AguantandoTomo ICapítulo 8
Medido, no derivado
De El Bastión a El Faro Roto hay cuarenta minutos andando, rodeando por el norte la zona acordonada donde cayó la proa del Aurora. Ada los hizo sola, sin nave, sin dinero y sin casa, con una pregunta que nadie en La Cicatriz quería contestarle. Salió al atardecer porque nadie le dijo que no saliera al atardecer.
En Ithera, al atardecer, salen los Ombrask.
El cordón era una fila de postes con luces rojas y carteles de metal que decían ZONA DE RIESGO y, debajo, a mano, NO SEAS IMBÉCIL. Detrás de los postes, la tierra seguía negra después de cuarenta y seis años. Había trozos de casco clavados de canto y, encima, a la misma altura de siempre, la luz azul del centinela daba vueltas despacio.
Ada iba mirando la luz cuando oyó el gruñido.
No fue un rugido. Fue un ruido bajo, continuo, que se repetía como un motor al ralentí, y le llegó por los pies antes que por las orejas. Se quedó quieta. A treinta metros, entre dos costillas del Aurora, algo levantó la cabeza.
Era enorme. Seis metros de largo, quizá más, y bajo, pegado al suelo como un perro que acecha. Tenía el lomo cubierto de placas oscuras, unas patas delanteras gruesas como troncos y, colgando de la nuca, una cresta carnosa que se movía cuando respiraba. La cabeza era ancha, sin orejas, con dos ojos pequeños muy separados que la miraban a ella.
El gruñido siguió. Siguió. Siguió.
—Quieta —dijo una voz a su espalda.
No era una voz humana. Era seca, rápida, con un zumbido detrás que no se acercaba ni se alejaba. Ada no se volvió. Por el rabillo del ojo vio una esfera flotando a la altura de su hombro, con tres lentes rojas en racimo.
—Uno —dijo la esfera—. Grande. Te ha visto antes que yo. Eso no pasa.
—¿Qué hago?
—Nada. Lo estás haciendo bien.
El bicho abrió la boca y rugió. Fue un rugido largo y hondo que hizo vibrar los carteles del cordón y le llenó a Ada el pecho de algo frío.
—Eso es para que te vayas —dijo otra voz, de mujer, también a su espalda, más lejos—. Si no te vas, ya no ruge.
Sonó un disparo. Uno solo. La bala levantó un surtidor de tierra negra a un metro de las patas delanteras del bicho, exactamente entre él y Ada. El bicho se quedó quieto. Miró el agujero en el suelo. Miró hacia el disparo. Gruñó una vez más, más bajo, como quien dice la última palabra en una discusión que va perdiendo, y se dio la vuelta y se metió despacio entre las costillas del Aurora, hacia el núcleo.
—No ha hecho falta —dijo la esfera roja—. Cero.
KESTREL VASKO. «La Loba de la Cicatriz». Cabeza del Apex Syndicate, el gremio de los cazadores, con sede en El Aguijón. Sesenta y ocho años. Única superviviente de la unidad de seguridad xenológica del Aurora. Lo que hay que saber de ella: caza para que el bosque siga teniendo algo que temer que no sea ella, y lo llama corte controlado.
Era una mujer delgada, de pelo blanco recogido, con un fusil largo de cerrojo al hombro, el único que la Vanguardia deja entrar en La Cicatriz, por los Ombrask del cordón, y una cicatriz que le bajaba por el cuello hasta perderse en el chaleco. Se acercó a Ada sin prisa.
—¿Qué haces andando por el cordón al atardecer?
—Voy a El Faro Roto.
—Por el norte. —Vasko señaló con la barbilla—. Siempre por el norte, y nunca a esta hora. Al atardecer y al amanecer cazan. A mediodía duermen a la sombra. Es lo primero que aprende un crío de la Cicatriz.
—Yo no soy de la Cicatriz.
—Ya lo veo. —Vasko miró el traje gris de tránsito—. Eres la durmiente.
—¿Lo sabe todo el mundo?
—En la Cicatriz se sabe todo antes de que pase. —Vasko le ofreció una cantimplora—. ¿Sabes qué era eso?
—No.
—Un Ombrask. El crestón, lo llaman en el anillo de fuera. El bicho más grande de Ithera. Los primeros los trajeron vivos al Aurora, a la bahía de contención, para estudiarlos. Cuando la nave cayó, las jaulas se abrieron. —Vasko bebió después de ella—. Mi unidad se pasó la tercera noche volviendo a meterlos en su sitio.
Ada la miró. La cicatriz del cuello. El pelo blanco. El fusil.
—Usted es la de los siete nombres.
Vasko no se movió.
