AguantandoTomo ICapítulo 6
El Muro
El Bastión está construido sobre el puente de mando del Arca Aurora. Ada había subido a ese puente muchas veces, casi siempre con un crío de la mano que quería ver las estrellas por el cristal grande. Esa noche subió escoltada por dos soldados de The Vanguard, con una caja en brazos y la sensación de entrar en su propia casa por la ventana.
—Armas al arco —dijo el guardia de la entrada—. Aquí inspecciona El Bastión.
—No llevo armas.
—Pues pasa por el arco igual. Es la costumbre.
Ada pasó por el arco. Pitó por la hebilla del traje de tránsito. El guardia le hizo un gesto con la mano para que siguiera, como quien espanta una mosca.
Por fuera, El Bastión eran muros. Muros de chapa del Aurora soldada en capas, muros de tierra apisonada, muros de bloques fundidos en La Fragua Baja, levantados unos encima de otros durante cuarenta y seis años alrededor del puente, que había caído entero y de pie. Era el único sitio de toda La Cicatriz con soldados armados día y noche, y el único al que el Armisticio daba derecho a parar e inspeccionar cualquier convoy de cualquier casa que entrara en la zona.
Por dentro, era el puente.
Ada lo reconoció en cuanto cruzó la última compuerta. Las consolas eran las mismas, aunque ahora tenían encima mapas, tazas y fusiles desmontados. El techo era el mismo, con las mismas manchas de óxido en las juntas que alguien de mantenimiento llevaba prometiendo limpiar desde el año treinta de la travesía. El cristal grande estaba tapado con planchas, salvo una franja estrecha por la que se veía la noche.
En el centro, sobre su pedestal, seguía la silla de la capitana. Nadie se sentaba en ella.
REYNA OSTRACH. Coronel de The Vanguard. «El Muro». Setenta y un años. En el Año 1 era policía militar conjunta en el puente del Aurora, cuando «conjunta» todavía quería decir algo. Desde entonces trata su neutralidad como una orden que se niega a desobedecer. Lo que hay que saber de ella: se sabe el nombre de cada recluta que ha perdido, y no se sienta nunca dentro de El Bastión.
Estaba de pie junto a la silla vacía. Era más baja de lo que Ada esperaba, con el pelo gris muy corto, la espalda recta y una cara que parecía hecha para no expresar nada. Miró la caja. Luego miró a Ada. La miró más rato.
—Te recordaba más alta —dijo.
Ada se quedó quieta.
—¿Me conocía?
—Venías al puente con un crío de la mano. Le subías a la consola de navegación para que viera las estrellas. La capitana lo permitía. Yo no. —Ostrach hizo una pausa—. Me ganó la capitana, como siempre.
—No me acuerdo de usted.
—Nadie se acuerda de la policía de un puente. Es la idea.
Ada dejó la caja en una consola y la abrió. La lente de Mamparo se encendió, ámbar y tenue, y giró despacio hasta encontrar a la Coronel.
—Coronel —dijo Mamparo.
—Así que eres tú. —Ostrach se acercó. Lo miró de cerca, las placas rayadas, la escarcha vieja en las juntas—. Cuarenta y seis años en el Cementerio. ¿Qué tienes dentro?
—No abro la siete.
—Bien.
Lo dijo deprisa y en voz baja, casi con alivio. Ada lo oyó. Se quedó mirando a la Coronel, que ya se había dado la vuelta.
—¿Cómo que bien?
—Que bien. Que no lo abra. —Ostrach fue hacia una de las consolas y se quedó de pie delante de un mapa de La Cicatriz—. Ese núcleo es carga recuperada por una patrulla mía. Desde este momento es carga del Armisticio y se queda en El Bastión. Mañana, cuando abra el taller, le harán una carcasa, porque los núcleos sin cuerpo se apagan. Y lo que tenga dentro se queda dentro.
—Es mío.
—No es de nadie. Es de la Vanguardia porque lo encontramos nosotros. —Ostrach no se volvió—. Y tú, recluta, hasta el día 238 tampoco eres de nadie.
La pared estaba en el antiguo hangar de lanzaderas del puente, al fondo de un pasillo, en una sala grande y fría con las paredes todavía negras de humo de los Cuarenta Días. Ostrach no se la enseñó. La encontró Ada sola, mientras Osk le buscaba un catre.
