AguantandoTomo ICapítulo 2
No somos tus amigos
Vedma Oleiro tenía una nave, una cuadrilla, una recluta nueva y una deuda de dieciocho mil créditos. De las cuatro cosas, la única que la llamaba por teléfono era la deuda.
VEDMA OLEIRO. Capataz y piloto de la Tozuda. Treinta y nueve años. Nacida en el anillo exterior de La Cicatriz, en un módulo de escape que su madre convirtió en casa. Recoge a los reclutas que despierta la Leva y los pone a trabajar hasta que pagan lo que deben. Lo que hay que saber de ella: dice «no somos tus amigos» a todo el mundo, y lo dice para no tener que despedirse de nadie.
CHEMO ARDAL. Peón. Cincuenta y seis años. Tiene una teoría para cada cosa y una lata de comida para cada teoría. Lo que hay que saber de él: antes de trabajar con Vedma trabajó con gente peor, y sabe exactamente cuánto peor.
TAIS RENNE. Peona. Veintidós años. La mejor puntería de la cuadrilla y, según Chemo, del anillo exterior. Lo que hay que saber de ella: apunta muy bien. Otra cosa es que dispare.
LA TOZUDA. Tortuga. Una de las naves más viejas del sistema. Veinte años de parches según su piloto, sesenta y dos según la recluta. Lo que hay que saber de ella: arranca siempre a la segunda y aterriza siempre a la primera.
—Que es él —repitió la recluta desde la puerta de la cabina.
—Ya te he oído. —Vedma no apartó la vista del ventanal—. Siéntate.
—Es el núcleo de mi sección. Estaba conmigo en la sala. Lo robaron ayer y ahora lo están vendiendo por la radio como si fuera un frigorífico.
—Pues que lo compre alguien. Siéntate, Nueve.
La recluta no se sentó. Se quedó agarrada al marco, pálida del deshielo, con el traje de tránsito que le quedaba ancho y los ojos clavados en el panel de la radio, como si la caja fuera a salir por el altavoz. Vedma había recogido a ciento y pico reclutas en veinte años y sabía distinguir a los que lloraban, a los que vomitaban y a los que preguntaban cuánto cobraban. Esta no hacía ninguna de las tres cosas. Esta miraba la radio.
Entonces sonó el aviso de llamada, y Vedma supo quién era antes de mirar.
—Querida —dijo la voz de la Tejedora Sable Vunn, desde El Fondeadero, con el retraso de siempre—. Tengo una caja para ti.
Sable Vunn llevaba el Tablón de Trueque de El Fondeadero, la estación de los Nadir, y sabía el precio de todo lo que se movía en ella y de casi todo lo que se movía fuera. También tenía los papeles de la Tozuda en un cajón. Eso no lo sabían ni Chemo ni Tais.
—Una caja que recogerás en el Cementerio —siguió Vunn—, en el carguero partido de las citas, a la hora de siempre. Ya está pagada. La entrega la hace un señor que no se fía de mis chicos, porque mis chicos tienen dónde caerse muertos. Se fía de los tuyos.
—¿Qué hay dentro?
—Tú qué crees.
Vedma miró de reojo a la recluta. La recluta la miraba a ella.
—¿Cuánto?
—Te perdono la mitad. Nueve mil.
—Doce.
—Diez, y no te pregunto por qué llevas una pasajera escuchando.
Vedma cortó el micro, contó hasta tres y lo volvió a abrir.
—Diez —dijo.
—Siempre es un placer, querida.
La comunicación se cortó. Chemo, en el asiento de atrás, rebañó la lata con la cuchara y dijo lo que pensaban los tres.
—Eso es la caja de la radio.
—Eso es dinero.
—Eso es la caja de la radio, que la están buscando los de arriba, y nosotros vamos a ir a recogerla con una momia.
—No soy una momia —dijo la recluta.
—Has dormido cuarenta y siete años, guapa. Una momia es eso, pero sin suerte.
Vedma hizo lo que hacía siempre que había que gastar combustible: buscó la forma de gastarlo una sola vez. La recluta tenía que hacer su primer trabajo para empezar a pagar el deshielo. En el Cementerio había pecios con chapa buena para picar. Y la caja estaba en el Cementerio.
—Dos trabajos, un salto —anunció—. La Nueve pica chapa, nosotros recogemos un encargo y volvemos a casa para cenar.
—A casa ¿dónde? —preguntó la recluta.
—A La Cicatriz. Es donde vivimos los que no somos de nadie.
—La Cicatriz es donde cayó el Aurora.
—Por eso se llama así.
La recluta se quedó callada. Luego, sin pedir permiso, se sentó en el asiento del copiloto, que estaba vacío porque Chemo prefería el de atrás, donde no había que tocar nada.
—Detrás —dijo Vedma.
—La compensación de proa está mal.