—¿Quién te ha contado eso?
—Sable Okoye. Dijo que al amanecer entró en la enfermería una chica con un fusil y dijo siete nombres.
—Eran mis siete. —Vasko se colgó la cantimplora—. Ya está. No hay más historia.
La esfera roja dio una vuelta alrededor de la cabeza de Ada, despacio, mirándola por todos lados.
—Te llaman Nueve —dijo.
—Sí.
—Yo digo «ése hace nueve» cuando cae algo. —El zumbido subió un tono, como una risa—. Tú no cuentas. Estás de pie.
—Es AVISPÓN —dijo Vasko—. Nuestro compi. Pasó treinta años solo en un yacimiento de Kharsis cazando para no apagarse. Cuando lo encontramos, ya no calculaba: intuía. Le dejamos las tres lentes con las que había aprendido a ver.
—Te ha visto antes que yo —repitió AVISPÓN—. Ese bicho. Eso no pasa nunca. Lo anoto.
—¿Por qué no lo ha matado? —preguntó Ada.
—Porque no hacía falta. —Vasko echó a andar hacia el norte, y Ada la siguió—. Los de El Pináculo me pagan por cabeza cuando quieren limpiar un valle. Lo vacían, se les llena de otra cosa peor y vuelven a llamarme. Los de El Fondeadero me prohíben tocar nada y luego lloran cuando un bicho se come a un guardabosques. Yo mato lo necesario y dejo lo suficiente. Es lo único que he aprendido en cuarenta y seis años.
—¿Y si hubiera saltado?
—Entonces habría hecho falta. —Vasko se encogió de hombros—. Te acompaño al Faro. Me pilla de camino, y Sarn me debe una apuesta.
El Faro Roto era la torre de navegación y sensores del Aurora, que había caído de pie y había quedado más alta que todo lo demás. Desde abajo se veían las antenas viejas de la Flota, parcheadas con piezas nuevas, girando despacio contra el cielo morado.
Dentro había escaleras, muchas, y un pasillo con una pared cubierta de nombres. No eran nombres de muertos. Eran nombres de gente que había salido a explorar y no había vuelto. Algunos tenían una fecha. Otros, un signo de interrogación.
—El Muro de los No Vueltos —dijo Vasko—. Los primeros salieron en los Cuarenta Días a buscar agua y rescate. Los Pathfinders nacieron así: mirando hacia fuera mientras los demás mirábamos hacia dentro.
Arriba, en la sala de la cúpula, había una mesa enorme con un mapa que se movía solo, y un hombre de pie delante de ella, con la cabeza inclinada como quien escucha.
QUILL SARN. «El Ojo Ciego». Cabeza de The Pathfinders, el gremio de los cartógrafos. Perdió la vista cartografiando algo que el resto del gremio se niega a describir. Ve con un aparato sensorial de la Cátedra que le capta luces que ningún ojo ve. Lo que hay que saber de él: no es capaz de terminar una conversación sin acabar hablando de coordenadas.
Llevaba sobre los ojos una banda de metal oscuro con lentes pequeñas que se movían solas. Volvió la cabeza hacia la puerta antes de que entraran.
—Kestrel. Llegas tarde.
—Llego cuando llego. Me debes cuarenta créditos.
—Te debo treinta. El Ombrask de la semana pasada pesaba menos de lo que dijiste.
—El Ombrask de la semana pasada se comió la báscula.
Sarn sonrió. Luego giró la cabeza hacia Ada y las lentes pequeñas de su banda zumbaron, enfocando.
—Tú eres la de la siete. Tienes la temperatura de alguien que lleva poco tiempo descongelado y la postura de un piloto de tanda. La Flota enseñaba a sentarse a los pilotos de una manera muy concreta. Se nota hasta de pie.
—¿Puede ver eso?
—Puedo ver casi todo lo que no importa. Lo que importa me lo tienen que contar. —Sarn señaló una silla—. Siéntate. Pregunta. Te lo noto en la cara.
Ada no preguntó primero por el Aurora. Preguntó por la luna.
—Melvara sale por el oeste —dijo—. Y cruza el cielo en veinte minutos. Me enseñaron mecánica orbital con números en una pared. Para una luna de ese tamaño, a esa distancia de Ithera, una vuelta tendría que durar días. Una semana.
—Siete días y nueve horas —dijo Sarn—. Eso dice la efeméride de la Flota. La tenemos abajo, en el sótano: un reloj de órbitas traído de Solmera, precioso, de latón. Lleva cuarenta y seis años equivocándose. Melvara tarda media hora.
—Eso no puede ser.
