven de la Guardia Vertical que la saludó cuadrándose como si fuera alguien importante.
—Recluta Lys.
—Ada.
—Recluta Ada. —El piloto se puso colorado—. Tengo orden de llevarla directamente a La Cúspide. Me han dicho que le diga una cosa. Textual.
—Dila.
El piloto carraspeó.
—«Hay sopa.»
Ada se quedó mirándolo. Luego se rio por segunda vez en el día, y subió a la lanzadera, y se sentó sin que nadie se lo dijera en el asiento de la derecha, al lado del piloto.
Antes de despegar, dio dos golpes con los nudillos en el panel. El piloto la miró de reojo y no dijo nada, pero cuando creyó que ella no lo veía hizo lo mismo, dos golpes, muy flojos, como quien prueba una costumbre ajena para ver si le sirve.
Ya en el aire, con la Custodia haciéndose pequeña detrás, el piloto se atrevió.
—¿Es verdad que es usted de antes de la guerra?
—De antes de casi todo.
—¿Y cómo era? La Flota.
Ada miró por el ventanal. Había estrellas por todas partes, sin números, sin paredes. A un lado, pequeño y verde, el punto que era Ithera. En algún sitio, demasiado lejos para verlo, un centinela daba vueltas sobre la proa de una nave muerta, y un compi de lente ámbar flotaba detrás del hombro de una Coronel, en un sitio con paredes que había elegido él.
—Pequeña —dijo—. El cielo era una pared con números.
—¿Y ahora?
—Ahora no hay pared.
El piloto asintió muy serio, como si le hubieran dado una instrucción de vuelo, y no volvió a preguntar nada en todo el camino.
En Tirane, al pie de la torre siete de Puerto Aurora, los faros verdes seguían encendiéndose y apagándose despacio, como llevaban cuarenta y seis años haciéndolo. Los peregrinos seguían llegando por la llanura gris con sus farolillos, de las dos casas y de ninguna, y miraban la raya oscura sobre el disco de Ithera, y se iban.
Y en la bodega de la nave de carga, junto al módulo vacío, el contenedor de bienvenida seguía cerrado, con su precinto del Año 1 y sus letras pintadas a mano.
Que lo abran ellos.
Ya casi habían llegado todos.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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