—¿Perdona?
—Que llevas la proa compensada para carga y vas vacía. Te está comiendo combustible desde que salimos de la Custodia. Mira la aguja de la izquierda, la que nadie mira.
Vedma miró la aguja de la izquierda, la que nadie miraba. Llevaba veinte años sin mirarla porque nadie le había dicho para qué servía. Estaba en rojo.
Tocó la rueda de compensación dos muescas. La aguja volvió al verde. El zumbido de los motores bajó medio tono.
Nadie dijo nada durante un rato.
—¿Dónde has aprendido eso? —preguntó Tais.
—Me saqué la licencia de tanda en una de estas.
—Hace cuarenta y siete años —dijo Chemo.
—Hace un mes —dijo la recluta—. Para mí, hace un mes.
Al salto le faltaban seis minutos de carga. Chemo llenó el silencio, como hacía siempre, con una pregunta que nadie le había hecho.
—Vale, momia. Cuéntanos. ¿Cómo era?
—¿El qué?
—Todo. La Flota. Antes de que la liaran. Aquí lo único que sabemos es lo que cuentan los viejos de la Cicatriz, y los viejos de la Cicatriz solo se acuerdan de cuando se estrellaron.
La recluta se lo pensó. Miró el ventanal, donde las estrellas empezaban a apretarse hacia delante a medida que el motor de salto cogía carga.
—Pequeño —dijo—. Todo era pequeño. Yo nací en el Aurora, en el año dieciséis de la travesía. No había ventanas en las cubiertas de abajo. El cielo era una pared con números: presión, oxígeno, días que faltaban. Los críos aprendíamos a leer con los números de la pared.
—¿Y Solmera? —preguntó Tais—. ¿La viste?
—Nadie que yo conociera vio Solmera. Mi abuela decía que tenía el cielo azul. Mi madre decía que mi abuela mentía.
Chemo se rio con la boca llena.
—¿Y cuánto duró? El viaje.
—Depende de a quién se lo preguntes. Los de los motores decían que siglos. Para nosotros, a bordo, unos cuarenta años. Íbamos dando saltos y entre salto y salto el tiempo corría distinto dentro que fuera. —La recluta se encogió de hombros—. Yo solo sé que mi abuela salió de Solmera y que yo llegué aquí. En medio hay una pared con números.
—Pues aquí tampoco hay ventanas en las cubiertas de abajo —dijo Chemo—. Ni cielo azul. El cielo de Ithera es verde a mediodía, ya verás. Y el de Kaldrek es naranja. Y el de Kharsis es de color de pis. Hay cuatro planetas y ninguno tiene el cielo como el de tu abuela.
—Mi abuela mentía —dijo la recluta.
—Por eso.
El motor terminó de cargar. Vedma fijó la ruta, esperó a que la calibración encontrara el destino y saltó. Durante cuarenta segundos las estrellas se amontonaron delante del morro, azules, y el cielo de detrás se quedó vacío y rojo. Luego todo volvió a su sitio y por el ventanal entró el Cementerio de Aura.
Chatarra. Hasta donde llegaba la vista y más allá, en una banda inclinada que daba la vuelta a la estrella: cascos partidos, contenedores abiertos, mamparos sueltos, cables flotando como algas. Aquí y allá, dentro de algún pecio, una luz de emergencia seguía parpadeando con el ritmo que le programaron antes de la guerra. La gente del salvamento decía que con los años dejabas de verlas. Vedma no había dejado de verlas nunca.
A lo lejos, iluminado de canto, flotaba el fragmento grande, el de trescientos metros, con media palabra pintada en el costado. Le quedaban tres letras. Se leían desde muy lejos.
…ORA.
Sobre él trabajaba una estación de salvamento, con focos y grúas, como un taller montado en la espalda de un animal muerto.
La recluta dejó de hablar. Dejó de moverse. Vedma la vio por el rabillo del ojo con las dos manos apoyadas en el panel, mirando las tres letras como se mira una cara conocida en una multitud.
—Era tu nave —dijo Vedma.
—Era mi casa. —La recluta no apartó la vista—. Ahí estaba el comedor de la cubierta seis. Hacían una sopa de algas que era un asco. Mi hermano se la comía entera.
Vedma no preguntó por el hermano. En veinte años había aprendido a no preguntar por los hermanos.
El pecio donde iba a picar la recluta era un carguero pequeño, partido por la mitad, con la bodega abierta al vacío. Vedma lo amarró, se puso el casco, sacó dos herramientas del armario y le dio una a la recluta.
Era una ProtoGun: un mango con gatillo, un emisor corto y un depósito a la espalda. La herramienta con la que se gana la vida cualquiera que llega a Aurin sin nada.