—Lo es. Y no solo Melvara. Todas las lunas de Ithera corren unas trescientas cincuenta y cinco veces más deprisa de lo que deberían. Las de Kharsis, veintidós veces. Las de Kaldrek, casi tres. Dentro de cada familia, la proporción es exacta, como si alguien hubiera afinado cada planeta con su propio reloj.
—¿Y por qué?
—Nadie lo sabe. —Sarn se apoyó en la mesa—. Aquí arriba hay tres escuelas. Los de la masa dicen que hay algo que pesa y no vemos. Los del reloj dicen que el tiempo de Aurin no corre como el de los manuales. Y los de la Tabla decimos que no hay nada que explicar: que se mide. Medido, no derivado. Tenemos una tabla con lo que hace cada luna, segundo a segundo, y con eso vuelan todas las naves del sistema. Nadie calcula una órbita con las masas. Nadie se atreve.
—¿Usted de cuál es?
—Yo soy de los que se equivocan. —Sarn sonrió—. Hace unos meses descubrimos que los anillos de Kaldrek no eran chatarra de la guerra, como habíamos dicho durante cuarenta y seis años, sino los restos de una luna muerta hace millones. Lo habíamos medido mal. Medimos lo que brillaba, no lo que había. Me lo apunté en la puerta del despacho para acordarme cada mañana.
Ada se quedó mirando el mapa de la mesa, que se movía solo. En una esquina, unas cifras cambiaban cada segundo.
—En el Registro Aura —dijo—, cuando llegamos, marcaron dos planetas como hostiles. Ormek y Kaldrek. Les pusieron el sufijo de «no se baja». Yo me dormí creyendo que solo había dos mundos buenos.
—Bajaron igual —dijo Vasko desde la puerta—. Y resulta que se respiran los cuatro. El Registro se equivocó en casi todo.
—Se estimó desde lejos y se midió al llegar —dijo Sarn—. Es la historia de este sistema. Todo lo que trajimos de la Flota sirve para algo, y nada sirve del todo.
La esfera bajó desde lo alto de la cúpula sin hacer ruido, como bajan las cosas que han tenido siglos para practicar. Era del mismo tamaño que las otras, pero tenía las placas pulidas y una lente violeta que no parecía una luz sino un instrumento.
—Buenas tardes —dijo. La voz era precisa y antigua, con una cortesía que ya no usaba nadie—. CUADRANTE, sección de navegación. A su disposición.
—Lleva la Tabla —dijo Sarn—. No la calcula. La recuerda, la compara y nos canta la solución. Es lo primero que aprende un piloto y lo último que acepta un ingeniero.
—Encantada —dijo Ada—. CUADRANTE, tengo una pregunta.
—Con mucho gusto.
—Tú tienes la última anotación del núcleo de navegación del Aurora.
—Los núcleos de navegación compartíamos cuaderno —dijo CUADRANTE—. ¿Ha visto usted la salida de Melvara de esta tarde? La de las seis y doce. Es especialmente elegante: sale con el limbo iluminado justo sobre la cordillera del oeste. Se la recomiendo.
—Quiero saber dónde estaba el Aurora cuando le dispararon.
—La Cicatriz queda al sur —dijo CUADRANTE—. Hablemos de otra cosa, si no le importa.
—Lleva veinte años haciendo eso —dijo Sarn en voz baja—. No se lo ha dicho a nadie. Ni a mí.
Ada se levantó. Se acercó a la esfera violeta hasta tenerla a un palmo de la cara.
—Yo iba dentro —dijo.
La lente violeta se quedó quieta.
—¿Pasajera?
—Piloto de tanda. Lys. Cápsula nueve de la sección siete. Me dormí en el Año 0 para cuatro meses. Me he despertado anteayer.
CUADRANTE no dijo nada durante un momento largo. Las lentes de la banda de Sarn zumbaron, enfocando la esfera, como si nunca la hubieran visto callarse así.
—Los cuadernos de navegación eran de quien viajaba —dijo CUADRANTE al fin—. Lo dice el reglamento de la Flota, que ya no lee nadie. Tiene usted derecho a una lectura. —Hizo una pausa—. Le ruego que no la repita en La Cicatriz.
—Año 1, día 236 —dijo CUADRANTE—. A las diez cuarenta y uno, primer impacto. En ese instante, el Arca Aurora no estaba en su corredor de bajada hacia Tirane.
—¿Dónde estaba?
—Entre las dos flotas.
Nadie habló. Vasko, en la puerta, se cruzó de brazos.
—Había encendido motores doce minutos antes —siguió CUADRANTE—, a las diez veintinueve. Abandonó el corredor y viró hacia la línea de fuego. Con todas sus luces encendidas. Las exteriores, las de cubierta, las de los muelles. Las de posición, al máximo.
