AguantandoTomo ICapítulo 11

Muelle siete

Tirane es una luna gris de Ithera donde no se dispara. No lo prohíbe ningún tratado. Lo prohíbe la costumbre, y en cuarenta y seis años nadie se ha atrevido a romperla. La Comandante Ysolde Kray posó su XASTER junto al muelle siete de Puerto Aurora con una piloto de veinticuatro años, una caja robada a su propio Canciller y la certeza de que el Canciller venía de camino.

Había firmado doce órdenes sin número en su vida. Era la primera vez que desobedecía una.


Kray no había estado nunca en Tirane. Ningún Cenit de su generación había tenido motivos para ir, salvo los que peregrinaban, y Kray no era de las que peregrinan.

Bajó por la rampa con el traje de vacío puesto, porque en Tirane hay aire, pero tan poco que no sirve para nada salvo para hacer niebla. El cielo era negro. En el horizonte flotaba una bruma blanca, muy baja, que se levantaba de las grietas del suelo y se deshacía despacio. Y encima de todo colgaba Ithera: casi tres grados de cielo, el doble de lo que mide Melvara vista desde La Cicatriz, azul y verde, con nubes. La cosa más grande que había allí arriba.

Sobre el disco de Ithera, si uno sabía dónde mirar, se veía una raya oscura.

—La Cicatriz —dijo Ada, a su lado, por la radio del traje.

Kray no contestó. Estaba mirando los muelles.

Eran ocho torres de celosía plantadas en una llanura gris, en fila, cada una con brazos de amarre vacíos y un faro verde en la punta que se encendía y se apagaba despacio. Las habían montado treinta y una personas en cuatro meses, y habían terminado el día antes de la guerra. El reactor que las alimentaba no se había apagado nunca. Los faros llevaban cuarenta y seis años diciendo a un arca que ya no existía que todo estaba listo.

Y entre las torres, por la llanura, caminaba gente.

Eran pocos, dispersos, en trajes de vacío de colores distintos, algunos con insignias de El Pináculo, otros con las de El Fondeadero, la mayoría sin nada. Llevaban farolillos en la mano. Iban hacia el muelle siete despacio, deteniéndose junto a unas linternas clavadas en el suelo cada cien metros, y luego siguiendo.

—Peregrinos —dijo Kray—. Vienen de las dos casas. A mirar La Cicatriz desde aquí.

—¿Y qué hacen cuando llegan?

—Nada. Miran. Y se van.


Al pie de la torre siete había una nave de carga posada en el suelo desde el Año 1, con la rampa bajada y las luces de dentro encendidas, porque el reactor de los muelles también la alimentaba a ella. Por dentro tenía aire de verdad. Kray y Ada entraron con la caja de Mamparo, se quitaron los cascos y se quedaron un momento quietas, respirando.

La bodega era larga y estaba casi vacía. A un lado había un módulo pequeño con la puerta abierta y nada dentro: unas abrazaderas, un hueco redondo del tamaño de una cabeza, cables sueltos. Al otro lado, ocupando media bodega, había un contenedor de carga cerrado, de los grandes de la Flota, con el precinto original intacto y unas letras pintadas a mano en el costado: BIENVENIDA · MUELLE 7.

Y en la pared del fondo, grabada en una plancha de casco, había una lista de treinta y una firmas y, encima, unas líneas.

Ada se acercó a leerlas en voz alta.

—«Ocho muelles operativos. Faros en verde. Grúas probadas con carga. El siete queda reservado para el Aurora, como estaba previsto. Treinta y una personas, cuatro meses. Mañana empiezan las tandas. Hemos dejado un contenedor de bienvenida en el siete. Que lo abran ellos.»

Debajo, con otra letra, más torcida, había una línea más. Ada la leyó más bajo.

—«Lo hemos visto caer. No sabemos de quién era el fuego.»

Se quedaron calladas. Detrás de ellas, en la caja, la lente de Mamparo se encendió.

—Muelle siete —dijo—. Hemos llegado.

—Hemos llegado —dijo Ada.

—Tarde.

—Cuarenta y seis años tarde.

—Lo anoto.


—¿Y ese? —preguntó Kray, señalando el módulo vacío.

—Ahí estaba CUADRANTE —dijo Ada—. El compi de los Pathfinders. Lo dejaron aquí para guiarnos al atraque. Me lo contó él. Nos vio encender las luces y caer.

Kray miró el contenedor.

—Que lo abran ellos —repitió—. ¿Quiénes son «ellos»?

—Nosotros. Los del Aurora. Los que íbamos a bajar en las tandas.

—Entonces eres tú.

Ada no dijo nada. Se acercó al contenedor y puso la mano sobre el precinto, que tenía el sello de la Flota y una fecha del Año 1.

—¿Lo vas a abrir? —preguntó Kray.

—No sé qué hay dentro.

—Eso es lo que tienen los contenedores.