—Esto rompe —dijo Vedma, y señaló el primer modo—. El haz de corte parte la roca o la chapa en trozos. Esto recoge —el segundo modo—: el haz tractor tira de los trozos hacia el depósito. Rompes, recoges, rompes, recoges. Cuando tengas el depósito lleno, me avisas.
—¿Es tuya?
—Es prestada. La tuya te la harás tú cuando tengas material. Una ProtoGun se hace con las manos y con otra. —Le dio un golpecito al mango—. Esta es la otra.
—¿Por dónde corto?
—Tres dedos por debajo de la veta. Si cortas encima, revientas el material. Si cortas en la veta, revientas la herramienta. Tres dedos por debajo.
La recluta asintió, se plantó delante del mamparo del carguero, apuntó tres dedos por debajo de la soldadura y apretó el gatillo. El haz mordió la chapa con un chasquido limpio. Un trozo de metazinc del tamaño de una mano se desprendió y se quedó flotando. La recluta cambió de modo, lo atrajo hacia el depósito y se volvió hacia Vedma.
—¿Así?
—Así —dijo Vedma, que había tardado tres semanas en aprender a hacerlo así.
Picaron una hora. Chemo vigilaba desde la rampa de la Tozuda. Tais, desde lo alto del carguero, con el fusil apoyado en una cuaderna y los ojos medio cerrados, como si estuviera echando la siesta.
Los drones aparecieron sin ruido, porque en el vacío nada hace ruido.
Eran cuatro. Esferas negras del tamaño de un barril, con un ojo encendido al frente y unos brazos largos, articulados, que terminaban en cortadores. Salieron de la oscuridad de un casco cercano en formación cerrada y se abrieron alrededor del carguero como dedos.
—Centinelas —dijo Chemo por radio—. De salvamento. Cuatro.
—¿Qué quieren? —preguntó la recluta.
—Que nos vayamos. O que nos quedemos para siempre. No se han decidido nunca.
Las puntas de los brazos del primer dron empezaron a brillar.
—Muévete —dijo Vedma—. De lado. No hacia atrás: de lado. La mira les gira despacio.
La recluta se movió de lado. Seis rayos de luz cortaron el sitio donde había estado. Vedma se tiró detrás de una cuaderna y el segundo dron le chamuscó el hombro del traje.
Desde lo alto del carguero, Tais disparó una vez. El ojo del primer dron reventó. El dron dio dos vueltas sobre sí mismo, soltó chispas y explotó en silencio en una bola de fragmentos.
—¿No decías que no disparabas? —gritó Chemo.
—A las máquinas sí —dijo Tais, y disparó otra vez.
La recluta no tenía fusil. Tenía una ProtoGun prestada. Cuando el tercer dron bajó en picado hacia ella con los brazos abiertos, apuntó al hombro de uno de los brazos, tres dedos por debajo de la junta, y apretó. El haz de corte le partió el brazo a ras del casco. El dron se descompensó, giró hacia un lado y se estrelló contra la bodega del carguero. Por la grieta de su carcasa, antes de que la carga de los cortadores lo hiciera reventar, Vedma vio lo que había dentro: una esfera pequeña, de unos treinta y cinco centímetros, con placas rayadas. Luego, el estallido.
Tais acabó con el cuarto. Se hizo el silencio de siempre.
La recluta se quedó mirando los fragmentos del tercero, que se alejaban despacio, girando.
—Eso era un núcleo —dijo por radio—. Dentro. Era un núcleo de la Flota.
—Era un centinela —dijo Chemo.
—Era un núcleo de la Flota. Como Mamparo. Como los que llevaban las secciones.
Vedma se levantó, se miró el hombro chamuscado del traje y se sacudió el polvo que no había.
—En la Cicatriz se dice una cosa —dijo—. Lo que separa a un compi de un centinela es que alguien fue a buscarlo. Esos se quedaron aquí, dando vueltas con la orden que les dieron hace cuarenta y seis años. Nadie vino.
La recluta tardó en contestar.
—¿Y a mí quién me ha buscado?
Vedma no tenía respuesta para eso y no se inventó ninguna.
Llenaron el depósito, volvieron a la Tozuda y fueron al carguero partido de las citas. Llegaron a la hora exacta. A Vedma le gustaba llegar a la hora exacta: era la única forma de cobrar a la hora exacta.
El carguero de las citas estaba vacío. Vedma posó la Tozuda en el lado de sombra, apagó las luces exteriores y esperó con las manos en los mandos.
Esperaron tres minutos.
Luego, de detrás del casco, con las góndolas encendidas y las dos torretas desplegadas, salió una Revenant gris con una palabra pintada a mano en el morro, Conforme, y se quedó flotando enfrente de la Tozuda como un perro grande delante de uno pequeño.
En el canal abierto sonó una voz educada.
—Buenas tardes, cuadrilla.
Chemo se atragantó con la cuchara.
—Me cago en todo —dijo—. Es el Notario.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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