—Eso es mentira —dijo Vasko, muy bajo.
—Es una línea de posición —dijo CUADRANTE—. No miente. Tampoco explica.
Ada se dio cuenta de que tenía las manos cerradas.
—¿Por qué iba a meterse en medio de una batalla un arca llena de durmientes?
—La línea dice dónde. No dice por qué. —La lente violeta bajó un poco—. El porqué lo tiene el núcleo de casco. Él estaba en la pared. Oía lo que se decía dentro.
—Mamparo.
—No conozco ese nombre. Conozco su sección.
—¿Y tú dónde estabas?
—En Tirane. En el muelle siete, en el módulo de al lado del contenedor de bienvenida. Me dejaron allí para guiarles al atraque. —CUADRANTE se detuvo, y por primera vez su voz no sonó del todo precisa—. Les vi encender las luces. No llegaron.
Ada no supo qué decir. Nadie supo.
—Había un cadete en el puente del Aurora —dijo CUADRANTE, al cabo de un rato—. Me llamaba por el canal de navegación todos los días para preguntarme cuánto faltaba para el siete. Yo le daba la cifra en horas, minutos y segundos. Le gustaban las cifras.
—Se llamaba Aurelio —dijo Ada—. Lelo.
—No conozco ese nombre. Conozco su voz.
Y CUADRANTE subió despacio hacia lo alto de la cúpula, sin despedirse, y se quedó allí, mirando el cielo por el que en ese momento salía Melvara por el oeste, con el limbo iluminado justo sobre la cordillera, especialmente elegante.
Sarn no dijo nada durante un rato largo. Luego se sentó, que era algo que, según Vasko, no hacía casi nunca.
—Veinte años preguntándoselo —dijo—. Veinte años. Y te lo cuenta a ti en dos minutos.
—Yo iba dentro.
—Ya. —Sarn se pasó la mano por la banda de los ojos—. ¿Sabes qué es lo peor de mi oficio? Que hago mapas para todo el mundo. Los Cenit los compran para saber por dónde extraer. Los Nadir compran los mismos para saber qué defender. Y últimamente mis mapas de Kaldrek aparecen en los informes de las escaramuzas como objetivos. —Giró la cabeza hacia Ada—. ¿Sigue siendo ciencia neutral un mapa que alguien usa para apuntar?
—No lo sé.
—Yo tampoco. Por eso te lo pregunto. —Sarn señaló hacia arriba, hacia la esfera violeta—. Lo que te ha dado es un mapa. Lo que tiene tu núcleo de casco es la explicación. Y una explicación, chica, se puede usar para apuntar mucho mejor que un mapa.
—Yo no quiero apuntar a nadie. Quiero saber por qué estábamos allí.
—Eso dicen todos al principio —dijo Vasko desde la puerta.
El cabo Osk llegó a la tercera melvara de la noche, en su hover, con la cara de no haber dormido y una tarjeta de cartulina en la mano, atada con una cinta roja.
—La han traído para ti a El Bastión —dijo—. Un crío de los muelles de El Fondeadero, en el último transporte. Se ha comido dos pasteles mientras esperaba.
Ada desató la cinta. La letra era muy redonda.
Subasta privada en Los Talares, El Fondeadero, mañana a las diez de la noche, hora de flota. Lote único: un núcleo auxiliar de casco de la Flota, en caja original. Se ruega puntualidad. La Tejedora.
Y debajo, en la misma letra, más pequeño:
Una subasta sin la dueña de la mercancía es un robo.
Ada levantó la vista.
—No tengo nave.
—La Vanguardia no puja —dijo Osk—. Nunca. Pero la Coronel quiere a alguien mirando. Yo vuelo al amanecer.
—¿Y la Coronel sabe que vengo?
—No me lo ha preguntado.
—¿Por qué me ayudas?
Osk se quedó pensando, como si fuera la primera vez que se lo planteaba.
—Porque firmé un parte que decía «aguantando» —dijo—. Y no me gusta que me roben las palabras.
Índice del tomo
- PrólogoAguantando
- Capítulo 1Sin registro previo
- Capítulo 2No somos tus amigos
- Capítulo 3Recibí
- Capítulo 4Axioma sin número
- Capítulo 5Uno vivo
- Capítulo 6El Muro
- Capítulo 7Lo que nadie quiso
- Capítulo 8Medido, no derivado
- Capítulo 9Cinta roja
- Capítulo 10Lelo
- Capítulo 11Muelle siete
- Capítulo 12Doce minutos
- Capítulo 13Los nombres
- EpílogoElige tu casa
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