Eran nombres. Cientos. Grabados a mano en planchas de casco atornilladas a la pared, en columnas, cada uno con un oficio y una edad. Algunos eran de soldados de la Vanguardia muertos en los últimos treinta años. La mayoría eran del día 236 del Año 1.
Había un cartel pequeño en la entrada: 412. Y debajo, con la letra de la Coronel: SE LEEN EN VOZ ALTA CADA AÑO, EL DÍA DE LA CAÍDA.
Ada fue leyendo despacio, porque eran nombres que conocía. El contramaestre de las piernas de metal. La cocinera de la cubierta seis, la de la sopa de algas. El jefe de hangar que no la dejaba salir de noche. Buscó a los ocho pilotos de la siete, los que habían muerto en sus cápsulas uno cada pocos años mientras Mamparo los anotaba, y no estaban: nadie había ido a ponerlos. Arriba del todo, sola en su plancha, estaba la capitana: ARRIETA · CAPITANA DEL ARCA AURORA.
Y en la columna del centro, a la altura de los ojos, juntos, con la misma letra:
LYS, ADA · PILOTO DE TANDA · 24
LYS, AURELIO · CADETE · 13
Ada puso la mano encima de la plancha. Estaba fría. Pasó el pulgar por las letras de su propio nombre. Luego por las del otro. Las del otro estaban un poco más gastadas, como si alguien las hubiera tocado muchas veces.
No supo cuánto tiempo estuvo así. Cuando se volvió, la Coronel estaba en la puerta.
—¿Quién puso mi nombre? —preguntó Ada.
—Alguien que los había perdido.
—¿Cuándo?
—En el Año 12. Cuando se firmó el Armisticio.
—¿Quién?
—Me pidió que no lo dijera.
—Estoy viva.
—Ya lo veo.
—Pues bórrelo.
Ostrach entró en la sala. Se quedó delante de la pared, al lado de Ada, mirando las dos líneas.
—En esta pared no se borra nada —dijo.
Hablaron allí, de pie las dos, porque Ostrach no se sentaba en El Bastión.
—Usted estaba en el puente el día 236 —dijo Ada.
—Estaba.
—¿Qué pasó?
—Nos dispararon.
—¿Quién?
—Todos.
—La siete se soltó antes de caer. Se soltó entera, con las puertas cerradas y nueve cápsulas dentro. Eso no pasa solo. Alguien la soltó. —Ada se volvió hacia ella—. ¿Por qué estábamos en medio de la pelea? Teníamos que ir a Tirane. Teníamos un muelle esperándonos.
Ostrach tardó en contestar. Cuando lo hizo, no fue a la pregunta.
—Hay verdades que solo sirven para empezar guerras, Lys.
—Y mentiras que sirven para aguantarlas.
—Exacto.
Ada la miró. La Coronel lo había dicho en serio, sin ironía, como quien asiente a algo que lleva mucho tiempo pensando.
—¿Usted miente para que aguante la paz?
—Yo no miento. Callo. —Ostrach seguía mirando la pared—. Callar es un muro. Mentir es pintar una puerta en el muro para que la gente se dé de cabeza contra ella. Yo no pinto puertas.
—¿Y si alguien quiere saber lo que hay detrás del muro?
—Que se pregunte por qué lo construyeron.
Se quedaron calladas. Por la franja de cristal entraba la luz azul del centinela, que daba vueltas sobre el núcleo de La Cicatriz como cada noche desde hacía cuarenta y seis años.
—Leo esta pared entera cada año —dijo Ostrach al fin—. Cuatrocientos doce nombres. Tardo una hora y diez minutos. Hay gente que viene solo a oír uno. Se queda de pie hasta que lo digo y luego se va. —Hizo una pausa—. Tu nombre lo he leído treinta y cinco veces.
—¿Y el otro?
—También.
—¿Viene alguien a oírlo?
Ostrach no contestó.
La Comandante Ysolde Kray llegó al arco de entrada a medianoche, sola, a pie y sin armas, con un papel sellado en la mano.
Ostrach bajó a recibirla. Ada fue detrás sin que nadie se lo pidiera y se quedó en la sombra de un muro.
—Coronel.
—Comandante.
—La Cátedra de Ascensión reclama el núcleo recuperado en el fragmento AU-C7. Y a la durmiente de la cápsula nueve.
—La Cátedra puede reclamar lo que quiera en Ithera. En Ithera no manda. Lo dice el Armisticio, el artículo de la desmilitarización. Usted lo sabe.