—¿Tú qué crees que hay?

Kray lo pensó en serio, porque era una pregunta que se había hecho medio sistema durante cuarenta y seis años y ella nunca había tenido tiempo de hacérsela.

—Planos —dijo—. Algo útil. Una carta de navegación de toda la zona, los primeros mapas de Ithera. Lo que mandaría la Cátedra si tuviera que dar la bienvenida a alguien.

—Comida —dijo Ada—. Era una bienvenida. Treinta y una personas llevaban cuatro meses aquí solas. Habrían guardado lo mejor. Pan de verdad. Algo con fruta.

—Peso estimado —dijo Mamparo desde la caja—: novecientos kilos.

—Novecientos kilos de pan —dijo Kray.

—Con mantequilla —dijo Ada.

Y las dos se rieron, en la bodega iluminada de una nave que llevaba cuarenta y seis años esperando a gente que no iba a venir, porque a veces es lo único que se puede hacer.

Ada quitó la mano del precinto.

—No —dijo.

—¿No?

—Todavía no. —Miró la puerta abierta de la nave, la llanura gris, los peregrinos con sus farolillos—. No ha llegado todo el mundo.


Llegaron casi todos en las tres horas siguientes. Kray los vio aterrizar uno a uno por la ventana de la bodega, como quien ve llegar a los invitados de una boda que nadie ha organizado.

Primero, la Tozuda. Se posó a cincuenta metros con la torpeza cariñosa de siempre, arrancando a la segunda y aterrizando a la primera. Bajaron Vedma, Chemo y Tais. Vedma entró en la bodega con el casco bajo el brazo y se quedó delante de Ada.

—No somos tus amigos —dijo.

—Entonces ¿qué haces aquí?

—Te debía una caja. —Vedma no apartó la vista—. Le pregunté a la Coronel dónde estabas. Me dijo: «Tirane. Vas tarde. Como todos».

Ada la miró un momento largo. Luego asintió, una vez. Chemo, detrás, soltó el aire como si llevara tres días aguantándolo.

Después llegó la Tortuga roja de la Vanguardia, con el acabado Casco Carmesí, pilotada por el cabo Osk a la hora exacta que había dicho. De ella bajó la Coronel Reyna Ostrach, que entró en la bodega sin quitarse el casco y se quedó de pie junto a la puerta.

—Le pedí que viniera —le dijo Kray a Ada en voz baja—. Si va a pasar algo aquí, quiero a la Coronel delante.

—¿Por qué?

—Porque es la única persona del sistema a la que mi Canciller no puede mandar.

Después, la Challenger de la Tejedora Sable Vunn, blanca, con franjas naranjas. Vunn entró sacudiéndose un polvo que no tenía y miró la bodega como quien tasa un piso.

—La verdad solo vale una vez, querida —le dijo a Ada—. La primera vez que se oye. Quería estar.

Y detrás de la Challenger, como un perro grande que sigue a un perro pequeño, la Revenant gris con Conforme pintado en el morro. El Notario bajó con su cuaderno y sus dos chicos de las tres rayas rojas, se acercó a Vunn y se quedó a su lado.

—Me debe usted una caja, Tejedora.

—Lo sé.

—Dos, en realidad.

—Lo sé.

—He venido a cobrar.

—Aquí no se cobra nada —dijo Vunn—. Aquí es santuario.

—Lo sé —dijo el Notario, y se le notó que le dolía—. Hasta los corsarios tenemos una regla.


El último en llegar fue el Canciller.

Kray vio la nave antes de oírla, porque en Tirane casi no hay aire para el ruido. Era una XASTER pequeña, de un solo asiento, la más pura de la línea, blanca, sin insignias ni dorados. Entró en la llanura en un arco largo y limpio, bajó por encima de los peregrinos sin rozarlos y se posó junto a la torre siete con una suavidad que Kray, después de veintidós años en la Guardia, solo había visto en las grabaciones.

—Aprendió —dijo Ada, junto a la ventana.

—¿Qué?

—A aterrizar. Le enseñé yo, en el simulador del Aurora, con doce años. Se estrellaba siempre por la izquierda.

La cabina de la XASTER se abrió. Bajó un hombre solo, con un traje de vacío gris y sin arma en el cinturón, y cruzó los cincuenta metros hasta la nave de carga sin prisa. Los peregrinos se apartaron. Algunos lo reconocieron. Ninguno dijo nada.

Antes de bajar de la cabina, Kray lo vio dar dos golpes con los nudillos en el borde del panel.


El Canciller Vantis entró en la bodega, se quitó el casco y miró a todos los presentes, uno por uno, con los ojos encendiéndose en azul cada vez que enfocaba una cara. A Vunn. Al Notario. A Vedma y su cuadrilla. A Osk. A Ostrach, a la que miró un segundo más que a los demás. A Kray. A su hermana.