—Lo sé, Coronel. Por eso he venido sin armas.
—Por eso le dejo pasar el arco.
Las dos se miraron un rato. Eran dos mujeres de uniforme, de dos generaciones distintas y dos casas distintas, que se respetaban lo suficiente como para no fingir que se caían bien.
—Mi Canciller no va a quedarse con un no —dijo Kray.
—Su Canciller lleva treinta y cinco años quedándose con mis noes. Ya le saldrá a cuenta otro.
Kray guardó el papel. Entonces vio a Ada en la sombra del muro, y algo le cambió en la cara.
—¿Eres la de la Tortuga?
—Soy la de la Tortuga.
—¿Dónde aprendiste a meterte por esa grieta?
—Ahí mismo. Con catorce años. El jefe de hangar no me dejaba salir de noche.
Kray soltó el aire por la nariz. Casi fue una risa.
—Llevo veintidós años volando en la Guardia —dijo—. Me gustaría verte volar otra vez. Desde lejos, a poder ser.
Ostrach se apartó dos pasos para hablar con el guardia del arco. Kray aprovechó y bajó la voz.
—El Canciller quiere verte. Ilesa. No sé por qué. —Hizo una pausa—. Eso me preocupa más a mí que a ti.
—¿Qué quiere un Canciller de una piloto de tanda?
—No me lo ha dicho. Me ha hecho una pregunta muy rara.
—¿Cuál?
—Si al despertar pediste la hora.
Ada no se movió. Durante un segundo se le fue la sangre de la cara, y Kray, que llevaba veintidós años leyendo caras de reclutas, lo vio.
—¿La pediste?
—Todos los pilotos la piden —dijo Ada—. Es una costumbre.
—Ya —dijo Kray, y no se lo creyó—. Volveré, Coronel —añadió, más alto—. Con otro papel.
—Tráigalo —dijo Ostrach—. Aquí los papeles los leemos.
Ada durmió en un catre del cuartel, debajo de una manta que olía a humo viejo, y soñó con el cristal de una cápsula y una nariz pegada al otro lado. Dos golpes con los nudillos. ¿Y si tardas?
Se despertó con la primera luz.
La Tozuda había dormido en la plataforma de El Bastión, con la caja de Mamparo en la bodega y un precinto de la Vanguardia en la rampa, porque la Coronel había dicho que el núcleo no se movía hasta que abriera el taller. Vedma había dicho que vale. Chemo había dicho que vale. Tais no había dicho nada.
Ada salió a la plataforma. La plataforma estaba vacía.
En el suelo, donde había estado la rampa de la Tozuda, había un precinto de la Vanguardia cortado limpiamente, con una herramienta de buen filo, por alguien que sabía dónde cortar. Tres dedos por debajo del cierre.
El cabo Osk estaba allí, de pie, mirando el precinto con las manos a la espalda.
—Ha despegado a la hora en punto —dijo—. Las cuatro y cero cero. Lo tengo en el registro.
—Cierra a la hora —dijo Ada.
—¿Cómo?
—Vedma. Cierra a la hora. Con quien esté dentro. —Ada miró el cielo, donde no quedaba ni rastro de la nave—. Y yo no estaba dentro.
La Coronel apareció detrás de ellos, sin hacer ruido, como aparecen las paredes cuando te giras.
—Te ha dejado —dijo.
—Me dijo el primer día que no éramos amigas. Lo dijo para que no hubiera malentendidos.
—¿Y ahora qué?
—Ahora voy a buscarlo.
—¿Con qué? No tienes nave, ni dinero, ni casa.
Ada no tenía respuesta. Se quedó mirando el precinto cortado en el suelo.
Fue Osk el que habló, mirando al frente, con la voz más lenta que Ada le había oído.
—Si quiere saber qué pasó el día 236 —dijo—, pregunte en El Faro Roto. Allí tienen la última línea de posición del Aurora. Dónde estaba exactamente cuando le dispararon.
La Coronel se volvió hacia su cabo muy despacio.
—Cabo.
—Coronel.
—No le he pedido su opinión.
—No, Coronel. —Osk siguió mirando al frente—. Por eso se la doy sin que me la pida. A la hora en punto.
Ostrach lo miró un momento largo. Luego miró a Ada. Luego se dio la vuelta y entró en El Bastión sin decir nada más, y Ada se dio cuenta de que era la primera vez que veía al Muro perder una discusión.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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