Y a la caja.

—Comandante —dijo—. La caja.

Kray había pensado mucho en ese momento durante el vuelo, en lo que diría. Había preparado frases. Las olvidó todas.

—No, Canciller.

El Canciller no se movió. Nadie se movió.

—Es la primera vez que me dice eso en veintidós años.

—Es la primera vez que lo digo en veintidós años.

—Esa caja es carga recuperada por The Vanguard —dijo Ostrach desde la puerta, sin quitarse el casco—. Tengo el parte.

—Esa caja consta en mi cuaderno desde el día 221 —dijo el Notario—. Tengo el recibo.

—Yo vendí esa caja dos veces y ahora no tengo ninguna —dijo Vunn—. Me conformo con que alguien me pague la tercera.

—La chica es de mi cuadrilla hasta que pague el deshielo —dijo Vedma—. Y la caja va donde vaya la chica.

—Mamparo no es de nadie —dijo Ada.

Kray se dio cuenta de que todos tenían la mano cerca de algo. Vedma, de la pistola que llevaba en el muslo. Los chicos del Notario, de los fusiles. Osk, de su arma reglamentaria. Tais tenía el fusil colgado del hombro y los dedos tamborileando en la culata. Ella misma tenía la mano en la funda y no recordaba haberla puesto ahí. Nadie había sacado nada. En Tirane no se saca nada. Pero las manos estaban donde estaban.

Fue entonces cuando habló Mamparo.


—Aquí no dispara nadie —dijo la caja.

Lo dijo con su voz plana, sin tono, en mitad de la bodega. Todos se volvieron hacia ella.

—¿Es verdad? —preguntó Mamparo.

Nadie contestó. Se miraron unos a otros.

—En Tirane no se dispara —dijo la Coronel Ostrach, despacio—. Es costumbre. Desde hace cuarenta y seis años.

—Armas en la puerta —dijo Mamparo—. Todas.

Hubo un silencio largo.

Luego la Coronel Reyna Ostrach, de The Vanguard, la única persona del sistema con derecho a llevar armas en La Cicatriz, se quitó la pistola del cinturón, la dejó en el suelo junto a la puerta y dio un paso atrás.

—La Vanguardia nunca dispara primero —dijo—. Hoy tampoco segundo.

Osk dejó la suya al lado, sin decir nada. Kray sacó su arma de la funda, la miró un momento, y la dejó encima de las otras dos. Vedma desabrochó la pistola del muslo y la tiró al montón. Chemo no llevaba nada y lo dijo en voz alta para que constara. Tais se descolgó el fusil, lo sostuvo un momento en las manos, como quien sostiene algo que pesa más de lo que parece, y lo dejó apoyado en la pared.

—Yo apunto bien —dijo, a nadie en concreto—. Otra cosa es que dispare.

Los chicos del Notario miraron a su jefe. El Notario miró el montón de armas. Luego cerró el cuaderno, se lo metió bajo el brazo y les hizo un gesto a sus chicos con la cabeza. Dejaron los dos fusiles. El Notario se sacó una pistola pequeña del bolsillo del pecho, que nadie sabía que llevaba, y la dejó encima de todo.

—Hasta los corsarios tenemos una regla —repitió.

Vunn abrió las manos para que se viera que no llevaba nada.

—Yo nunca disparo, querido —le dijo a la caja—. Vendo.

Quedaba uno.

El Canciller Vantis seguía de pie en el centro de la bodega, con las manos enguantadas cruzadas detrás de la espalda.

—Yo no llevo armas —dijo—. Llevo gente que las lleva.

—Pues hoy no has traído a nadie —dijo Ada.


La lente de Mamparo se encendió del todo, por primera vez desde que Kray lo conocía. No tenue: entera, ámbar, como un faro pequeño en mitad de la bodega. Las caras de todos se pusieron del mismo color.

—Confirmado —dijo—. Orden de la capitana. Año 1, día 236. Aguantar hasta que venga alguien que no dispare.

Hizo una pausa.

—Ha venido.

—No —dijo el Canciller.

—Abro la siete.

—No.

—Lelo —dijo Ada—. Siéntate.

Kray lo vio. Lo vieron todos. El Canciller de la Cátedra de Ascensión, el hombre que no alzaba nunca la voz porque no le hacía falta, miró a una chica de veinticuatro años con un traje de tránsito que le quedaba grande, y algo en él, algo muy antiguo, obedeció antes de que el resto pudiera impedirlo.

Se sentó en un cajón de carga.

Vunn levantó una ceja. El Notario abrió el cuaderno y lo volvió a cerrar sin escribir nada. La Coronel Ostrach, junto a la puerta, se quitó por fin el casco, y Kray vio que tenía los ojos cerrados.

—Año 1 —dijo Mamparo—. Día 236. Diez y veintinueve. Puente. Voz de la capitana.

Capítulo 11Muelle siete

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